Memoria

Del falangismo universitario a la oposición.

La oposición interior al franquismo encontró uno de sus primeros impulsos en una generación de universitarios procedentes del falangismo que, desde 1956, comenzó a cuestionar el Régimen y a abrir paso a una nueva cultura que anticipaba la futura Transición.

Ortega y el despertar de una generación

La muerte del reconocido filósofo José Ortega y Gasset, tras una larga enfermedad, ocurrida en Madrid la mañana del 18 de octubre de 1955, significó un antes y un después en el devenir cultural y político de España.

Fue un aldabonazo en la conciencia de una generación que había empezado a dar sus propias señales de vida; pero, por muy importante que fuese ese aldabonazo, su interpretación correcta exige situarlo en un contexto más amplio: el de la evolución ideológica y cultural de una juventud que no había vivido la Guerra Civil, pero que sufría sus consecuencias por el hecho de subsistir bajo las condiciones que había impuesto en el país la victoria de uno de los bandos contendientes.

Generación que, en Madrid, tendría como abanderados a Miguel Sánchez Mazas, Ramón Tamames, Javier Pradera o Enrique Mújica y, en Barcelona, procedentes de la seuista revista Laye (1950-54), seguían activos Manuel Sacristán, Alberto Oliart, José María Castellet, los hermanos Goytisolo, Alfonso Carlos Comín o Carlos Barral.

Todos ellos tenían en común su profunda admiración por el autor de La rebelión de las masas. También compartían el liderazgo moral que sobre ellos ejercía Dionisio Ridruejo, que, habiendo consumado su ruptura con el pasado falangista y apoyado por sus antiguos camaradas de la revista Escorial —como Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall, Julio Caro Baroja, Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Tovar o José Luis Aranguren—, reciclados a un liberalismo crítico, era el alma de un grupo de jóvenes que proyectaba celebrar un Congreso de Escritores Jóvenes.


El Congreso frustrado y la apertura universitaria

Para la realización de este congreso contaba Dionisio Ridruejo con el apoyo del rector de la Universidad de Madrid, Pedro Laín Entralgo, quien defendía que «solo el pluralismo auténtico puede ser la solución de veras digna», como señala en su obra Descargo de conciencia.

El Congreso, que no llegó a celebrarse, ya que las autoridades franquistas lo consideraron un peligroso antecedente liberalizador, fue, sin embargo, el síntoma de que algo estaba cambiando en ciertas élites universitarias comprometidas.

​Pero, en la convicción de que había que hacer algo, Laín no estaba solo, ya que le apoyaba el ministro de Educación Nacional, futuro fundador de Cuadernos para el Diálogo, Joaquín Ruiz-Giménez. Se constituyó enseguida la secretaría del congreso, de la que formaron parte Enrique Mújica, Julián Marías, Jesús López Pacheco, Claudio Rodríguez y Juan Sebastián Garrigues.

El rector de la Universidad, Pedro Laín, les cedió unos locales en el propio Pabellón de Gobierno, a fin de que pudieran tener unas mínimas facilidades administrativas. Esto no suponía que se les diera un apoyo incondicional; de hecho, Laín condicionó cualquier ayuda económica para el congreso a un previo acuerdo de las autoridades del SEU. Las conversaciones se desarrollaron entre Mújica y Gabriel Elorriaga, que dentro del SEU representaba la posición más aperturista.


El conflicto estudiantil de 1956

Pero, mientras esto se producía, a la vuelta de las vacaciones navideñas se fraguó la idea de convocar un Congreso Nacional de Estudiantes en el que se pidiese una representación democrática dentro del SEU.

¿De quién fue la idea? Se le atribuye a Dionisio Ridruejo, que, según algunos estudiosos del tema, actuaría como tonto útil del representante del PCE en Madrid, Jorge Semprún, quien años más tarde, en un reportaje cinematográfico sobre aquel realizado por el escritor Javier Reverte, le prodigaría grandes elogios por su labor en defensa de la lucha por la democracia en España.

Pero el origen personal o concreto de la iniciativa no importa tanto como el hecho de que fue inmediata y efusivamente aceptada por un amplio grupo en el que aparecían como cabezas visibles quienes habían apoyado el Congreso de Escritores Jóvenes: Enrique Mújica, Javier Pradera, Ramón Tamames, Ridruejo, Juan Sebastián Garrigues, Miguel Sánchez Mazas, José María Ruiz-Gallardón, José López Moreno y Julio Diamante.

