EDITORIAL

El lamento por las 'ocasiones perdidas'.

Obsesionarse con las 'ocasiones perdidas' es una forma, no solo de nostalgia (que puede ser legítima pero inútil), sino de cierto masoquismo intelectual, que dispersa esfuerzos, crea divisiones e imposibilita mirar hacia el presente y el futuro.
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El lamento por las 'ocasiones perdidas'.

El lamento por las 'ocasiones perdidas'.


Este lamento es una de las fijaciones que observamos en algunos españoles que comparten con nosotros, de alguna forma, una admiración por José Antonio Primo de Rivera, llevados, eso sí, por la mejor de las intenciones; es como aquel dolorido sentir del poeta, que el maestro Azorín transmitió al hidalgo del balcón, más allá de los cambios de los tiempos, y que persistía en su posición meditativa sin moverse de su melancolía.

Del mismo modo, podemos decir que pasaron regímenes y gobiernos, unos personajes cedieron su puesto a otros, cambiaron las modas… El mundo va hacia adelante y la historia quedó atrás, sin posibilidad de enmendarse.

El proyecto político que elaboró José Antonio para su época y que cristalizó en Falange Española como instrumento quedó truncado por las circunstancias exteriores e interiores; eso sí, influyó de forma excelente en algunas realizaciones sociales e incidió en pensadores y políticos tanto en España como más allá de nuestras fronteras; no hace falta ser muy agudo para concluir que aquella revolución nacionalsindicalista quedó en la teoría.

Teoría, por otra parte, nunca acabada (no hubo tiempo material) ni cerrada, y esto último representa una suerte; José Antonio no se limitó a confeccionar un programa político y económico con fecha de caducidad, sino que su propósito fue configurar las bases de una actitud ante la vida y, en consecuencia, un conjunto de valores permanentes y de ideas clave que formaban parte de una cosmovisión; de ahí el reconocimiento hacia su figura que han dejado como testimonio propios y extraños.

Salvador de Madariaga llegó a afirmar que, de haber sobrevivido el Fundador y mediar otro contexto, quizás José Antonio hubiera podido cambiar la historia de España. Pero no fue así, y es preciso recordar que la política es una partida con el tiempo en la que no es lícito demorar ninguna jugada.

Son ese conjunto de ideas y valores esenciales, y esa actitud ante la vida, las que nos deben interesar como joseantonianos, pues constituyen una guía y, a la vez, un acicate para profundizar en ellas y lanzarlas al presente. La estela es respetable digna de no ser olvidada, pero debe importarnos mucho más la estrella, y los sucesivos puertos a los que debe dirigirse la proa.

Tenemos mucho que aportar al mundo de hoy, no al de ayer; pensemos en la superación joseantoniana de cualquier tipo de nacionalismo; en su concepto de patria como tarea, aplicable, cómo no, a Europa; en la conjugación de unidad y variedad; en la defensa a ultranza de los valores humanos como fundamento de cualquier idea política; en el planteamiento integrador e inclusivo de la sociedad española, por encima de los partidismos; en una feliz armonización de libertad y autoridad; en un afán permanente de superar las injusticias inherentes al Sistema; en el trasfondo religioso indispensable para todo planteamiento humanístico…

Obsesionarse con las ocasiones perdidas es una forma, no solo de nostalgia (que puede ser legítima pero inútil), sino de cierto masoquismo intelectual, que dispersa esfuerzos, crea divisiones e imposibilita mirar hacia el presente y el futuro.


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