OPINIÓN

El criterio personal al servicio del bien común.

La falta de un discurso político actual centrado en el diálogo concebido como acercamiento de posturas en aras al bien común.


Autores: David Guillem-Tatay [Tw] y José Manuel Cansino. Publicado en Gaceta de la FJA, núm. 344, de mayo de 2021. Ver portada de la Gaceta FJA en LRP.
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El criterio personal al servicio del bien común.

El criterio personal al servicio del bien común.


El pasado viernes, día 26 de marzo, en el programa Encuentros para una nueva era de la cadena Trece entrevistaron a Federico Trillo y a Ramón Jáuregui. Las respuestas y reflexiones de ambos políticos invitaban a la reflexión. El núcleo de sus pensamientos se centraba en la falta de un discurso político actual centrado en el diálogo concebido como acercamiento de posturas en aras al bien común. Criticaban, por tanto, los extremismos y los populismos y, por ende, la polarización.

Esa reflexión personal es muy necesaria, pero hoy está ausente, toda vez que, residenciada en su lugar, ubicación que es previa al diálogo, recordaba la frase de Emilio Lledó:

«A mí me llama la atención que siempre se habla, y con razón, de libertad de expresión. Es obvio que hay que tener eso, pero lo que hay que tener, principal y primariamente, es libertad de pensamiento. ¿Qué me importa a mí la libertad de expresión si no digo más que imbecilidades? ¿Para qué me sirve si no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente?».

La cita es, pues, muy actual, como lo son los ¿tres? primeros valores que postulaba José Antonio: «Así pues, el máximo respeto se tributa a la dignidad humana, a la integridad del hombre y a su libertad» (punto programático VII). Hemos recogido los tres valores, pero hemos encuadrado su número entre interrogantes porque siempre se ha pensado que los valores primeros de la Falange eran la dignidad, la integridad y la libertad.

Pero se olvida, al recordar esos tres valores, que de lo primero que habla José Antonio es de respeto el máximo respeto», dice literalmente). Y el respeto lo relaciona con el siguiente valor: la dignidad humana. Con toda la razón, porque todas las personas son respetables, pero no todas las ideas son respetables. Lo serán si, en el pensamiento previo y en el consecuente uso ya argumentado de la libertad (de opinión, de expresión y de acción), esa libertad es coherente con la dignidad humana: porque la respeta, la defiende y la promueve. Y ya anticipamos aquí que la dignidad humana es universal, de todos y de cada uno.

Sin embargo, hoy, somos testigos de una polarización política. Una división entre nosotros y los demás: es más importante criticar al contrario que argumentar y proponer las propuestas que un partido ofrece. Con lo que solamente serán valores aquellos que tengan que ver con ese “nosotros”. Los demás serán, como mucho, disvalores. Cuando, por contra, “nosotros” somos todos, no unos sí y otros no.

El discurso, por tanto, deviene no en argumentativo y deliberativo, como corresponde a una Democracia que quiera llamarse tal, con la profundidad que a la talidad le confería Zubiri, sino en exclusivo y excluyente, toda vez que discrimina a los que no piensan como “nosotros”.

Nótese, obiter dicta, que hablamos en plural, ese “nosotros”, ya que el criterio personal, del individuo, ha dejado de ser autónomo y ha pasado a ser gregario: pienso y hablo lo que piensan y hablan los míos, a los que, acríticamente, me sumo, en contra de lo que dice, con toda la razón, Aranguren (2009, p. 50):

«El hombre (…) es siempre personalmente responsable de su vida y no pude transferir esta responsabilidad a la sociedad; (…), la justificación de sus actos tiene que ser cumplida por él mismo y juzgada por su propia conciencia» .

Es de sobra conocido que José Antonio no concibió a la Falange como un partido de izquierdas ni de derechas, ni siquiera como un partido, idea que se gestó en el acto fundacional del 29 de octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid y que se concretó, entre otros, en los puntos programáticos II y, sobre todo, en el VII, bellamente titulado El Individuo, quien, aspirando a su propia autonomía, sabe que ésta debe estar al servicio del bien común, de todos y de cada uno, no de una división que enfrenta y divide y, por esta razón, no construye.

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