EDITORIAL | ACTUALIDAD POLÍTICA

Acoso y derribo

Uno de los pilares de la Primera Transición en entredicho es, qué duda cabe, la Monarquía, que ejerció, sucesivamente, los roles de aspiración permanente de Franco, hilo de continuidad con su Régimen y el siguiente, motor del cambio y, en este momento, representante de un Estado tambaleante.

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Acoso y derribo

¡Qué pregunta más rara me hace usted. Monárquico o republicano; acaso ni lo uno ni lo otro...

La operación de acoso y derribo de la Primera Transición ya comenzó hace bastante tiempo, y ahora tiene a sus principales puntales en el seno del propio gobierno de la Nación, extraña mixtura de pseudosocialismo a lo Sánchez, marxismo cultural a lo podemita y banalidad.

Además –no lo olvidemos–, este gobierno, ariete del acoso y derribo, cuenta con el inestimable apoyo de toda suerte de nacionalismos secesionistas, anhelantes de derribar, no solo un determinado Régimen político, sino de poner de rodillas a cualquier forma que adopte el Estado español.

Uno de los pilares de esa Primera Transición en entredicho es, qué duda cabe, la Monarquía, que ejerció, sucesivamente, los roles de aspiración permanente de Franco, hilo de continuidad con su Régimen y el siguiente, motor del cambio y, en este momento, representante de un Estado tambaleante. No es extraño, por lo tanto, que las dagas –florentinas a veces, montaraces otras– vayan dirigidas a la Corona y a sus representantes.

Indudablemente, la figura más vulnerable es la del Rey Emérito; sin pizca de conmiseración, podríamos decir que se ha ganado con creces el papel de diana de las embestidas de los partidarios de la Segunda Transición…

Nulas o escasas son, como es lógico, los desmentidos e informaciones de fuentes oficiales, pero la vox pópuli de propios y ajenos supone o detecta, comenta o denuncia, deduce o fantasea muchas cosas, siempre sobre bases de pura lógica y de la observación de circunstancias adyacentes, como puede ser muy bien la sospechosa inmunidad de facto de Jordi Pujol.

Evidentemente, los falangistas tenemos poco que ver con el monarquismo e, históricamente, ha quedado demostrada nuestra desafección hacia él. Quizás, ya en origen, fue sintomática la respuesta de José Antonio en París a un redactor de la Agencia Havas que le preguntó si eran monárquicos o republicanos; Primo de Rivera contestó sonriente:

¡Qué pregunta más rara me hace usted! Monárquico o republicano; acaso ni lo uno ni lo otro. ¿No cree usted que existe, si no específicamente, otro régimen, por lo menos otras formas de esos regímenes más adecuadas a nuestras existencia actual y a sus exigencias?

En cuanto al Régimen de la Primera Transición, nos limitamos a acatarlo desde nuestra posición de ciudadanos, pero sin fervorines entusiastas; antes bien, nunca hemos silenciado nuestra posición crítica

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