La falsa riqueza de la reconstrucción

Los miles de millones destinados a reconstruir Irán reavivan la célebre "falacia de la ventana rota" de Bastiat: reparar lo destruido puede generar actividad económica, pero nunca supone una auténtica creación de riqueza

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La falsa riqueza de la reconstrucción

Poca duda hay de que Brzezinski y Kissinger fueron los grandes hacedores de la Pax americana desde la segunda mitad del siglo XX hasta el final de sus vidas. El primero vio en la Guerra de Afganistán la posibilidad de que tan hosco territorio se convirtiese en el Vietnam de los soviéticos, como así fue. La losa de Vietnam pesa sobre los estadounidenses como la inflación sobre los alemanes y la hambruna en Etiopía. Ahí está la clave para entender la urgencia de acabar con la guerra contra Irán.


Dos acuerdos muy distintos

La urgencia de poner fin a la guerra hace que, pese a lo que se ha escrito, no sean comparables los acuerdos firmados por Obama y el firmado por Trump en el opulento marco del Palacio de Versalles.

El acuerdo de Obama fue el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) de 2015, un pacto nuclear multilateral entre Irán, EE. UU., Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia, China y la UE. Era, por tanto, un documento técnico muy detallado, con mecanismos de verificación, límites cuantificados y calendarios de cumplimiento.

El acuerdo de Trump, firmado en Versalles este mes de junio de 2026, es solo un Memorando de Entendimiento (MoU, si usamos el acrónimo en inglés) bilateral EE. UU.-Irán. Se trata de un acuerdo marco que pone fin a las hostilidades recientes y abre un periodo de negociación de 60 días para un acuerdo definitivo. No contiene el mismo nivel de detalle técnico que el JCPOA.


El coste oculto de la reconstrucción

Aparte de la consideración central de si se ha puesto o no límite a la capacidad iraní para el enriquecimiento de uranio hasta permitir su uso bélico, ha llamado mucho la atención la cantidad de recursos puestos en el texto del MoU para la reconstrucción de lo destruido. Permítanme poner el foco en esto, sin obviar que reducir el peligro del desarrollo armamentístico iraní no es nada baladí, como tampoco lo es ignorar, de pronto, que ese desarrollo está consolidado en un país tan confiable como Pakistán, ahora erigido en facilitador de la paz.

El MoU menciona al menos 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo económico de Irán. La poderosa agencia de información Reuters lo describe como un fondo privado de 300.000 millones, respaldado por países del Golfo, con más de la mitad ya comprometida, según una fuente conocedora del acuerdo.

Las reconstrucciones posbélicas deben hacernos recordar la escondida «falacia de la ventana rota», enunciada en el ensayo Lo que vemos y lo que no vemos, del economista francés Frédéric Bastiat. El célebre economista puso el ejemplo del ladrillo lanzado por un travieso jovenzuelo contra el cristal de la panadería de su barrio. Mientras el comerciante corre iracundo tras el golfete, un grupo de curiosos se arremolina en torno a los trozos de cristal, debatiendo acerca de las consecuencias de lo ocurrido.


La riqueza que nunca llega a crearse

Los curiosos no tardan en encontrar el lado positivo del daño provocado, pues beneficiará al cristalero que reponga el escaparate, a las tiendas del barrio donde el cristalero coma o desayune mientras trabaja y al gasto que los tenderos podrán hacer gracias a sus ingresos extra. De esta forma, escribe Lorenzo Ramírez en El diablo está entre nosotros, el joven rompecristales deja de ser una amenaza pública para convertirse en un benefactor social. Nadie repara en el coste que soportará el comerciante que corría tras el enemigo de lo ajeno. Mutatis mutandis, la reconstrucción posbélica es una máquina de hacer dinero y casi habría que condecorar a los impulsores de los ataques por promover la creación de riqueza tras rebajar la dignidad de los muertos a víctimas colaterales.

Los macroeconomistas han desarrollado vistosas teorías sobre el «multiplicador fiscal», esto es, la cantidad de dinero nuevo que genera cada unidad monetaria de gasto adicional, como la que el tendero abonará al cristalero. Todos los manuales de macroeconomía básica recogen esta teoría, pero rehúyen ponerle cifras.

Los economistas Auerbach y Gorodnichenko encuentran que un dólar adicional de gasto público aumentaba el PIB norteamericano entre 1,5 y 2 dólares en épocas de recesión, frente a aproximadamente 0,5 dólares en periodos de expansión. Investigaciones del FMI sobre inversión pública encuentran multiplicadores superiores a 2 en entornos de elevada incertidumbre macroeconómica.

Cuando hablamos de «países de tamaño mediano», como Irán, con un desempleo superior a su nivel estructural, el multiplicador de corto plazo asociado a la reconstrucción puede situarse entre 1,2 y 1,8. En otras palabras, casi lo comido por lo servido.


Publicado en primicia en El Debate (24/06/2026) bajo el título La falacia de la ventana rota: por qué la guerra no crea riqueza, posteriormente recogido por La Razón de la Proa (con autorización del autor).


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