Las primeras reuniones se llevaron a cabo en el club Tiempo Nuevo, que presidía Gaspar Gómez de la Serna. En un acuerdo básico de principio surgieron algunas discrepancias sobre si el "manifiesto", que empezó a redactarse a finales de enero, tenía que tener un carácter exclusivamente de reivindicación universitaria o debía señalar de alguna manera «la estrecha vinculación de los problemas universitarios a los problemas generales de la sociedad española y a la repercusión negativa que, por tanto, tenía la situación universitaria sobre la situación del país, agravando su crisis social y política», como refirió Miguel Sánchez Mazas en un artículo publicado en la revista Cuadernos para el Diálogo.

La tensión crecía día a día en el ambiente universitario, hasta el punto de hacerse alarmante. Entre los propios miembros del SEU había división de opiniones, al enfrentarse por primera vez conservadores y aperturistas.

Se intentó desviar la atención convocando unas elecciones a delegados deportivos dentro de la Facultad de Derecho, pero los resultados no fueron los esperados: ganaron los aperturistas apoyados por los contrarios al régimen.

Esto provocó una refriega en la que rápidamente se pasó de las palabras a las manos, en el curso de la cual fueron derribados algunos símbolos del Régimen. Y ello dio como resultado que, al día siguiente, 6 de febrero, ocurrieran los hechos que un testigo presencial, Laín Entralgo, relata así en su ya mencionada obra:

«Entre las diez y las once, sin que en el interior de la Universidad se hubiera producido la menor perturbación visible, invadieron la casa de San Bernardo densos grupos de individuos con camisa azul, que por su apariencia distaban mucho de pertenecer al alumnado universitario, provistos de porras y otras armas; los cuales, no satisfechos con sus actos de violencia contra los estudiantes que encontraron al paso, arremetieron contra diversos enseres de la Universidad.

A gritos, ¿con qué otros recursos podíamos actuar ante el vandálico atentado? Poco después, el tropel de los asaltantes abandonaba el edificio cantando el Cara al sol; todos muy orgullosos, sin duda, de su heroica acción punitiva. Y, a continuación, violencia sobre violencia, los estudiantes aporreados asaltaron los locales universitarios del SEU y destruyeron varios de sus muebles».


Represión y nacimiento de la oposición

El día 9 la violencia pasó de las aulas a la calle. Y se produjeron los conocidos sucesos del atentado sufrido por un joven falangista llamado Miguel Álvarez, que resultó gravemente herido.

La reacción represiva que suscitaron este hecho y los sucesos anteriores no se limitó a las medidas policiales y jurídicas. El clima de terror —tuvo que intervenir el ejército para evitar males mayores— trató de imponerse a través de la prensa y de las publicaciones más adictas al régimen.

Ante tan graves acontecimientos, el 10 de febrero se reunió urgentemente el Consejo de Ministros y se decretó el estado de excepción en todo el país. La Universidad se cerró por tiempo indefinido.

Al día siguiente detuvieron, sin orden judicial, a Ridruejo, Miguel Sánchez Mazas, Ramón Tamames, José María Ruiz-Gallardón —tiempo después, uno de los fundadores de Alianza Popular—, Enrique Mújica, Javier Pradera y el falangista aperturista Gabriel Elorriaga.

Pero la desmesurada represión no intimidó a la conciencia universitaria y así no es extraño que surgieran las primeras organizaciones juveniles de oposición política; entre ellas, la Asociación Socialista Universitaria, la Unión Democrática de Estudiantes o la Nueva Izquierda Universitaria.

Ridruejo, que conoció personalmente a todos los participantes en aquellos sucesos, dejó claramente establecido en su imprescindible libro Escrito en España, aparecido en 1962, el hondo pluralismo con que había surgido aquel movimiento. Y así lo testimonia:

«Hoy los sucesos de 1956 han adquirido, para los adversarios del Régimen, un carácter histórico, porque evidentemente tales sucesos abrieron una nueva etapa en la vida de la oposición al descubrir el terreno de coincidencia de la conciencia clásica y tradicional con la nueva y aún mal definida; al obligar a la primera a revisar sus posiciones a la luz de una nueva esperanza y al obligar a la última a perder su fe en la fecundidad de cualquier reforma parcial del sistema».


Hacia la reconciliación democrática

Consecuencia de los sucesos de febrero, se orquestó una campaña en la prensa oficial contra Ortega y Gasset, al que se culpaba de la deserción de la juventud universitaria del Régimen. Pero, pese a todo, el respeto a la libertad y el sentimiento democrático se expandían y fortalecían, por reacción, en un impulso que resultaba imposible de detener por parte de las autoridades franquistas.

