Doctores tiene el coronavirus

6/05.- No hay lugar para excusas cuando la muerte y el dolor se han adueñado de la vida de tantos inocentes, a causa de este cúmulo de fatuidades, intereses o torpezas...


Publicado en el número 303 de 'Desde la Puerta del Sol', 6 de mayo de 2020.
Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa.


Artículo de opinión de Javier Barraca Maural, profesor titular de Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

En la película Fausto de Murnau, el protagonista, un sabio doctor, experimenta el tormento de asistir a la expansión de la horrenda epidemia que diezma a sus conciudadanos sin lograr socorrerlos. Este azote sumerge a la comunidad entera en una fantasmal ciénaga de angustia. A su imagen, también hoy, la inmensa mayoría de las personas participamos de una agria impotencia. «Te duelo porque me amas», ha escrito elocuentemente Carlos Díaz.

Apremiado por la catástrofe, Fausto toma en el film un errado camino. Se decide a capitanear la pelea colectiva adoptando cualesquiera medios, a fin de derrotar a la enfermedad. En concreto, consiente en un oscuro pacto, que le reviste de unas hasta entonces inusitadas facultades. ¿Nos resulta ello familiar, en nuestro propio escenario?

Fausto, en la obra, comienza enseguida a ejercer estas nuevas prerrogativas y concita, en torno a su propia figura y sus concurridas intervenciones, una intensa atención e incluso el tenso asombro de todos. Las gentes se congregan a su alrededor con expectación, para presenciar sus salvíficas actuaciones.

¿Algún leve paralelismo con lo que ahora vivimos? ¿Se prodigan los Faustos también entre nosotros, ya sea en su versión de políticos, científicos, autoridades varias, periodistas, influencers, pseudoprofetas o gurús de toda ralea, incluida la de los fervorosos moralistas actuales?

Desde su torre, Fausto acaudilla severo a los suyos por una vereda torcida. En la trama, él sabe que, con tal de lograr el éxito, en cierta manera, ha vendido su alma, aunque se ha dicho a sí mismo que ello sólo durante un plazo limitado de tiempo…

¿No hay, quizás, igualmente, en nuestro contexto, líderes de toda condición, Faustos de mil variados pelajes, que se están dejan-do arrastrar por su influencia, su orgullo y hasta su vanidad?

El caso es que la aventura de Fausto no tarda en frustrarse, a causa de lo sobreexpuesto de su acción. A la postre, los mismos conciudadanos, a quienes buscaba auxiliar con sus excepcionales capacidades, lo rechazan. Estos, pues, descubren en su forma de rescatarlos del mal algo censurable.

Y, al cabo, el comprometido Fausto, en la cinta, se revela como un ser esclavizado irremediablemente por el poder con el que pactó, cual Gollum por su anillo.

He aquí, en suma, un episodio cuyas similitudes con nuestra situación pueden ayudarnos a reflexionar. Pues comprendemos la necesidad de superar esta crisis, ya no sólo epidemiológica, sino social y ética, que reclama una «sanación» integral para la persona. Sufrimos con el otro al contemplar tantos padecimientos y muertes, aunque también con Carlos Díaz sabemos que, de algún modo, la muerte pertenece a la vida, como esta última a su vez a la primera.

Así, la compasión desde las entrañas, vinculada a nuestra razón cálida, o incluso la propia preocupación, se transforman en una llamada a la responsabilidad. Lévinas expresó que la misma subjetividad humana consiste precisamente en un «no poder substraerse a la responsabilidad, en no tener la interioridad como escondite…».

Por esto, nuestras autoridades deben huir de cualquier sombra de autocomplacencia y protagonismo, extremar su humildad. Han de concienciarse de que no todo vale en esta campa-ña frente al coronavirus. No cabe atraer hacia sí todo este poder, público y privado, para desplegarlo sin un delicado tino y sensibilidad. No se deben suprimir la iniciativa y la creatividad personales ni apropiarse de cualquier medio, sino encauzar fuerzas en armonía. Coordinar esfuerzos no equivale a estatalizar toda actuación.

Tampoco vale la soberbia de quienes no dialogan ni dan cuenta de un poder extraordinario. Controlar a tantos sin pausa, con semejante caudal de recursos humanos y tecnológicos, exige aceptar que también haya quien fiscalice el ejercicio de dicho control. Por eso, menos vale todavía el convertir unas comparecencias debidas en la mera exhibición de los presuntos aciertos ni el prevalerse de esta aciaga ocasión para excederse en la supervisión de la libertad ajena.

Esta demanda de una gestión autocrítica y participativa, que se esmere en su ejemplaridad, no la esperamos sólo en nuestra tierra, sino también allende sus fronteras. La aguardamos de cuantos rigen, desde unas u otras instituciones, la batalla global contra la pandemia. A nadie librará, cuando llegue el irremediable momento de rendir sus cuentas, la benevolente mediación de ninguna Gretchen (Margarita, en la versión de Goethe) o de cualquier otro valedor.

No hay lugar para excusas cuando la muerte y el dolor se han adueñado de la vida de tantos inocentes, a causa de este cúmulo de fatuidades, intereses o torpezas. Afortunadamente, la esperanza de las personas y naciones no pende hoy ante todo de sus dirigentes sino de los valores en los que participan, junto a lo más fecundo y hondo de sus convicciones.