EDITORIAL

Los tres errores

Nuestro papel, como joseantonianos del siglo XXI, es fijarnos en las necesidades reales del pueblo español y de España, proponer alternativas (como se hizo en otro tiempo) y no confundir los ideales permanentes con los ensueños... evitando los tres errores: el anacronismo, la ucronía y la utopía.

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Los tres errores

Los tres errores


El mundo que nos rodea es cambiante, y cada jornada nos depara nuevas sorpresas en todos los órdenes de la vida; la aceleración histórica es vertiginosa y no da lugar al cómodo refugio de la nostalgia. Sí debemos, por el contrario, estar atentos a las circunstancias, por una parte, y, por la otra, reservar unos tiempos para la reflexión y el estudio, imprescindibles para entender los cambios y para reafirmarse en lo permanente.

Cuando desde esta página reiteramos nuestro propósito de traer a José Antonio al siglo XXI, se despierta la sorpresa o el recelo: ¿cómo es posible lo que aparenta ser una transmigración de un personaje que murió hace ochenta y cinco años? Unas palabras del profesor del CSIC Miguel Ángel Garrido nos pueden aclarar el enigma:

«Un clásico puede haber calado en una dimensión permanente del ser humano, pero no es aplicable ese túnel del tiempo, ni de él hacia nosotros ni de nosotros hacia él».

Por nuestro estudio y nuestra reflexión, creemos que José Antonio, nuestro clásico por excelencia, sí caló en unas dimensiones permanentes del ser humano, tales como su afirmación de los valores eternos, de la persona y de la sociedad, de la armonía entre ambos, del concepto de una patria, de la necesidad de reemplazar un sistema injusto y de la ética que debe presidir toda conducta que pretenda ser ejemplar.

No se trata, por ello, de ningún túnel del tiempo, del todo punto imposible, sino de ver ese mundo cambiante desde la perspectiva de esas dimensiones permanentes. Para ello, hay que evitar tres errores de apreciación, demasiado comunes como para que nos pasen por alto.

El primero de estos errores es el anacronismo, esto es, la incongruencia de presentar algo de otro tiempo como si fuera de recibo en el nuestro. El anacronismo suele deparar desprecio e ironía, y siempre es causa de ineficacia en política.

El segundo de estos errores es la ucronía, es decir, una reconstrucción de la historia dando por supuesto acontecimientos que no tuvieron lugar por alguna circunstancia; este ejercicio puede ser válido para una tertulia reposada de café, pero nunca sirve para la realidad.

El tercer error es caer en la utopía, es decir, ofrecer planes o propuestas que se contemplan como irrealizables a todas luces. Habría que distinguir, con todo, la teoría de los horizontes, que implica un posibilismo de ir paso a paso hacia un futuro deseable y posible a largo plazo.

Pretendemos huir de estos errores en La Razón de la Proa. Atendemos, eso sí, a nuestra historia, pero como tal historia, en lo que tenga de ejemplaridad, de referente o de conocimiento real frente a las tergiversaciones; sabemos que, así interpretado, el pasado no es paso ni es traba. Tampoco queremos debatir inútiles ucronías, suposiciones gratuitas que dependen de opiniones y no de hechos ocurridos; ni engañar a base de diseñar atractivas utopías.

Nuestro papel, como joseantonianos del siglo XXI, es fijarnos en las necesidades reales del pueblo español y de España, proponer alternativas (como se hizo en otro tiempo) y no confundir los ideales permanentes con los ensueños.

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