EDITORIAL

España, varada.

Lo importante es, de entrada, que un gran discurso nacional español supere por elevación los burdos relatos de los insolidarios, discurso que debe estar sustentado en un proyecto común ilusionante y real.


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España, varada.

España, varada.


El encallamiento del gigantesco portacontenedores Even Given en el Canal de Suez, la obstrucción de esta decisiva vía de transporte y comercio y las inevitables consecuencias económicas y energéticas para todo el mundo, son, no solo, una muestra del alcance de la globalización, sino que pueden ser a modo de metáfora de lo que está suponiendo para España el enquistamiento de los nacionalismos, más o menos separatistas, en sus respectivos feudos, continuamente alimentados desde el actual gobierno.

Se puede afirmar de entrada que no es una situación novedosa, sino que se viene prolongando desde los primeros años de la Transición, cuando las leyes electorales favorecieron, por una parte, las listas localistas, y, por otra, cuando los sucesivos Ejecutivos españoles, a diestra o a siniestra del abanico político consensuado, llevaron a cabo, uno tras otro sin excepción, el intercambio de concesiones, silencios culpables, dejaciones o complicidades por votos que asegurasen mayorías o permanencias en el banco azul.

De este modo, ningún gobierno o partido de alcance nacional que ha tocado poder puede esgrimir que haya puesto coto a la soberbia y desmesura de los nacionalistas; incluso, en los momentos de máxima tensión, como el recordado otoño de 2017, la aplicación de las leyes en vigor se llevó a cabo por presiones fácticas, con titubeos y convenientemente edulcorada y suavizada para no quitarles resortes de influencia a las oligarquías sublevadas.

En este momento, concretamente en Cataluña, sigue pendiendo sobre los ciudadanos y sobre toda España la espada de Damocles del lo volveremos a hacer, sin recato alguno, y solo los antagonismos y personalismos de las banderías que se disputan el Govern de la Generalidad están aplazando nuevas situaciones de conflicto grave, ante las cuales nadie sabe como actuará el inquilino de La Moncloa, cuya supervivencia depende en gran medida del apoyo de los nacionalistas.

No nos cansaremos de repetir que hay que ir al fondo de la cuestión, y no limitarse a aplicar medidas excepcionales cuando se rompen los débiles hilos de la convivencia nacional. Lo importante es, de entrada, que un gran discurso nacional español supere por elevación los burdos relatos de los insolidarios, discurso que debe estar sustentado en un proyecto común ilusionante y real; y, en punto a la estrategia más elemental, hay que arrebatar al nacionalismo los instrumentos que manejan a su antojo para continuar su andadura: la educación y los medios de propaganda.

Hay que añadir, sin duda, la competencia exclusiva de orden público, ahora más que nunca puesta en entredicho por la permanente presión de la omnipresente CUP como aliada inestimable de los partidos separatistas burgueses,

Pero el Gobierno español solo está pendiente de la batalla de Madrid, que puede llegar a representar su camino hacia el ocaso. No se da cuenta ⎼o no quiere darse cuenta⎼ de que la inestable situación de la España actual y de su Régimen se va a jugar en Barcelona.

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