Editorial de Trocha

Que prevalezcan las verdades

En una época dominada por la posverdad y la sobreabundancia informativa, la mentira encuentra nuevos caminos para difundirse. Una reflexión sobre la necesidad de preservar el valor de la verdad frente a la manipulación.

La mentira convertida en dogma

Un político del siglo pasado (hay dudas sobre la autoría de la frase) dijo que «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad». Eso se ha comprobado muchas veces a lo largo de la historia, pero hoy, en España sobre todo, podríamos modificar levemente la frase sin que perdiera su significado original: «Una estupidez repetida mil veces se convierte en una verdad para una gran cantidad de estúpidos»; y ello es fácilmente comprobable en un momento en que las gansadas que salen de la boca de muchos personajes públicos adquieren eco social.

Si a todo ello añadimos el formidable imperio vigente de la posverdad, que tiene especialmente su reinado en las redes sociales, va a resultar que los ciudadanos del siglo XXI somos los más terriblemente desinformados de la historia cuando, paradójicamente, disponemos de todos los medios técnicos a nuestro alcance para saber lo que ocurre entre nosotros y en los lugares más lejanos del mundo.


El deterioro de la memoria y del presente

Esta desinformación —o tergiversación de la realidad, o pura sandez— afecta, en primer lugar, al pasado, a lo histórico, y sus primeras víctimas son muchos jóvenes que han dejado de lado el terrible vicio de leer y se contentan con los chats, llenos de falseamientos. Si Mariano José de Larra dijo que «escribir en España es llorar», nosotros podríamos añadir que leer en España no solo es llorar, sino casi un milagro...

También la mentira se ceba en el presente y, de este modo, son muchos los que dan pábulo a la manipulación de la realidad difundida no solo por esas redes sociales, sino también por las páginas de la prensa y las cadenas televisivas. Y es evidente que las falsedades sobre el pasado y el presente pueden acabar determinando el futuro, y nos huele que este es el objetivo final de los mentirosos.


La experiencia frente al engaño

«La verdad ni teme ni ofende» era el lema de una publicación barcelonesa que algunos alcanzamos a leer en nuestra primera juventud. También el refranero popular se refiere al tema: «Antes se pilla a un mentiroso que a un cojo» (siempre que quien recibe la falsedad no sea tonto de remate) o «La mentira tiene las patas cortas», pues a los mentirosos se les puede descubrir pronto; y, como dijo Quintiliano, «el mentiroso requiere memoria», como estamos descubriendo en nuestros días, cuando se van desvelando —muchas veces ante los tribunales— embustes, trolas y falsificaciones que la masa tragaba sin más averiguaciones.


La tranquilidad de la conciencia

¿Para qué seguir...? Nosotros fuimos educados en cantar las verdades del barquero hasta al lucero del alba (alguien diría: «y así nos fue»), pero seguro que cada noche, al reposar la cabeza en la almohada, sentimos la conciencia tranquila. Nos podemos preguntar si a los falsificadores por sistema —o del Sistema— les ocurre otro tanto...



Publicado en el núm. 281 de la revista Trocha, de junio de 2026.

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