León XIV: escuchar el mensaje, no manipularlo.

Las palabras de León XIV y el contenido de 'Magnifica Humanitas' trascienden la disputa partidista. Su mensaje interpela a la dignidad humana, la justicia social y los desafíos éticos de nuestro tiempo.

Escuchar antes que interpretar

La tentación de interpretar las palabras de León XIV en clave política ha sido una constante y un colofón inevitable de su visita a España. Otro tanto sucedió con las intervenciones de su antecesor, el papa Francisco, con la diferencia de que este daba más cancha al mundo del periodismo, al estar dotado de esa característica que se suele atribuir a los argentinos en lo tocante a la locuacidad.

Tanto las palabras del actual Pontífice en Madrid, Barcelona y Canarias como —si se sabe leer— el interesante y profundo contenido de su encíclica Magnifica Humanitas escapan de cualquier forma de manipulación partidista o ideológica; eso no quiere decir que choquen, y no de refilón precisamente, con algunas constantes del pensamiento actual generalizado, convertido en dogma y en moneda corriente en nuestros días.

Lo que ha dicho y escrito el papa León pertenece al ámbito de lo suprapolítico y, más exactamente, de lo espiritual, que es el resorte esencial que puede mover a los hombres y a los pueblos; y, más concretamente, enfocando los temas que atañen al mundo de hoy y a sus usufructuarios, es decir, a nosotros.


La dignidad humana como eje

La dignidad humana por bandera preside las palabras y el documento mencionado; el derecho a la vida desde el nacimiento hasta su final natural; el valor del trabajo y su menosprecio en el seno del neocapitalismo; la defensa de la familia como célula base de la sociedad; la justicia social, que abarca múltiples dimensiones; la cooperación entre los seres humanos y, en el ámbito internacional, el grito por la paz, que debe ser producto de la justicia... Todo ello debe estar más allá y por encima de las opiniones de partido; constituye una especie de metaprograma, pero que no deja de ser una constante en el sentido cristiano de la vida.

Podría ser asumido, por ello, por una gran mayoría social que conectase con ese sentido, mucho más allá de los siete u ocho minutos de aplauso cortés con que nuestros teóricos representantes parlamentarios acogieron sus palabras en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, algunos de los cuales iban a votar, a las pocas horas, beneplácitos legales para el aborto y la eutanasia.


Los desafíos de la revolución tecnológica

Lo que ha escrito y dicho el Papa no se queda en planteamientos abstractos, sino que desciende al aquí y ahora de un mundo que anda desnortado y, sobre todo, al futuro. En el marco de la Cuarta Revolución Industrial, donde la robótica, la Inteligencia Artificial (expresión que contiene un oxímoron en sí misma), la nanotecnología y la biotecnología, el ser humano creado afronta auténticos retos de deshumanización si se usan torticeramente, pero, sin dejar de lado que, con una utilización correcta, pueden representar ventajas. En este punto, la alusión más directa se refiere al mundo del trabajo.

Entre los riesgos evidentes, no se dejan de señalar las utopías —trágicas en su fondo— del posthumanismo y del transhumanismo, que, si son novedosas en sus formulaciones concretas, no dejan de reiterar el camino errado, tantas veces repetido en la historia, de suplantar a Dios y, una vez olvidado, pasar de aquella muerte teórica que señalaron los filósofos de la sospecha (Marx, Freud y Nietzsche) a un silencio obligatorio o, todo lo más, a dejarlo reducido al fondo de las conciencias individuales, siempre y cuando no pase al dominio público; ya se ha dicho que la muerte de Dios equivale a la muerte del hombre, al dejar de considerarlo como ser portador de valores eternos, abierto a la trascendencia.


La persona humana en la era de la IA

La intención del mensaje recogido en la encíclica Magnifica Humanitas y en las palabras de León XIV en España trata de rescatar el valor «de la persona humana en tiempo de la Inteligencia Artificial», como dice el subtítulo del texto pontificio mencionado. Y luego cada uno, en función de su libertad,atributo también concedido por el Creador en origen, puede establecer un baremo en cuanto a sus creencias o no creencias; quizás lo peor puede ser la indiferencia ante el mensaje, el pasotismo constante, que solo quedó parcialmente roto en medio de la efervescencia popular de la visita del Papa a nuestros lares.

Quiero ser optimista (o realista, en función de los datos objetivos) y no creo que la impronta de muchos jóvenes actuales ante el redescubrimiento de los valores del espíritu sea una simple y pasajera muestra de emotividad y una moda, como se han apresurado a señalar muchos escépticos en este momento.


Una anécdota reveladora

Por último, descendiendo al terreno de la simple anécdota y de lo vulgar, también el Pontífice quiso ser manipulado, en Barcelona, por el nacionalismo secesionista, con un pretendido espectáculo (frustrado, a Dios gracias) que se pretendía dar en el templo de la Sagrada Familia; todo quedó en puro folclore irrisorio de aquellos que son incapaces de poner la religión por encima de su estrechez de miras. Pude ser testigo privilegiado, en el interior de la nave gaudiniana, de la maniobra; el canto del Virolai a la Virgen de Montserrat contó incluso con esa estrofa silenciada tantas veces en otros templos...


Una invitación a la reflexión

El mundo sigue su marcha y no sabemos los derroteros que va a adoptar, pero, para creyentes y no creyentes, una visita papal y una encíclica luminosa pueden señalar caminos; y es importante que el Papa siga rezando por España, como dijo ya vuelto a Roma.