MEMORIA | Historia

Progresismo y patriotismo

Ahora vuelven a resonar por doquier nuevas voces estruendosas y amargas que llaman a eliminar los símbolos que les molestan. Como si borrando los símbolos pudieran borrar la historia que recuerdan. Como si sus propuestas brutales sirviesen para otra cosa que para intentar imponer su versión a los que pensamos de forma diferente.


Artículo publicado en Cuadernos de Encuentro, núm. 147, de Invierno de 2021/22. Ver portada de Cuadernos en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín semanal de LRP.

Progresismo y patriotismo


Hace pocas semanas, viajaba yo un domingo por la carretera que baja de Asturias hasta Benavente, de cuyo indicativo no puedo acordarme, con la sana intención de llegar a Misa de 12 a mi pueblo de la Castilla profunda. Esta carretera está llena de provocaciones estéticas que suscitan tentaciones, a varias de las cuales no me pude resistir. Como consecuencia se me hizo tarde y como en mi pueblito no hay misa vespertina decidí parame en Benavente a cumplir el precepto dominical.

Benavente es una de las localidades más importantes de la provincia de Zamora, lo que no es mucho decir en esta provincia, hermosa y desdeñada. Calculo que he pasado más de 400 veces junto a ella sin detenerme más que para echar gasolina. Ha sido un grato descubrimiento comprobar que está llena de historia y de vida. Y que por sus calles y plazas asoman multitud de hermosos rincones.

Entre ellos destacan dos grandiosas iglesias románicas, con portadas soberbiamente equilibradas y dotadas de esa silenciosa proclamación de fe escrita en piedra, tan característica del románico. El interior de los templos es otra cosa. Se percibe fácilmente que fueron reconstruidos tras ser devastados. Aun así, siguen ostentando la maravillosa monumentalidad de este tipo de arte.

Al salir de misa me abordó un mendigo con el que departí un buen rato, mientras me describía las fachadas del templo y me contaba historias. Me sorprendió el escándalo y la expresividad con la que describía la impiedad del soldado francés, que trepó para descabezar la figura del niño Jesús situado en el regazo de la Virgen que corona el parteluz de la fachada lateral. Parecía que lo hubiese visto con sus propios ojos. Luego me recordó todas las tropelías cometidas por la soldadesca gabacha, que destruyó prácticamente todos los templos. También saqueó el palacio de los duques de Benavente, hoy parador de turismo, en cuyo recoleto y luminoso jardín me recuperé de las impresiones recibidas, solazándome con un buen vino y unos deliciosos calamares.

Durante el resto del viaje hasta mi pueblo no pude dejar de pensar en la destrucción que ocasionó en España el ejército francés, ebrio de vino, progresismo e ilustración. El terrible saqueo de Córdoba. La destrucción deliberada del mausoleo de los reyes de León en la increíble Colegiata de San Isidoro. La voladura del castillo de Burgos, probablemente el más hermoso ejemplo de arquitectura militar de España. Por cierto, que la voladura se llevó por delante el archivo de la Corona de Castilla y con él una parte irrecuperable de nuestra historia y nuestra capacidad para estudiarnos y entendernos. Y tantas, tantísimas cosas más.

Napoleón fue el artífice de la primera gran oleada de destrucción y saqueo de una parte fundamental de nuestro patrimonio cultural. Vergüenza ajena da escuchar a pretenciosos historiadores y sesudos intelectuales del lado más oscuro del espectro, aventurar que a nuestra Patria le hubiese ido mejor bajo la férula del soberbio corso y de sus afrancesados cómplices. Pero así somos por aquí. Aunque no todos, porque mis paisanos de los pueblos de Castilla y León, siguen guardando el recuerdo de la barbarie que supuso la francesada. Y en lo más profundo de nuestras bodegas siguen apareciendo, de vez en cuando, restos de cadáveres de uniforme francés, cuyo hallazgo se recibe con una, también discreta, satisfacción aprobatoria.

Los recuerdos son como las cerezas o los adornos de Navidad mal guardados. Cuando tiras de unos arrastran a otros sin solución de continuidad. Dando vueltas a mi particular memoria histórica fui recordando otras vivencias relacionadas con el objeto de mis reflexiones. Hace pocos años mi mujer y yo visitamos el imprescindible Monasterio de Poblet, que guarda en sus entrañas otra de las raíces sobre las que se asienta el frondoso árbol de nuestra frondosa historia: El mausoleo de los reyes de Aragón, joya del gótico explosivo.

