Rosa Chacel ante el legado de José Antonio
La escritora vallisoletana Rosa Chacel encontró en la obra de José Antonio Primo de Rivera una reflexión profunda sobre España. Desde el exilio reivindicó la necesidad de estudiar sin prejuicios a quienes marcaron el pensamiento español del siglo XX
Rosa Chacel, una rosa de Castilla
Hace algún tiempo, en un medio digital, leía un artículo que dedicaba unas líneas a esta escritora, pero a las mismas quisiera añadir algunas más que el autor de aquel artículo no mencionaba en absoluto, y creo que Rosa Chacel se ha hecho acreedora de que volvamos a recordarlas.
José Antonio y una evocación
Cuando leí el artículo, rememoré unas palabras de José Antonio Primo de Rivera cuando, en marzo de 1934, hablaba en Valladolid del cielo azul de Castilla, de esa tierra sin galas, sin adornos, la tierra absoluta que no ha sabido nunca ser una comarca porque ha tenido siempre que ser un imperio.
Aquel lejano día, el fundador de Falange no podía imaginar que, años más tarde, una escritora vallisoletana, de las más importantes que ha tenido España en el siglo XX y poseedora de una de las mejores prosas escritas en castellano, le dedicaría en uno de sus libros, Alcancia. Ida, unas bellas palabras, como lo harían o lo habían hecho María Teresa León, Mercedes Fórmica, Concha Espina, Victoria Kent, etc.
Rosa Chacel, entre la literatura y el exilio
Rosa Chacel, Premio Nacional de las Letras en 1987, estuvo integrada en la Revista de Occidente, fundada y dirigida por Ortega y Gasset. Fue una escritora que mereció numerosos reconocimientos literarios, incluso el Premio Cervantes, que no obtuvo, quizá también porque fue una mujer de carácter duro que nunca se doblegó ante nadie.
Por seguir siendo fiel a la República durante la Guerra Civil, se vio obligada a abandonar España, ligera de equipaje. No volvería hasta 1962, de visita, y en 1974 lo haría ya definitivamente. A su regreso de aquel largo exilio, afirmaría que este no había sido duro; sin embargo, es evidente que sí lo fue, hasta el extremo de que más de una vez tuvo que empeñar su máquina de escribir.
Residió en Buenos Aires y, posteriormente, en Río de Janeiro, después de haber vivido también en otras ciudades europeas. Fue en la capital argentina donde, paseando un día por los puestos de libros del Cabildo, encontró varios ejemplares españoles procedentes de la España de entonces.
El descubrimiento de José Antonio en Buenos Aires
Era viernes, 28 de diciembre de 1956, y...
«¿Lagarto, lagarto!... Sin embargo, me compré nada menos que las Obras completas de José Antonio. Hacía mucho tiempo que quería leerlas y ayer era verdaderamente inoportuno porque tenía que terminar lo de las Mujeres ejemplares, pero llegué a casa y leí de un golpe trescientas páginas. Es increíble».
Una lectura que la impresionó profundamente
«Dos cosas son increíbles: una, que todo eso haya podido pasarme inadvertido a mí, en España; y otra, que España y el mundo hayan logrado ocultarlo tan bien. Porque no me extraña que llegaran a matarle: estaba hecho para eso, para que después de muerto se haya hecho el silencio sobre su caso... Era difícil y expuesto por la gran confusión en torno. Por el contrario, los gitanillos, las faldas de volantes, los toritos bravos y todo el puterío sublimado, extendiendo por el mundo una España histriónica, era vivificante para la cosecha de turismo. Es cierto que su simpatía por los fascismos europeos, tan macabros, le salpicó con el cieno en que ellos se enfangaron, pero leyéndole con honradez se encuentra el fondo básico de su pensamiento, que es enteramente otra cosa. Fenómeno español por los cuatro costados. Bueno, esto ya es una sentencia. Yo me pregunto a veces si lo español puede ser. Tenemos algún mal de origen que no nos lleva —como a otros pueblos los suyos, que todos tienen— a errar, a producir obras deleznables, sino que nos impide existir simplemente. Y que esto es así lo prueba que no son nuestros peores productos los que fracasan, sino precisamente los mejores. Los francamente malos, los mediocres —que es lo peor que se puede ser—, los que podría llamar casi místicos, llenan las imprentas y los escenarios de habla española».
Estudiar a los grandes sin prejuicios
También recomendaba Rosa Chacel estudiar en Unamuno, en Ortega, en José Antonio, en su reflejo o espectro y en lo que quedó de ellos; en quienes les fueron afectos y en quienes les execraron sin comprenderlos o, lo que es peor, comprendiéndolos y temiendo —por pereza, por miedo o por inepcia— lo que ellos exigían.
Así pues, la lectura de las Obras completas del fundador de Falange Española inspiró a esta mujer a escribir lo que hemos recogido en esta breve semblanza. Son sus palabras y, en definitiva, las de una autora que conoció y padeció el exilio y también la estrechez económica.
Orgullo, lucidez y fidelidad a sí misma
Y aunque esta mujer, dura y lúcida, vivió muchos años —murió a los 96—, nunca la detuvo la crítica porque mantuvo su orgullo y porque fue consciente de que había inspirado sentimientos buenos y malos, pero que había algunos sentimientos que, solía decir, jamás inspiró a nadie.
Artículo publicado anteriormente en La Razón de la Proa en diciembre de 2019.
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Saber más sobre Rosa Chacel
Formación y vanguardia intelectual
Rosa Chacel perteneció a una generación de escritores que buscó renovar profundamente la cultura española del siglo XX. Desde muy joven frecuentó los círculos intelectuales madrileños y participó en los ambientes artísticos y literarios más innovadores de su tiempo. Su obra se caracterizó por una permanente inquietud filosófica, por la exploración de la conciencia humana y por una prosa exigente, elaborada y de gran riqueza expresiva. Lejos de las modas pasajeras, cultivó una literatura personal que siempre antepuso la reflexión al éxito inmediato.
Una escritora de criterio independiente
Dotada de una personalidad fuerte y poco inclinada a las concesiones, Chacel defendió durante toda su vida la autonomía del escritor frente a las presiones ideológicas, sociales o comerciales. Su trayectoria estuvo marcada por una constante fidelidad a sus propias convicciones intelectuales, lo que contribuyó a convertirla en una figura singular dentro de las letras españolas. Con el paso de los años, su obra ha sido revalorizada como uno de los testimonios literarios más sólidos y originales de la cultura española contemporánea.