EDITORIAL | RAZONES Y ARGUMENTOS

Continuando el poema…

Lo importante es no abandonar la tarea de continuar con la poesía que promete. No copiando a los poetas precedentes, sino adivinando lo que dirían si ahora estuvieran con la pluma en ristre y la realidad bajo la luz.

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Continuando el poema…

Continuando el poema…

Quisiera ser un poeta y cantar tu primer verso, le dice Gabriel Celaya a España.

Esta es la bella utopía de cada juventud, de toda juventud que ha soñado alguna vez en destruir para edificar sobre los escombros, creyendo que nadie antes que ella se había planteado como tarea de vida la construcción de la justicia sobre las ruinas de la injusticia, de la libertad sobre las de la presión, de la unidad sobre la sombra de la desunión. Así, nosotros, hace tiempo.

A este ensueño de juventud le corresponde, por inexorable ley biológica, el realismo de la madurez: hace mucho tiempo que los poetas cantaron los primeros versos de España, y nosotros tuvimos, menos mal, noticia de ellos.

Desde entonces, sin necesidad de echarlos al cesto de los papeles inservibles, se han ido añadiendo estrofas, cambiando las medidas, buscando nuevas asonancias o consonancias, según los gustos o en función de las necesidades. Y el resultado es un ininterrumpido y largo poema, con sus defectos, al que cada generación ha añadido sus inspiraciones y trabajos, con más o menos fortuna o acierto poéticos.

Y no copiando a los poetas precedentes, sino adivinando lo que dirían si ahora estuvieran con la pluma en ristre y la realidad bajo la luz.

Ese poema intergeneracional que es una patria y los intentos para hacerla mejor tiene, como todos los verdaderos poemas, letra y música; la primera puede pasar de moda, la segunda no. Y, así, compone una melodía que enlaza, como en figura pitagórica de Fray Luis de León al músico Francisco de Salinas, con la sinfonía de las esferas, esto es, con la universalidad.

Si la melodía que ha recogido los versos de cada momento responde al concierto de las esferas que giran, se produce la armonía; si lo ramplón o lo inútil se ha impuesto en un momento dado en la composición, la patria y su proyecto chirrían, alterando las conciencias y provocando el desajuste.

No, no podemos escribir el primer verso sobre la patria, pero sí contribuir a que los que escribamos sean acordes; primero, con la esencia del largo poema y, segundo, con la armonía universal de las esferas.

Nuestros versos deberán ser innovadores, sorprendentes, acaso disruptivos, máxime si los anteriores han sido desacertados.

Lo que nos está privado es desatender el poema y dejar descansar la pluma. Ya ocurra que escribamos desde la bella utopía de que el nuestro sea el primer verso o desde el realismo de que venga a ser una aportación crítica y constructiva.

Lo importante es no abandonar la tarea de continuar con la poesía que promete.


 

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