HUELLAS DE NUESTRO PASO

Arqueología campamental

Si el año pasado los veteranos nos dimos cita en el antiguo emplazamiento de Espinosa de los Monteros y, hace tiempo, imaginamos el de Boñar bajo las aguas del pantano, en esta ocasión unos cuantos, en recorrido particular, nos hemos plantado en la Selva de Oza, Huesca...


Publicado en el núm. 217 de 'Trocha', de Septiembre de 2020.
Editado por Veteranos OJE - Cataluña.
Ver portada de Trocha en La Razón de la Proa.

Arqueología campamental

Arqueología campamental


No, no nos referimos a aquellos campos de trabajo de antaño en que los cadetes y guías aficionados a la arqueología buscaban ánforas, limpiaban con esmero y pincel las cerámicas o cavaban bajo el sol del verano en busca de restos de la antigüedad.

La ​arqueología campamental a que nos referimos es la que consiste en descubrir, reconocer y visitar aquellos lugares donde, en nuestros años mozos, nos divertíamos y formábamos, esto es, las viejas instalaciones de campamentos.

En contra del tópico extendido, no eran de la OJE, sino que estaban arrendadas la mayoría a la Delegación Nacional de Juventudes, y por ellas pasaron, además de nosotros, escolares, aprendices, hijos de mineros, invidentes, minusválidos, asociaciones juveniles o grupos de hijos de trabajadores de empresas.

Su destino, a partir de 1977, fue diverso: unas fueron convertidas en acampadas turísticas (cámping); otras, cedidas a las administraciones autonómicas o municipales (que, en muchos casos, no sabían qué hacer con ellas); las más, cedidas en explotación a empresas privadas; muchas, por fin, arrumbadas y olvidadas, dejando que la maleza cubriera las explanadas y los edificios (almacenes, cocinas, capillas…) fueran pasto de destrucciones sin motivo y de gamberradas.

En ocasiones, nos ha costado trabajo reconocer el antiguo campamento, el lugar donde estaba situada nuestra tienda o la zona del bosque donde escribíamos las cartas a nuestros padres…

Si el año pasado los veteranos nos dimos cita en el antiguo emplazamiento de Espinosa de los Monteros y, hace tiempo, imaginamos el de Boñar bajo las aguas del pantano, en esta ocasión unos cuantos, en recorrido particular, nos hemos plantado en la Selva de Oza, Huesca, justo ante la portada que aún lleva las letras de Ramiro el Monje (pero, lógicamente, sin los emblemas del cisne y de la cruz potenzada que la presidian).

Sigue funcionando al parecer como campamento que hace sus ofertas como empresa particular y, por tanto, su deterioro se limitaba al vacío que dejaba un mástil aserrado por aquello de la corrección política.

No pudimos evitar quedarnos algo pensativos ante la valla que nos impedía el paso; un zurriagazo de nostalgia nos invadió breves instantes; pero elevamos la vista a las montañas que lo circundan y al cielo azul que había presidido nuestra amigable excursión.

Y pensamos que los antiguos acampados de este y de todos los antiguos emplazamientos seguro que sabríamos reconocernos en las calles de cualquier ciudad, porque ese cielo azul seguía brillando sobre nosotros.


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