El yo sólo es grande cuando se hace nosotros.
La tarea que tenemos delante no es menor: recuperar el sentido de comunidad en un mundo que insiste en fragmentarnos.
El yo sólo es grande cuando se hace nosotros
Vivimos en tiempos donde el individuo se ha coronado rey del mundo, pero ese trono solitario se levanta sobre ruinas invisibles: las de la comunidad, la solidaridad auténtica y la trascendencia. Lo que alguna vez nos sostuvo como sociedad —los lazos profundos, la pertenencia y el sentido de destino común— se ha ido diluyendo en un océano de “egos” que apenas se rozan.
Detente a pensar: ¿Qué hemos perdido al reducir la existencia humana a la satisfacción del yo? Reflexiona sobre cómo el hiperindividualismo convierte la convivencia en mera coexistencia siempre en guardia, donde el simple civismo sustituye a la hermandad y los derechos individuales eclipsan el bien común. Ejemplos habrá, seguro, en tu entorno cotidiano: compáralos con aquellas formas de comunidad en las que las personas encontraban, no solo compañía, sino valores comunes, sentimiento de pertenencia, solidaridad profunda y también, y por todo ello, plenitud y madurez personal.
Contrasta estos ejemplos con las comunidades de otros tiempos, aquellas que no eran simples agrupaciones de individuos, sino espacios de destino compartido, donde el individuo se humanizaba al relacionarse con los demás, trascendiendo, proyectando su ser persona en su entorno y hacia lo alto, y se sabía parte de algo mayor que su propio contorno físico. ¿Qué hemos perdido en este tránsito del “nosotros” al “yo”? ¿Qué consecuencias tiene para nuestra vida interior, para nuestra manera de relacionarnos, para el futuro del hombre?
Este “yo absoluto” nos aísla, nos enfrenta y, paradójicamente, nos vacía.
Cuando el individuo se convierte en rey absoluto, la sociedad deja de ser un espacio humanizador y se transforma en un campo de fuerzas en tensión, donde cada quien vigila sus fronteras personales. Este “yo absoluto” nos aísla, nos enfrenta y, paradójicamente, nos vacía. Frente a ello, redescubrir la comunidad no significa renunciar a la libertad personal, claro que no, sino darle sentido. Solo así podremos pasar del aislamiento a la comunión, de la coexistencia a la verdadera convivencia, del yo encerrado y ensimismado a un sentimiento de comunidad que inspira y nos sostiene.
Por todo lo expuesto, la tarea que tenemos delante no es menor: recuperar el sentido de comunidad en un mundo que insiste en fragmentarnos. Cultivemos vínculos auténticos que calen en las raíces de nuestro verdadero ser humanos, volvamos a descubrir en una convivencia fuerte la fuente de la propia plenitud.