Pero lo que hoy queda es una reconstrucción almibarada del neogótico modernista del XIX. Porque también este decisivo templo fue objeto de la atención del progresismo ilustrado. Cuando le pregunté al guía si la tremenda destrucción que se adivinaba, había sido causada por la invasión francesa, me contestó que en absoluto. Y nos explicó que el templo había sido incendiado por las «turbas liberales» durante el trienio revolucionario (1820-1823), en el que se destruyeron el retablo y las capillas, aunque momentáneamente se salvó la capilla real. Sin embargo, después de la revolución de 1834 los mismos vecinos destrozaron a conciencia las tumbas de los reyes y saquearon todo lo que tenía algún valor.

Y es que la revolución liberal, tan justa y benéfica ella, supuso otra ordalía para nuestro patrimonio. Los excesos «ilustrados y modernizadores» se llevaron por delante personas y monumentos con un frenesí iconoclasta que para sí hubiese querido León III el Isáurico (emperador bizantino que proclamó la iconoclastia). Incontables monumentos, bibliotecas, archivos, órganos, imágenes y otras obras de arte fueron destruidos y/o saqueados, a veces llevándose por delante a las personas que los cuidaban, con especial atención a las consagradas.

Como sucedió en Madrid en 1835, donde fueron asesinados salvajemente un centenar de monjes, ante la indiferencia culpable de Iátrico unas autoridades, que disponían de los más 9.000 militares que integraban la guarnición de la Villa y Corte. También fueron asesinados o agredidos cuantos acudieron en ayuda de los inermes religiosos. Sucesos similares sucedieron por doquier en aquellos días. Y no se trató de hechos espontáneos. Hay bastantes pruebas de lo contrario. Entre ellas los castigos, ridículos, que las benevolentes autoridades impusieron a diversos prohombres del progresismo, generalmente afiliados a sociedades secretas. Tal fue el caso del insigne poeta José de Espronceda, desterrado durante unas cuantas semanas de la capital madrileña. Pasmoso y crudelísimo castigo.

Pero esto no fue nada en comparación de lo que sucedió con una de las mayores agresiones de la época moderna a la tradición, la historia y la cultura de todo un pueblo. De toda una comunidad, asentada secularmente en un conjunto de creencias y valores, básicamente de carácter religioso. Porque esto es lo que fue, en términos generales, la malhadada desamortización impuesta de forma inexorable por la arbitrariedad de los gobiernos progresistas.

Sin duda existieron factores económicos de peso que justifican, al menos parcialmente, las decisiones tomadas. Sobre todo, la gigantesca deuda pública, que se había producido como consecuencia, entre otras cosas, del despilfarro borbónico (Solo el Palacio Real de Madrid supuso un coste desorbitado para la Hacienda española durante el periodo de construcción). Pero también la necesidad de liberar la economía y la hacienda de las rigideces acumuladas por la ineficacia del antiguo régimen.

Sin embargo, la forma en que se ejecutó la desamortización fue desastrosa, arbitraria y corrupta. Ya en tiempos de Carlos III, y de su insulso y lamentable hijo, se habían producido graves daños a causa del destino arbitrario dado a los bienes usurpados a la Compañía de Jesús. Un caso de despotismo muy poco ilustrado. Se malvendieron de forma lamentable todo tipo de bienes, tanto muebles como inmuebles, sin el menor cuidado ni la menor consideración a su valor histórico, religioso o cultural.

Los costes patrimoniales fueron tremendos, tanto en la Península como en las Provincias Americanas. Los monumentales esqueletos ruinosos de los templos de las gloriosas misiones jesuíticas en Argentina y Paraguay, son silenciosos testigos de tamaña barbaridad, aplaudida unánimemente por los «ilustrados». Como también lo fueron las sucesivas ventas de bienes eclesiásticos realizadas por el conde de Aranda y por Godoy, ejemplares ejecutores de las tiránicas acciones de sus regios amos.

