El voto de Pepe ante dilemas de vida y trabajo

Pepe, vecino y trabajador de toda la vida, afronta cada elección con dudas crecientes. Entre la familia, su ciudad y su futuro laboral, su único voto se le queda pequeño ante tantas lealtades.

No conozco su apellido, pero somos vecinos de toda la vida. Los primeros años le llamaba señor Pepe; con la confianza se ha quedado en Pepe, el de la tienda. Tiene unos 45 años, está casado y tiene tres hijos. La mayor ya se prepara para la selectividad. Viven en una hermosa ciudad mediterránea de unos 220.000 habitantes que, sin embargo, no es capital de provincia.

La tienda no es suya; es un “súper”. Pero en mi casa todos vamos a él. En época electoral se le nota la preocupación. Es un hombre responsable que conoce el deber y el derecho del voto, y la responsabilidad que adquiere al ejercerlo.

Eso lo aprendió en unos campamentos juveniles a los que asistió unos días, junto al mar. Fueron sus únicas vacaciones de verano posibles. Allí encontró amigos —y creencias— que perduran.

Familia, vida y convicciones

Cuando ahora, en su casa, mira alrededor y ve a su amada esposa, a sus hijos y a su anciana madre conviviendo felizmente, recuerda el esfuerzo solidario de todos. ¡Los niños también, cumpliendo con su deber!

Recela, horrorizado, de quienes se atreven a decir: “los niños no son de los padres”. Piensa también en su deteriorada y querida madre. Recuerda su pasado de absoluta entrega familiar.

Le inquieta que la ley eutanásica y la aceptación del suicidio asistido sustituyan a los cuidados paliativos y al cariño familiar. Cuando medita sobre todo eso, reconoce un partido político que defiende la vida humana en todas las circunstancias, fomenta la natalidad y protege a la familia tradicional. Ya tiene su voto decidido

La ciudad y sus demandas

Pero resulta que Pepe —además de a su familia— ama a su ciudad trimilenaria. Ama también los pueblos de su comarca, su acrisolada historia y sus demandas.

Piensa que esas necesidades deben ser reclamadas en los centros del poder político, tanto regionales como nacionales. Y, ¡caramba!, quien defiende ardorosamente esos planteamientos es otro partido diferente.

“Me estoy liando”, piensa Pepe. Y no terminan ahí las cosas.

Trabajo, dignidad y participación

Desde que Pepe trabaja en la tienda han transcurrido 20 años. A lo largo de ese tiempo apenas ha tenido un par de bajas laborales. Una de ellas, cuando le operaron de apendicitis.

Siempre ha procurado hacer su trabajo lo mejor posible, sin regatear esfuerzos. Pero mira hacia atrás y comprueba que su estatus laboral no ha progresado. Sigue siendo un simple vendedor. “¿De qué entraría yo aquí?”, se preguntaba.

Su remuneración apenas se separa del SMI. Eso habría que resolverlo. Aunque, en el fondo, lo que le gustaría de verdad es participar un poco en las decisiones de la tienda. Sentirse, de algún modo, copropietario. Y, claro, eso lo defiende otro partido.


Pepe medita que solo tiene un voto. Y le gustaría tener tres distintos: uno para defender a la familia, otro para su municipio y otro para el sindicato, su realidad laboral. O, al menos, encontrar a alguien que los defienda a los tres.



Artículo extraído de la revista La Gaceta de la Fundación José Antonio, de marzo de 2026.