San Fernando, un caballero sin miedo y sin tacha
Un caballero cristiano del siglo XIII tenía que ser un cruzado. Y a fuer que Fernando lo fue.
Hubo una vez un caballero sin miedo y sin tacha. No ha habido demasiados. Como caballero cristiano que era, amó a Dios sobre todas las cosas y sirvió a la Iglesia de Cristo con devoción y lealtad. Siempre defendió a los débiles y desprotegidos. Trató con el mayor de los respetos a cuanta mujer se cruzaba en su camino. Amó la justicia y odió la iniquidad. Y sobre todo, nunca, nunca, faltó a la palabra dada. Aunque se hubiese dado al peor y más traicionero de sus enemigos.
Ostentó los títulos más prestigiosos que se puedan desear. También alcanzó los honores más elevados al alcance de un ser humano. Sin embargo, yo estoy convencido de que la condición que el más valoraba era la de caballero cristiano. Por ello intentó alinear su vida con las reglas a que obligaba tan noble condición.
Su trayectoria como caballero comenzó en la Abadía de Nuestra Señora de las Huelgas de Burgos en 1218, cuando apenas había cumplido 17 años. Tras velar sus armas durante toda la noche, se armó caballero a si mismo. Un privilegio que le concedía su noble alcurnia. Porque nuestro caballero, como ya habréis adivinado, era nada menos que don Fernando de Castilla y León, el tercero de su nombre.
Y vaya monarca especial que fue...
Porque nuestro caballero devino en Rey prematura y accidentalmente. Y vaya monarca especial que fue. Obligaba a salirse del camino a su comitiva para no molestar a los viandantes con los que se cruzaba por el polvo que levantaba. Veía a todos y no había hora excusada para audiencias. Era amante de la justicia y recibía con singular agrado a los pobres que la solicitaban.
«Era fácil de dar entrada a quien le quería hablar y de muy grande suavidad en sus costumbres. Sus orejas abiertas a las querellas de todos. Ninguno por pobre que fuera, dejaba de tener cabida y lugar. No solo en la audiencia ordinaria y en el tribunal público, sino aún en el retrete del rey le dejaban entrar». Lo atestigua el obispo de Palencia.
Promovió una legislación común para todos los ciudadanos orientada a defender a los más flacos del poder y agravios de los más poderosos. Otrosí democratizó la importantísima administración municipal, reforzando los cabildos e igualando el número de regidores procedentes del estado llano con los del estado noble. Para que seguir. Aburriríamos al lector.
Llegó al poder por casualidades del destino o por designio de la providencia, pues no estaba destinado a reinar. Fue segundón de un matrimonio que había sido anulado por el Soberano Pontífice, lo que causaba dudas sobre su legitimidad. Además fue desheredado por su padre Alfonso IX de León. Un personaje contradictorio, cruel y egoísta. Sufrió las consecuencias de la absurda costumbre de la dinastía navarra de dividir el reino a la muerte del monarca reinante. Lo habían hecho tanto Fernando I como Alfonso VII “el Emperador” con nefastas consecuencias para sus súbditos. De hecho, Alfonso IX se negó a auxiliar a su primo Alfonso VIII en los terribles días de la invasión almohade. Llegó a firmar un tratado con los norteafricanos, lo que le valió la excomunión por parte del Papa.
De joven apuntaba ya maneras...
Su madre Berenguela era totalmente diferente. De joven apuntaba ya maneras. Se negó a contraer un rutilante matrimonio, nada menos que con Conrado, uno de los hijos del emperador alemán Federico Barbarroja. En cambio, accedió a casarse con su tío Alfonso IX, buscando la reconciliación y el acuerdo entre las dos ramas de la dinastía castellano-leonesa. Tuvieron cinco hijos antes de que la Santa Sede lo anulara. Cosas de aquellos tiempos. Forzada a abandonar su matrimonio, Berenguela retornó a Castilla con sus hijos, donde llevó una vida de profunda religiosidad y ejemplar austeridad, que marcó profundamente el carácter de sus hijos.
La temprana muerte de los herederos suponía, por entonces mucho más que una tragedia familiar. El hijo mayor de Alfonso IX falleció tempranamente por lo que Fernando pasó a ser el heredero de la corona leonesa. Reclamado por su padre se trasladó a León, aunque mantuvo una frecuente correspondencia con su madre. Después le tocó a Castilla, que también perdió al heredero de mayor edad. Próximo a la muerte, Alfonso VIII nombró tutora de su último vástago, el pequeño príncipe Enrique, a su hija Berenguela. Le constaban su aguda inteligencia, su fortaleza de carácter y su profundo sentido moral.
