El desorden mundial ante nuestros ojos
Las guerras actuales no han surgido de improviso, sino como consecuencia de un deterioro prolongado del orden internacional, la debilidad de los Estados y la pérdida del sentido de unidad política.
La falsa seguridad del orden internacional
En pleno siglo XXI, las guerras están siendo protagonistas en demasiados espacios del mundo, lamentablemente. Parece que esto ha ocurrido de la noche a la mañana. De repente. Sin previo aviso. Pero todo efecto tiene su causa, como sabemos, por lo que esto tenía que haberse previsto. Al no preverse, nos ha pillado por sorpresa. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué no hemos visto?
Pensábamos que existe un orden internacional. Y, sobre todo, desde la Segunda Guerra Mundial, entendíamos que era así con la creación de la ONU, cuyas misiones son la paz, la seguridad internacional y las relaciones amistosas entre los pueblos, avalado todo ello con la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Encima, hay un derecho internacional que, nos parecía, regula ese orden internacional. Pero, como decimos, en el siglo en que vivimos, todo ello ha caído casi por completo. Nos acabamos de dar cuenta de que, lejos de haber un orden internacional, lo que realmente existe es un caos.
En efecto, lo que rige a nivel internacional es el interés de cada gobierno por sí mismo y el mantenimiento de ese gobierno en el poder. Cada decisión de los gobiernos se mide por esos dos parámetros: interés y poder.
El derecho sin fuerza ni respaldo
Las instituciones internacionales, por su parte, carecen de fuerza coercitiva para hacer cumplir sus cometidos, toda vez que no pocas resoluciones son desobedecidas por los Estados, sin ninguna sanción o con sanciones que carecen de eficacia.
El derecho internacional sirve para lo que sirve, que es para bien poco. Como se mueve por reglamentos y convenios, entre otras normas, estos obligan a los Estados que los firman. A nadie más. Y, del mismo modo que lo acabado de decir, cuando esas normas se incumplen, tampoco hay mayores consecuencias.
Lo que da fuerza a un Estado es el derecho. Por eso se le llama Estado de derecho que, como decía Elías Díaz, es el Estado sometido al derecho y a la primacía de la ley. Pero detrás del derecho internacional no hay ningún Estado, con lo que, de la máxima “Estado de derecho”, falta un componente de los dos.
Si a eso le sumamos que, como hemos dicho, el derecho internacional sirve para bien poco, el otro componente de la máxima queda, entonces, mermado.
Naciones debilitadas y democracias frágiles
Añádase a todo ello que las naciones son cada vez menos fuertes. Lo que da fortaleza a una nación es su unidad y, por lo que respecta a la Unión Europea, por ejemplo, vemos que los Estados le están transfiriendo cada vez más competencias a la misma.
Unido a ello que, en el caso de España, se suman las transferencias, cada vez más numerosas, del Estado central a las comunidades autónomas. La consecuencia es que los Estados son cada vez más débiles. Y, por ende, las democracias también.
Si esas transferencias fueran sensatas y equilibradas, en calidad y cantidad, en lugar de desproporcionadas, ayudarían a la unidad, la cual, como dice Manuel Parra (2021, p. 41), «no se opone a variedad ni es sinónimo de uniformidad», porque «una patria se constituye por una tarea común y no por la homogeneidad de los pueblos que la componen».
Cuando se pierde la armonía común
Al faltar ese bien común, tanto en cada Estado como en la Unión Europea y a nivel internacional, se pierde la unidad, que entraña legalidad, igualdad, solidaridad y libertad de todos, no de unos sí y de otros no.
Si no hay unidad, no hay armonía entre las personas, entre las personas y los pueblos, ni entre los pueblos. Y, como decía José Antonio: «Perdida la armonía del hombre y la patria, del hombre y su contorno, ya está herido de muerte el sistema» (Obras completas, 1971, p. 711).
Ahora nos llevamos las manos a la cabeza, cuando todo ese caldo de cultivo venía existiendo desde hace tiempo. El mundo está cambiando, si no ha cambiado ya. Y lo está haciendo por medio de hegemonías políticas y económicas (USA, Rusia y China), y a través de la violencia (guerras).
¿Hacia dónde estábamos mirando?