Era el acta de nacimiento de una nueva conciencia generacional, que había tenido su explosión inicial —como ya hemos señalado— con la muerte de Ortega y Gasset, pero que ahora se consolidaba plenamente al adquirir madurez propia y conciencia de sí. Era, en definitiva, la generación de 1956.

A partir de entonces, la formación de grupos opositores al franquismo desde el interior se incrementó. Así, el 21 de noviembre se reunieron Dionisio Ridruejo, Pablo Martín Zaro, Vicens Ventura, José Vidal-Beneyto, José Suárez Carreño, Fernando Baeza, Carlos Muñiz, José María Moreno Galván, Ignacio Sotelo y Fernando Morán —que llevaba la representación de Enrique Tierno Galván— (quien estaba presente en todas las salsas) para crear Acción Democrática.

El 19 de enero de 1957 las fuerzas de la oposición interior, capitaneadas por Tierno, Ridruejo y Gil-Robles, convinieron unas hipótesis sobre la sustitución del régimen de Franco por otro sistema. Dichas hipótesis decían así:

  1. Que la forma de gobierno fuera elegida libremente por el pueblo español.
  2. Que la forma de gobierno no fuera traída sin previa ni posterior consulta al país.
  3. Que la forma de gobierno, aunque impuesta de facto, fuera posteriormente legitimada por la consulta al país.

El día 28 de enero, un emisario del grupo funcionalista se encargó de llevar a París las famosas hipótesis y supuestos. Ese día se entregaron a Rodolfo Llopis, quien sometió inmediatamente aquel texto al PSOE.

Como se trataba de un documento de suma importancia para los exiliados —que después de veinte años no habían logrado contactos serios y de alto nivel en el interior del país—, Llopis convocó a los representantes de otros partidos para estudiarlo conjuntamente.

En el examen de las hipótesis intervinieron en días sucesivos Maldonado (Izquierda Republicana), Ortega (Unión Republicana), Martí-Feced (Republicanos Federales), Landáburu (PNV), Goitia (Acción Nacionalista Vasca), Sauret (ERC), Pallach (MSC), Pascual Tomás (UGT), Liarte (CNT) y Ruiz (STV).

En febrero de 1958, Julio Cerón Ayuso fundó el Frente de Liberación Popular (FLP, "los felipes", como se decía en el lenguaje político corriente). Fundamento de esta organización ilegal fue la fusión de numerosos católicos de izquierdas y marxistas moderados.

La inicial composición intelectual del FLP fue, sin embargo, sobrepasada por la incorporación de jóvenes activos, de muy diversa procedencia, que dieron al grupo un extraordinario impulso.


Múnich y el legado de Ridruejo

Todos los movimientos anteriores cristalizarían los días 7 y 8 de junio de 1962. En efecto, en esas fechas se celebraron en Múnich las sesiones del Congreso del Movimiento Europeo.

Entre los asistentes estarían Madariaga, Gil-Robles, Rodolfo Llopis, Dionisio Ridruejo, Julián Gorkin o Enrique Tierno Galván. A este selecto grupo de veteranos políticos se sumarían todos aquellos intelectuales que habían protagonizado los reseñados sucesos de 1956.

Con la celebración del congreso se intentaba que quedaran atrás viejas rencillas y se luchara, con la bandera de la reconciliación, por la defensa de una transición democrática pacífica en España.

Por último, señalar el homenaje que se le haría a Dionisio Ridruejo en diciembre de 1975, con motivo de la presentación del segundo volumen de su Castilla la Vieja en la librería El Brocense de Madrid.

A los postres de la cena, presintiendo su próxima muerte, Ridruejo diría:

«Nuestra voz es una, pero deben sonar otras muchas, todas las que el pueblo español tiene como suyas –digo voces y debo decir también lenguas– para sentirse dueño de sí mismo. Porque aquí, donde hoy estamos juntos, la esperanza que me gana sobre todas no es la de ser un exponente, un dirigente o un indicador, sino, ante todo y sobre todo, el hombre que pueda sentirse completo incorporándose a la corriente emocional de un pueblo en pie que afirma su decencia en la práctica de la libertad –ésta que tomamos ahora porque es nuestra– para la realización de la justicia».

Sin valorar la activa participación de Ridruejo, no se podrá entender nunca la forma en que se produjo —guste o no— la Transición que vivió España en 1977.


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