Psicosociología del botellón

18/OCT.- Mala solución tiene el problema actual de los botellones en esta fase alcanzada. Para paliarlo quizás debería cambiar la sociedad adulta, esa que se escandaliza, pero persiste en sus comodidades, en su inercia y en su mutismo ante los desafueros de sus políticos, esos que ofrecen ahora sus cheques culturales, que difícilmente serán usados por la mayoría de los asistentes a un botellón.

Publicado en la revista Desde la Puerta del Sol núm. 521, de 18 de octubre de 2021.
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portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa (LRP).

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Psicosociología del botellón

Psicosociología del botellón


No se asuste el lector por lo pedante del título que encabeza estas líneas. En el fondo, se trata de analizar un fenómeno de alcance nacional, y casi europeo, que protagonizan los jóvenes; quizás por este protagonismo, no puede quedar reducido a una noticia de telediario o ser despachado con cuatro tópicos.

De entrada, resulta difícil a un jubilado escribir sobre los jóvenes, pues se corre el riesgo de caer en un paternalismo estéril e inadecuado a todas luces o, en sentido contrario, incurrir en un ridículo espantoso imitando o asumiendo formas y modos ajenos a la edad respetable a la que uno, gracias a Dios, ha llegado. También es fácil la crítica, pero sabemos que, por lo menos desde Sócrates, cada generación ha echado en cara a la siguiente lo depravado de unas costumbres que implican irresponsabilidad. En mi caso, me pueden salvar en el análisis mi condición de educador vocacional ⎼ya no profesional⎼ y mi gusto por los clásicos, como es el caso del machadiano «Doy consejo a fuer de viejo: nunca sigas mi consejo».

Como hemos dicho, los botellones se han convertido en un problema endémico de nuestras ciudades. Son previos, con mucho, a las medidas sanitarias a causa del covid, a las restricciones, enclaustramientos y cierre del ocio nocturno, pero, al irse abriendo las compuertas, han llegado a su mayor efervescencia: es indudable que juega un papel importante el atractivo de lo prohibido, que, en las edades juveniles, actúa como un gran incentivo como muestra de rebeldía, de rechazo a la norma establecida. Por otra parte, el propio Sistema ha demonizado la palabra autoridad, y no digamos la de disciplina; los docentes sabemos bastante de eso y lo hemos sufrido en nuestras carnes.

Lo cierto es que los vetos sociales ⎼¿no estaban ya prohibidos?⎼ se han visto desbordados de todas todas, y los poderes públicos echan mano de las soluciones represivas como único remedio; la represión suele ser síntoma de debilidad; no olvidemos que los Estados más tiránicos desde la Revolución francesa han hecho gala de su liberalismo y las actuales situaciones calificadas de totalitarismo democrático no hacen más que dar la razón a esta constante histórica. Donde prevalece cierta inteligencia política (¿oxímoron en España?) se suelen esgrimir, publicitariamente, medidas preventivas, como abundante presencia policial disuasoria o acordonamiento o cierre de lugares donde de forma habitual se celebran botellones, pero poco más.

Han derivado los botellones en concentraciones multitudinarias, convocadas por las redes, y compuestas por un público masivo heterogéneo en composición e intenciones: universitarios o estudiantes de Secundaria en busca de diversión socializada, jóvenes con trabajos precarios o ninis, inmigrantes de gueto, bandas rivales organizadas, descuideros, rateros y camorristas. No es extraño que proliferen los robos, las intoxicaciones etílicas, la drogadicción, los altercados ocasionales, las batallas campales, la delincuencia más o menos organizada, y, como un atractivo más, el enfrentamiento con las fuerzas del orden, que se ven desbordadas y que suelen registrar más lesionados y heridos que los asistentes a la concentración juvenil. Los entrevistados ante las cámaras de televisión suelen repetir como un mantra “es divertido”

Busquemos algunas causas más profundas del éxito de los botellones; la sensación de libertad y el ya mencionado encanto de lo vetado o clandestino; y, sobre todo, la espontaneidad, la inmediatez, el presentismo de la experiencia, es decir, rasgos de la postmodernidad imperante. Pero podemos ahondar más, y entonces encontraremos la moralina y el puritanismo oficiales con los que se ha intentado educar a las nuevas generaciones. Así, del hecho normal de beber vino en las comidas familiares, se ha pasado a la estupidez de que esté mal visto que un adulto levante una copa en presencia de niños; esta norma políticamente correcta se ha extendido a las actividades de tiempo libre, donde un monitor no puede acompañar su bocadillo con una cerveza, salvo que caigan sobre él todas las furias del Averno. Del uso del tabaco ya ni hablemos: el cigarrillo o la pipa son totalmente ilegales y proscritos, mientras se contempla el porro con condescendencia, por tener cierto regusto progre. El Sistema ha sobrepasado con creces al Ejército de Salvación.

No puedo evitar rememorar aquellos recorridos de inocente tasqueo de otras épocas, con el acompañamiento a veces de la guitarra y la canción, cuando el objetivo no era colocarse ni buscar la ebriedad, sino la alegría, el compañerismo y, cuando se terciaba, el ligue más o menos ingenuo. Todo ello ha desaparecido de nuestros barrios ad hoc, sustituido por los botellones en los polígonos industriales o en los parques públicos.

Sobre todo, ¿qué alternativas ofrece el marco social a los jóvenes? Empecemos por lo que debería ser la regla de oro de toda colectividad humana: la educación en valores; de estos, solo se ha venido destacando la tolerancia, frecuentemente acompañada de la citada moralina puritana…Y, en punto al ocio juvenil, han ido menguando, hasta desaparecer en algunos casos, las asociaciones juveniles que implicaban un grado de compromiso, en las que el deporte, la actividad de aire libre, lo artístico y cultural, la excursión con la mochila y la canción, cubrían con creces los huecos temporales que dejaban el estudio, el trabajo y la vida familiar.

Algunas parroquias y colegios (normalmente religiosos) de barrios nada pudientes han intentado cubrir estos huecos de la llamada educación no formal, pero no dejan de ser valiosas experiencias de alcance reducido, por falta de apoyo social y político, más preocupado este último por su clientelismo rentable o por la búsqueda de minorías oprimidas a las que salvar.

Mala solución tiene el problema actual de los botellones en esta fase alcanzada. Para paliarlo quizás debería cambiar la sociedad adulta, esa que se escandaliza, pero persiste en sus comodidades, en su inercia y en su mutismo ante los desafueros de sus políticos, esos que ofrecen ahora sus cheques culturales, que difícilmente serán usados por la mayoría de los asistentes a un botellón.

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