Regenerar la política

17/FEB.- Entre las 60 medidas que anunció Feijóo en el Oratorio gaditano de los diputados doceañistas, se incluyen muchas regeneradoras. Dada la situación, la regeneración ha de ser de la política pero no menos de la democracia...


​​Publicado en primicia en el digital El Debate (14/02/2023), y posteriormente en la revista El mentidero de la Villa de Madrid núm. 722 (17/FEB/2023), continuadora de Desde la Puerta del Sol. Ver portada El Mentidero en La Razón de la Proa (LRP) Recibir el boletín de LRP.​

El Refranero, que es un compendio de la sabiduría popular, recoge que «sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena», de modo que sólo nos acordamos de la regeneración política cuando truenan la corrupción, la abulia o se teme la cercanía del abismo. El mal actual de nuestra sociedad es el último con incrustaciones del segundo y a veces sonada presencia del primero. El sanchismo ha demostrado tal capacidad destructiva que cada decisión desastrosa tapa a la anterior y nos acerca más al abismo; la sociedad, cansada, puede caer en la abulia. Una de las ventajas de la veteranía es que cada vez le sorprenden a uno menos cosas. Desde siempre he escuchado y leído que la política española precisaba de una profunda regeneración. Mirando alrededor la situación actual no es mejor, sino peor, que las anteriores.

La Justicia está siendo manoseada y sus máximos órganos utilizados; el Parlamento es, como nunca hasta ahora, un lugar de confrontación sin clase, un insultódromo en el que el vicepresidente primero, Alfonso Rodríguez, le retiró la palabra y expulsó de la tribuna de oradores a la diputada de Vox Patricia Rueda por negarse a retirar el calificativo «filoetarras». Ni esa diputada ni usted, lector, tienen la culpa de que Rodriguez, el vicepresidente primero del Congreso, no lea o lea poco el Diccionario de la R.A.E. Sabría que «filo» en esta acepción significa «amigo», «cercano». Cuando pronunció «filoetarras» la diputada condenada al silencio, esa palabra se había utilizado 63 veces en el Congreso y nadie se había rasgado las vestiduras. La Justicia y el Parlamento son sólo dos ejemplos de cómo está el patio.

En España desde la Transición han gobernado los dos grandes partidos, PSOE y PP, con mayorías absolutas o con apoyos varios. No cuento los gobiernos de UCD porque en aquellos tiempos no se trataba de regenerar la democracia sino de crearla, que no era pequeño reto. El actual es el primer Gobierno de coalición. Une al sanchismo (una especie de socialismo de autor, radical) que negó tal posibilidad, y Podemos, una amalgama de personajes y personajillos que añoran el Telón de Acero y que no saben bien lo que quieren pero lo quieren. Ni PSOE ni PP se empeñaron en regenerar la política. En esa asignatura pendiente no hemos pasado de las propuestas más o menos solemnes y más o menos teatrales. Y precisamente siempre que truena. Entre las 60 medidas que anunció Feijóo en el Oratorio gaditano de los diputados doceañistas, se incluyen muchas regeneradoras. Dada la situación, la regeneración ha de ser de la política pero no menos de la democracia.

La realidad me aleja de cualquier optimismo. A menudo quienes más se desgañitan pidiendo el protagonismo de los ciudadanos, cuando se ha tratado de ejercer esa benéfica práctica en sus espacios más cercanos, que son sus afiliados, no les han dado ni arte ni parte. Para regenerar la política previamente habría que regenerar los partidos.

Las proclamaciones regeneracionistas son muy justas, muy deseables, pero me temo que oportunistas. A veces se han pedido algunos cambios para alcanzar la regeneración. Se desea que no lleguen al ejercicio de la política quienes no hayan demostrado previamente su utilidad a la sociedad en sus respectivos oficios, y eso comúnmente no ocurre. Se pide que no sea directamente proporcional el grado de amiguismo o de zalamerías al jefe con la presencia en listas electorales, y eso tampoco suele ocurrir; la experiencia demuestra lo contrario. Se pide que para gestionar la cosa pública se tengan en cuenta la preparación, la eficacia contrastada y el buen juicio, y todos tenemos en la cabeza ejemplos de que, a menudo, no es así; se llega a las responsabilidades públicas con otros equipajes y por otras vías. El Gobierno actual de España es un mal ejemplo de ello.

La regeneración políticademocrática–, tan necesaria, suele chocar con la férrea autodefensa de los partidos. ¿Sería justo acusarlos de mantenerse en sus torres de marfil? No creo. Es una realidad que se ha alimentado desde la sociedad como algo natural. La regeneración política de que se habla tanto, sobre todo en momento de crisis de valores, debe comenzar por una regeneración social. La sociedad ha aceptado ciertos tics como notas inevitables de la democracia, y los partidos que no son incoloros, inodoros e insípidos como el agua sino estructuras de poder, además de conformar lo que sobre ellos dicta el artículo 6 de la Constitución, no van a limitarse ellos mismos. Su realidad es la que es.

Si se quiere hablar en serio de regeneración política y democrática, de protagonismo de los ciudadanos, habría que empezar por limitar la larga mano de los partidos y eso no ocurrirá. Por ejemplo, habría que cambiar la ley electoral. Habría que ir hacia la desaparición de los llamados «paracaidistas»; a que los candidatos a alcaldes y concejales estén desde tiempo antes empadronados en el municipio que aspiran a representar y no sean elegidos caprichosamente por el jefe de turno entre ajenos; a que el Poder Judicial sea en verdad independiente de las adscripciones partidistas. (Reflexión especialmente oportuna en este momento de un Tribunal Constitucional palmero). Hay que regenerar en profundidad para que no existan sectores de la sociedad intervenidos por los partidos. O la regeneración política se afronta en paralelo a una regeneración social, de modo que la propia sociedad reaccione, o servirá de poco.

El asunto se irá diluyendo cuando dejen de sonar los truenos.




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