Las cóleras bíblicas del 'hijo del dictador'.
Detrás de la imagen del abogado sereno y del brillante orador convivía un carácter capaz de estallar en segundos cuando entendía que se habían vulnerado el honor, la lealtad o la dignidad familiar.
En el Madrid de trajes cruzados y cafés con eco, donde un comentario mal medido podía pesar más que una sentencia, José Antonio Primo de Rivera llevaba la calma bien planchada hasta que alguien tocaba la tecla equivocada. Entonces, el abogado de maneras finas se quitaba el guante y dejaba ver la otra cara: la del pronto, el arrebato breve y sonoro que corría de corrillo en corrillo.
Quienes trataron a José Antonio coinciden en el contraste. Era cumplido en el trato, generoso en la amistad y fino en la conversación; pero también podía volverse incómodo en cuestión de segundos, parapetado en una ironía que pinchaba. Una personalidad con dos ritmos: el pausado y el fulminante. Y, a veces, sin aviso, entraba este último.
Un temperamento forjado desde la infancia
La explicación, cuentan algunos, venía de lejos. Desde niño le enseñaron que ciertas ofensas no se dejaban reposar. Que había que responder en caliente, como quien apaga un conato de incendio antes de que prenda. Así nacieron esas «cóleras bíblicas» que, sin ser frecuentes, hacían ruido de sobra: estallidos breves, casi teatrales, que dejaban al respetable con la boca abierta y la charla hecha trizas.
Había asuntos que no admitían bromas. El primero, su padre. El apellido Primo de Rivera no era para él un adorno, sino un encargo. Le dolía el final del dictador, abatido y solo en París, y cualquier comentario al respecto le encendía. Ahí están los relatos de la bofetada a un taxista que le negó el viaje por ser «el hijo del dictador», o aquella salida de un ensayo teatral: pidió veinte minutos por «un quehacer urgente» y regresó con la cuenta saldada y el gesto recompuesto, como si nada hubiera pasado.
Del arrebato al control
La escena se repetía, con distintas máscaras, en los lugares más formales. En el Colegio de Abogados de Madrid, en plena junta, bastó una alusión incómoda para que saltara varios asientos y se plantara frente al orador. Hubo golpe, forcejeo y un buen susto general. Aquello olía a duelo, de los de padrinos y amanecer, de no mediar la intervención de terceros. Él mismo, con esa mezcla de orgullo y desparpajo, llegó a lamentar que le hubieran privado de ajustar cuentas como procede.
Pero la imagen más cruda se vio tras la muerte de su padre. En un café, a cuenta de una carta ofensiva, el intercambio de palabras acabó en puñetazos con Queipo de Llano. No fue cosa ligera: volaron manos, se liaron los acompañantes y el asunto terminó con consecuencias militares. Dejó huella. Como también la dejaron otros episodios que circularon en voz baja: el intento de arrojar a Ramiro por un balcón en un arrebato, o la bofetada a un camarada por una gracia de mal gusto que relató Cepeda. Retales de una personalidad que no siempre cabía en su propio traje.
El hombre de los contrastes
Y, sin embargo, frente a ese José Antonio de chispa corta estaba el orador. El de la frase medida, la cadencia exacta y la dialéctica seca que en el Parlamento imponía respeto. De ahí la dualidad que desconcierta: el hombre que habla sin rodeos de la violencia como recurso político, pero que, en otras ocasiones, pide contenerla y marca distancia con el desorden callejero. El jefe exigente, severo con los suyos y, a la vez, el dirigente que intenta evitar que la espiral se lo lleve todo por delante.
Un carácter difícil de encasillar
¿Qué retrato quedó, al final, en la memoria de los suyos y de los ajenos? Los camisas azules vieron a un jefe duro, de pronto vivo y temido en la disciplina. Sus adversarios, según el día, vieron al violento o al brillante orador que buscaba barnizar de ideas un tiempo encendido. Entre uno y otro queda la estampa más verosímil: la de un hombre de contrastes, capaz de la cortesía y del golpe, de la palabra reposada y del estallido. Como aquel Madrid suyo, que igual olía a tertulia que a bronca y donde la línea entre ambas era, muchas veces, un simple gesto.