"La ciudad de lona", capítulo de la serie Crónicas de un pueblo (1972)

La ciudad de lona: un campamento que muchos reconocimos como propio


Un episodio que va más allá de la ficción

El capítulo La ciudad de lona (verano de 1972), perteneciente a la serie Crónicas de un pueblo, ocupa un lugar especial dentro del conjunto de episodios por su clara inspiración en los campamentos de la Organización Juvenil Española (OJE). No solo por la ambientación, sino también por la presencia explícita de los uniformes, las canciones, la estructura organizativa y el lenguaje educativo que muchos de nosotros reconocemos de inmediato como parte de nuestra propia juventud.

Lejos de ser un simple relato televisivo, el capítulo actúa como una crónica reconocible de una experiencia vivida, compartida por miles de jóvenes españoles que, durante su infancia y adolescencia, participaron en campamentos de verano organizados bajo ese mismo modelo.


La “ciudad de lona” como experiencia formativa

El campamento que muestra el episodio es presentado como una auténtica comunidad temporal, una “ciudad” construida con tiendas, esfuerzo y convivencia. Nada en ella es superfluo: cada actividad, cada turno, cada norma tiene una finalidad educativa.

El director del campamento, don Antonio, resume con claridad el espíritu que animaba estas experiencias: la formación integral del muchacho. No se trata únicamente de pasar unos días al aire libre, sino de aprender a convivir, a asumir responsabilidades, a colaborar con los demás y a sentirse parte de algo común.

Quienes pasamos por campamentos de la OJE recordamos bien esa sensación: dejar atrás el hogar, el pueblo o el barrio para integrarnos en una estructura donde todos éramos iguales, independientemente de nuestro origen, y donde el valor personal se medía por la actitud, el compañerismo y el cumplimiento del deber.


Disciplina, camaradería y espíritu de equipo

Uno de los aspectos mejor reflejados en el capítulo es el equilibrio entre disciplina y cercanía humana. La autoridad existe y se respeta, pero no es arbitraria. Se basa en el ejemplo, la palabra y la apelación a la conciencia personal.

Los conflictos —inevitables en cualquier convivencia juvenil— se resuelven mediante el grupo, no desde el castigo inmediato. La famosa escena de la gamberrada nocturna y el posterior discurso del jefe de campamento resultará familiar a muchos lectores: no hay humillación ni señalamiento público, sino una llamada a la responsabilidad, al honor y a la pertenencia a una “familia” mayor.

Este método educativo, tan característico de la OJE, confiaba en el espíritu de equipo como elemento corrector y formador.


Personajes que representan actitudes reconocibles

Los muchachos del capítulo no son héroes ni villanos, sino tipos humanos fácilmente identificables. Está el chico excesivamente dependiente del entorno familiar, que poco a poco madura gracias a la convivencia; está el joven inconformista y provocador, al que le cuesta aceptar normas comunes; y están los compañeros que, sin grandes discursos, ayudan con su ejemplo a que el grupo funcione.

Especialmente significativa es la evolución de Luis, el “niñito de mamá”, cuya transformación simboliza uno de los objetivos fundamentales del campamento: crecer en autonomía y carácter. Muchos lectores, sin duda, se verán reflejados en esa evolución.


Canciones, símbolos y vida en común

Las canciones, los aplausos, las actuaciones improvisadas y los actos colectivos que aparecen en el capítulo no son simples recursos narrativos. Constituyen el lenguaje simbólico de una pedagogía que entendía la música, el ritual y la expresión colectiva como herramientas de cohesión.

Para quienes formamos parte de la OJE, en especial de aquella OJE de sus primeros años (1960/1977) estas escenas despiertan una memoria inmediata: veladas, formaciones, cantos al unísono al caer la noche, que reforzaban la sensación de pertenencia y dejaban una huella duradera.


Una mirada desde hoy

Vista desde la actualidad, La ciudad de lona puede interpretarse también como un documento de época, reflejo de un modelo educativo y social concreto. Sin embargo, más allá del contexto histórico, el capítulo conserva un valor esencial: recuerda la importancia de la convivencia, del esfuerzo y de la educación del carácter.

Para los miembros de la Hermandad Doncel, este episodio no es solo televisión: es memoria vivida, reconocimiento de una etapa formativa que, con sus luces y sombras, marcó a toda una generación.

La ciudad de lona es, en definitiva, un homenaje televisivo a una experiencia campamental que muchos hicimos nuestra. Una experiencia que nos enseñó a convivir, a respetar, a servir y a crecer juntos bajo una lona que, aunque provisional, fue para muchos una auténtica escuela de vida.