¿Tiene sentido hoy la reforma agraria de 1935?
Un análisis crítico sobre la viabilidad actual de la reforma agraria propuesta por José Antonio en 1935, a la luz de los profundos cambios económicos, sociales y productivos del campo español.
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El debate agrario en la Segunda República
Entiendo que, de buena fe, más de un camarada ha criticado —tal vez solo puntualizado— mi posición con respecto a la inviabilidad, para nuestros días, de la propuesta joseantoniana de reforma agraria, esbozada fundamentalmente en sendos discursos en el Parlamento los días 23 y 24 de julio de 1935. Postura en la que me reafirmo y voy a tratar de razonar.
Por aquellas fechas se debatía en las Cortes una nueva reforma agraria —más bien contrarreforma— que dejase sin “sustancia” la Ley de Reforma Agraria de 1932, que había sido defendida y sacada adelante, legislativamente hablando, por el radical-socialista Marcelino Domingo, que fue después uno de los fundadores, junto a Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga, de Izquierda Republicana.
La ley de 1932, en resumen, establecía la expropiación de la tierra con limitaciones —pagando algunas de ellas y otras no—; el asentamiento de los campesinos en estas y la reordenación de la economía agraria. Se pretendía mejorar las condiciones de vida del campesinado e, indirectamente, desactivar el radicalismo revolucionario de la UGT y de la CNT.
Fracaso de la reforma y tensiones sociales
Esta ley tuvo, a efectos prácticos, muy poca incidencia y causó un hondo malestar en el campesinado español. Su aplicación se vio frustrada por la propia Administración pública, que, a través del IRA —Instituto de Reforma Agraria—, fue incapaz de llevar a cabo los mandatos de la ley, entre otras causas por la insuficiente dotación económica que se le dio, además del boicot al que fue sometida por terratenientes, pequeños propietarios agrarios y la banca, que no pararon de poner trabas a su desarrollo.
Tras la victoria electoral radical-cedista de finales de 1933, con Lerroux y Gil Robles a la cabeza, y tras un breve periodo en el que se mantuvo en vigor la ley de 1932, el nuevo ministro de Agricultura, Nicasio Velayos —terrateniente y miembro del Partido Agrario—, presentó un proyecto de ley aprobado en agosto de 1935.
Las derechas anularon las expropiaciones sin pago, dando potestades a los propietarios en las tasaciones, que, en todo caso, podían acudir a los tribunales y demorar los procedimientos; limitaron y acotaron aún más los fondos del Instituto de Reforma Agraria y censuraron el registro de fincas expropiables. En definitiva, poco a poco fueron desactivando la tan necesaria reforma agraria.
La propuesta de José Antonio en su contexto
En ese contexto político fue en el que se manifestó José Antonio; en ese contexto y en el de la realidad del campo español, que tenía cerca de cuatro millones de campesinos y representaba el 24 % del PIB —Producto Interior Bruto— nacional, con grandes propietarios y arrendadores que tenían la mayoría de las tierras cultivables e impedían, en general, el acceso de los campesinos a la propiedad de la tierra. Los salarios eran de miseria y las tierras que se arrendaban lo eran a precios altos y en condiciones semifeudales, lo que daba lugar a hambrunas y estados de necesidad.
No existían los abonos y fertilizantes —si exceptuamos los orgánicos— y la maquinaria agrícola, si podemos llamarla así, era la tradicional, a base de animales. Tampoco había la conveniente formación de los agricultores que hay hoy en día, ni mucho menos el cooperativismo actual ni los procesos de comercialización y exportación y, por supuesto, nuestra pertenencia a la Unión Europea. Por lo que, a la hora de comparar, estaríamos tratando de llevar a cabo un imposible.
Tampoco, a nivel oficial, se puede equiparar el apoyo administrativo —por pequeño que este fuese— con el de los años 30, en algunos casos bienintencionado, pero desde luego ridículo. Debido a ello estaban asentadas las condiciones para el triunfo del comunismo y a las derechas, bastante ciegas y egoístas, les importó un “pepino”.
Revolución social frente al capitalismo
José Antonio ya planteó en el mitin del Cine Europa de Madrid, de fecha 2 de febrero de 1936, que, para derrotar al comunismo, había que desmontar antes el capitalismo: «…no hay más que una manera, profunda y sincera, de evitar que el comunismo llegue: tener el valor de desmontar el capitalismo…». De lo que se deduce, en general, sus intenciones: hagamos nosotros la revolución. Llevemos a cabo una profunda reforma agraria; adelantémonos al socialismo, pues nuestra revolución no solo quiere la justicia social, sino que aspira, asimismo, a que el ser humano no pierda su carácter espiritual y pueda igualmente, satisfechas sus necesidades materiales, congratularse con la patria.
En resumen, José Antonio abogó por la necesidad de una revolución en el campo español que tendría varias partes: primera, la de reorganizar el suelo agrícola, demarcando por un lado el habitable y por otro el cultivable, delimitando las unidades económicas de cultivo y desechando las tierras pobres e improductivas; en segundo lugar, instalando en ellas a la población agrícola, entregándoles la tierra; y, en tercer lugar, pagando las expropiaciones, siendo el Estado el instrumento capaz de llevarlo a cabo, poniendo suficientes medios para que ello sea posible, evitando así que el proceso se eternizase.
Un modelo irrepetible en el presente
En el diario ABC, de 31 de julio de 1935, José Antonio publicó un artículo acerca del bolchevismo, dado que sus discursos sobre la reforma agraria fueron calificados por los derechistas de turno como propios de un bolchevique. Y es aquí donde lo define como ideología que busca materializar la existencia partiendo de una mera interpretación económica de la historia, todo ello ajeno al sentido revolucionario de la Falange.
Pasados alrededor de 90 años, pretender que la propuesta de José Antonio fuese válida hoy en día no me parece lógico. Todo ha cambiado. Todo es diferente.
La primera gran diferencia es que, frente a los 4.000.000 de personas que trabajaban en el campo en los años treinta, ahora no llegan al 1.000.000. La segunda es que, frente al 24 % que representaba con relación al PIB, ahora no llega ni al 10 %. Y así suma y sigue. Unas líneas más arriba lo he expuesto.
Por cambiar, ha variado hasta el capitalismo, que para nada ha sido desmontado. Hábilmente se ha ido adaptando a la evolución de los tiempos, a los nuevos instrumentos y medios de producción, a la tecnología y a los derechos de los trabajadores, donde, a fuerza de reconocerlos, parece que se ha humanizado; sin embargo, por cada dos pasos que da hacia adelante en ese sentido, uno es de imagen y, al otro, trata de darle la vuelta.
Retos actuales del campo español
Por supuesto que el campo español necesita muchos cambios; eso nadie lo niega. Es por ello por lo que hay que hacer frente a sus muchos problemas, como, por ejemplo, el cambio climático, la deforestación y la erosión del suelo, el abandono del campo por parte de los jóvenes, la inmigración y el abuso al que se la somete, la falta de capacitación, las ayudas directas de la PAC y un largo etcétera. Todo ello sin contar con la ganadería y la pesca, con problemas propios, muchos de ellos acuciantes. Pero nada de esto tiene que ver con lo que propuso José Antonio en 1935, si exceptuamos la irrenunciable aspiración de justicia social.
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