EDITORIAL

La dictadura lingüística.

El verdadero problema no es que se emplee una u otra lengua. El quid de la cuestión es que se utilice esa lengua como ariete político. (...)  De esta manipulación de la lengua –cuando los idiomas son vehículos de comunicación y no de segregación– se deriva otro hecho no menos importante: la cantidad de mensajes que se lanzan teñidos de odio hacia al castellano y, de ahí, hacia la patria común, España.


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La dictadura lingüística.

La dictadura lingüística


Se atribuye a Joan Manuel Serrat una invectiva a un sector de su auditorio que le recriminaba que cantara el castellano: Los catalanes inteligentes somos bilingües… Pues bien, el nacionalismo separatista, con la inestimable ayuda del Gobierno español y su ministra de Educación, sigue decidiendo que nos convirtamos en unos imbéciles completos.

Las política de inmersión –estas con la colaboración por ausencia de todos los gobiernos españoles que hemos padecido– han conseguido ya que todas las Administraciones de Cataluña sean monolingües, que se pueda multar a los negocios privados que desoigan esta orden y que especialmente la enseñanza sea ese coto lingüístico donde manuales, programas informáticos y clases sean exclusivamente en catalán, y este siguiendo las reglas del químico Pompeu Fabra.

Claro que queda el recurso personal de exigir una comunicación en castellano, pero, precisamente por este carácter personal, es escasamente requerido: aquí funciona lo que los antiguos catecismos llamaban el resto ajeno, es decir, la presión de las mayorías y que no te puedan señalar con el dedo.

Los padres de alumnos de familias castellanoparlantes –incluidos los inmigrantes hispanos– temen la sanción social que representa una reclamación de este tipo, máxime si tus propios hijos van a quedar discriminados en el aula.

El verdadero problema no es que se emplee una u otra lengua; ya dejó dicho Julián Marías magistralmente: El castellano, una lengua de Cataluña; el catalán, la lengua de Cataluña. El castellano, la lengua de España; el catalán, una lengua de España. El quid de la cuestión es que se utilice esa lengua como ariete político, para conformar las mentes, excluir y demonizar la otra lengua y reducirla a lo exótico; como oímos decir a una niña en el supermercado: ¡Mamá, ese señor habla en castellano…!

De esta manipulación de la lengua –cuando los idiomas son vehículos de comunicación y no de segregación– se deriva otro hecho no menos importante: la cantidad de mensajes que se lanzan teñidos de odio hacia al castellano y, de ahí, hacia la patria común, España.

Dicen los más viejos del lugar que, durante un corto tiempo en la inmediata posguerra, a algún estúpido se le ocurrió imprimir unos carteles que recomendaban hablar la lengua del imperio; posiblemente, serían de la misma cortedad mental que los que quemaron la propaganda falangista en catalán que había dispuesto Dionisio Ridruejo.

En todo caso, aquellos majaderos con idénticos a los que ahora exigen también el uso exclusivo de la lengua del imperio dels Països Catalans. Como, por ejemplo, los que, en la colonia del separatismo en que han convertido las Baleares, en nombre de no sabemos qué plataforma, piden a su gobierno autonómico que dicte una norma para que las familias siempre empleen el catalán cuando hablen con niños y jóvenes.

Control en las aulas; control en los despachos; control en el patio escolar; control en la calle; control en las familias…: esto se llama, simple y llanamente, dictadura lingüística. Amén de estupidez.

 

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