Pero el nombramiento no fue del agrado de la parte más turbulenta de la nobleza castellana, dividida en ambiciosas banderías encabezadas por dos poderosas familias los Castro y los Lara. Las intrigas instigadas por Alfonso IX agravaron la situación que pronto se convirtió en guerra civil. Berenguela demostró una vez más su altura de miras alternando firmeza y flexibilidad en defensa del trono de su hermano, que falleció también tempranamente.
Su visión de una comunidad hispánica se anticipó a su tiempo.
Se tuvieron que suceder tres muertes para que la sucesión recayera finalmente en Fernando III. Pero fue necesaria la presencia de otra figura providencial: la reina Berenguela. Su visión de una comunidad hispánica se anticipó a su tiempo. Su inteligencia política y el respeto que inspiraba su autoridad moral permitieron allanar el camino para la unidad definitiva de los reinos de Castilla y León, decisiva para la futura consolidación de España como proyecto histórico.
Y entonces apareció el Rey. Que no dejó de ser un caballero. Lo demostró con su capacidad para el perdón a los que se le habían opuesto, incluyendo sus hermanas. Con su respeto a las decisiones y consejos de su madre, con su intransigencia en hacer respetar la ley y la justicia.
Un caballero cristiano del siglo XIII tenía que ser un cruzado. Y a fuer que Fernando lo fue.
Primero con su decisión de buscar la paz y la concordia con el resto de los reinos cristianos. Jamás emprendió una guerra contra ellos. Al contrario, realizó cuantas cesiones y acuerdos fueran necesarios para evitarlas. Al igual que su primo carnal el rey San Luis de Francia.
Segundo, con la decisión de afrontar el poderío islámico en la península ibérica. Que había supuesto peligro letal para la supervivencia de la cristiandad hasta fechas tan cercanas como 1212. Seguía amenazante, con el Imperio almohade aún instalado a ambos lados del estrecho. Dedicó a combatir esta amenaza una gran parte de su reinado con una energía y una persistencia incansables.
Fernando se distinguió por su humanidad y respeto con los derrotados.
El desarrollo de sus campañas militares es sobradamente conocido por lo que no merece la pena reiterarlo. Solo algunas pinceladas que explican su éxito:
- Visión de conjunto y de largo alcance. Implicaba una unidad de propósito y un objetivo claramente definido: la eliminación del Islam de la Península como factor político.
- La eliminación política del Islam no implicaba el exterminio o la conversión forzosa. Fernando se distinguió por su humanidad y respeto con los derrotados, asegurándoles sus posesiones y su derecho a emigrar libremente.
- También extendió este tratamiento a las minorías de sus reinos. Los judíos y los mudéjares recibieron su protección expresa.
- Este objetivo tenía carácter nacional y debía implicar por ello a todos los sectores de la población, la nobleza, la Iglesia, los concejos y ciudades, las ordenes militares, los comerciantes, los puertos del Cantábrico…..
- El absoluto respeto a la palabra dada y a los compromisos adquiridos. Esto le proporcionó un tremendo prestigio tanto entre amigos como entre enemigos. Traducido en autoridad moral, este prestigio facilitó la rendición de numerosas ciudades, conscientes de que iban a encontrar un trato benévolo en tan generoso enemigo.
Una vida guiada siempre por su fe y coherente con sus convicciones.
Un caballero, un rey, una vida. Una vida guiada siempre por su fe y coherente con sus convicciones. En todos los aspectos, incluso en los más íntimos. A la muerte de su primera esposa, Beatriz de Suabia, pidió a su madre que le buscase una esposa adecuada, pues como poderoso y hombre apasionado encontraba considerables dificultades para mantener intacta su castidad. Juana la encontró con la ayuda de su hermana Blanca de Castilla, madre del rey San Luis de Francia. Curiosa sintonía la de estas dos princesas castellanas, madres y educadoras de sendos reyes de santidad reconocida.
Porque esta es la ultima dimensión que nos faltaba de tan eximio personaje: la santidad. Daría para otro artículo. Nos conformaremos con la descripción de su ejemplar muerte. Vestido de sayal, arrodillado ante sus familiares, amigos y criados, pidiendo perdón a todos. Desnudo había nacido y desnudo quería morir. Pidió ser enterrado con la mayor sencillez. Como el sencillo caballero que hubiese querido ser.
Marcha Fernando III 'el Santo'.
Marcha procesional dedicada a san Fernando (patrón de Sevilla), compuesta por Joaquín Francisco Drake. Interpretada por la Banda de Música de los Rosales, de Guadalrosal (Sevilla).