Puerto Rico y la bandera que resiste.
La historia de una bandera salvada en 1898 resume la permanencia del vínculo entre España y Puerto Rico. Un símbolo custodiado durante generaciones frente al olvido y la derrota.
¡Que no la agarren!
Ese es el grito que un moribundo marinero del carguero Antonio López emitió al entregar la bandera de España que enarbolaba su barco hundido al puertorriqueño Rocaforte, que acudió a auxiliarle. Y, años después, Rocaforte entregó la bandera a unas monjitas españolas, Siervas de María, para su custodia, tras la derrota total de España en su desigual guerra contra los useños.
En aquel nefasto junio de 1898, España perdió en combate Cuba y Filipinas, pero Puerto Rico nunca se independizó y apenas hubo algún pequeño incidente bélico; aun así, España, inerte, tuvo que cederlo. Pero aquella bandera de España permaneció… y permanece.
Una enseña frente a la bahía
En el convento de las Siervas de María, frente a la bahía de Puerto Rico, hay un hermoso balcón abierto a todos los vientos. Esas monjas se dedican a labores de caridad y beneficencia; la mayoría son enfermeras tituladas, españolas de origen, hispanas. Tienen muy buena relación con el consulado de España, y este les avisa cuando va a arribar un barco —de guerra o mercante— que enarbola la bandera de España.
En ese momento, cuando el barco —con frecuencia el Juan Sebastián de Elcano— entra por la bahía, ellas izan aquella gran bandera que el paisano Rocaforte les entregó, recordando la consigna de aquel náufrago: «¡Que no la agarren!».
Hoy día, en Puerto Rico —que no es un Estado miembro de USA—, hay muchos habitantes (y un partido político) que desean la nacionalidad española y que aspiran a que Puerto Rico vuelva a formar parte de la Gran Hispanidad.
Y muchos, en las Españas de Asia, de América y de África, también lo deseamos. Y, tal vez, Puerto Rico: capital de la Hispanidad.
Artículo extraído de la revista La Gaceta de la FJA, de mayo de 2026.
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