EDITORIAL

La soledad del europeo

Aspiramos a que Europa sea una unidad de destino en lo universal; por esa razón, sentimos tristeza por el alejamiento de ese sueño al que nos condena una ineficaz Unión Europea y los nacionalismos: amamos a Europa porque no nos gusta, del mismo modo que sentimos ese patriotismo crítico hacia cada una de nuestras naciones históricas, organizadas en Estados incompetentes.

Los españoles, en nuestro caso, somos europeos por voluntad histórica, mucho antes de que se creara la Unión Europea y estuviéramos inscritos en aquella CEE de antaño.
Los españoles, en nuestro caso, somos europeos por voluntad histórica, mucho antes de que se creara la Unión Europea y estuviéramos inscritos en aquella CEE de antaño.
La soledad del europeo

La soledad del europeo


Con motivo de las casi inacabables negociaciones sobre el Bréxit, miles de transportistas europeos, entre ellos muchos españoles, tuvieron sus camiones bloqueados ante el Canal de la Mancha y pasaron las Navidades en soledad, lejos de sus raíces, en absoluta carencia de los recursos más elementales de comida e higiene. Entretanto, los políticos británicos y continentales seguían su tira y afloja para decidir las condiciones en que una parte de Europa se desgajaba de un proyecto de unidad.

Esos transportistas fueron todo un símbolo de la soledad y el abandono que pueden experimentar muchos ciudadanos de Europa, que observan como aquel sueño que representan las once estrellas de la Virgen de la Catedral de Estrasburgo sobre la bandera azul se puede ir desvaneciendo en un horizonte preñado de egoísmos.

El nacionalismo –todos los nacionalismos– es el individualismo de los pueblos, y todo individualismo desemboca, inevitablemente, en egoísmo. Gran Bretaña, una vez más en la historia, ha apostado por su nacionalismo, fundamentado en su condición isleña, lejos de lo que fue un patriotismo clásico basado en el desaparecido Imperio. Ahora, se vuelve de espaldas al conjunto de Europa y fija sus expectativas en el atlantismo anglosajón, aunque sus problemas no dejan de ser los de todos los pueblos europeos.

Pero, a su vez, los continentales no han estado a la altura de las circunstancias; venían ya olvidando el simbolismo que encierra su bandera, que representaba sus raíces cristianas, su cultura común en la diversidad de sus naciones y, sobre todo, la tarea común como futura patria de las patrias en el conjunto de las otras grandes colectividades del mundo.

El euroescepticismo reinante confunde el culo con las témporas, como dicen los castizos de aquí, y, al desconfiar de la burocracia y la inutilidad de Bruselas y poner en duda la Europa unida y de todos,  ponen en riesgo ese proyecto europeo.

No nos cansaremos de repetirlo: aspiramos a que Europa sea una unidad de destino en lo universal; por esa razón, sentimos tristeza por el alejamiento de ese sueño al que nos condena una ineficaz Unión Europea y los nacionalismos: amamos a Europa porque no nos gusta, del mismo modo que sentimos ese patriotismo crítico hacia cada una de nuestras naciones históricas, organizadas en Estados incompetentes.

Los españoles, en nuestro caso, somos europeos por voluntad histórica, mucho antes de que se creara la Unión Europea y estuviéramos inscritos en aquella CEE de antaño. Igual que sentimos soledad en nuestras respectivas patrias, nos identificamos también con la soledad de cualquier europeo que vive la actual situación; cada nación de las que componen Europa carece de la fuerza necesaria para existir en un mundo globalizado.

Todos los europeos, cada uno de ellos, sentirá igual soledad –si Dios no lo remedia– que los transportistas que han contemplado de lejos el Canal de la Mancha en estos días de Navidad.

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