Pero nada de lo descrito es comparable al coste que supusieron las dos grandes oleadas desamortizadoras realizadas por gobiernos progresistas y que han recibido el nombre de los ministros que las impulsaron: Mendizábal y Madoz. La primera de ellas, realizada en los años 1835 y 1836, se centró en los bienes tanto de los monasterios como en los del clero secular. Los costes humanos y sociales que produjo fueron altísimos. Expulsión de aparceros, subida abusiva de rentas a los de tierras pertenecientes a los monasterios y un empobrecimiento general de los grupos más desfavorecidos de la población.

Pero no se trata, hoy, de analizar las consecuencias generales de la desamortización, sino de centrarnos en la destrucción incalificable de patrimonio que esta supuso. Joyas de la arquitectura, tanto religiosa como secular malvendidas, cuando no abandonadas y saqueadas. Bibliotecas quemadas para hacer sitio. Colecciones invalorables de arte descuidadas y finalmente desaparecidas. Y todo ello ante la mirada de unas autoridades desdeñosas e indiferentes, que no podían desconocer la catástrofe cultural que se estaba produciendo. Que, con alguna excepción, rehusaron tomar medidas de protección, incluso de los más valiosos de los bienes abandonados. Quizás porque pensaron que la desaparición de estos valiosos, y muchas veces simbólicos, testigos del pasado contribuiría a eliminar la adhesión de la gente común a sus propias raíces y tradiciones. Porque así serían más fáciles de manipular. Y en contrapartida, los beneficiarios de las usurpaciones, compradores de oportunidades a precio de saldo, se convertirían en eficientes cómplices del «modernizador» programa progresista.

La segunda gran desamortización se realizó durante el bienio progresista de 1855-1856, dirigida por Madoz y Espartero. Se centró, sobre todo, en los bienes llamados «de propios» y comunales. Los municipios poseían los llamados bienes de propios, cuyo destino era el arriendo a cambio de unas rentas con las que se sufragaban los gastos municipales. Los bienes comunales, eran propiedad de la comunidad de los vecinos, siendo su aprovechamiento libre y gratuito. Estos bienes comunales eran fundamentales para la vida de los pueblos, puesto que en ellos pastaba el ganado de quien tenía animales, pero no tierras, además de ser la fuente de leña con la que podían calentarse en invierno muchos españoles.

Este segundo proceso desamortizador, tuvo algunos efectos positivos para el sistema económico español, pero consecuencias nefastas para el patrimonio natural de nuestra Patria. Los patrimonios comunales consistían, en gran parte, en bosques de uso colectivo para los vecinos, que fueron adquiridos, en gran parte, por miembros de la creciente burguesía urbana. Se produjo así un proceso de concentración de la propiedad territorial en favor de absentistas y especuladores, que encontraron en los cuidados montes del común una fuente de rápido enriquecimiento, mediante la enajenación de la madera atesorada por los vecinos durante generaciones. Es imposible conocer con certeza el volumen de la superficie deforestada a causa de la desamortización, pero fueron varios cientos de miles de hectáreas. A la destrucción del patrimonio histórico y cultural, se había unido la destrucción de otro patrimonio irrecuperable: el natural. Y todo ello con la imposición dogmática de un corpus ideológico que encontraba en las desamortizaciones un elemento liberador de progreso y combate contra la superstición.

Pero la historia no había acabado. La resistencia natural de la gente a prescindir de sus tradiciones y creencias impulsó una revitalización de los movimientos basados en la espiritualidad y el mensaje cristiano. En toda Europa se crearon y difundieron nuevas órdenes religiosas y se recuperaron muchas de las comunidades de las antiguas. Junto con instituciones caritativas y cofradías que renovaron también la vitalidad comunitaria y cultural. Los jesuitas fueron restablecidos y reiniciaron su influyente tarea tanto educativa como evangélica. Y las asociaciones dedicadas a la acción caritativa compensaron parcialmente los desmanes humanos ocasionados por el «progresista» capitalismo liberal.

Pero la historia no había acabado. Aunque la «Gloriosa Revolución» de 1868 no tuvo motivaciones religiosas, la actitud general de las nuevas autoridades se distinguió por la vesania con la que reiniciaron su persecución destructiva contra todos los símbolos que despreciaban. El odio antirreligioso se propagó con rapidez por toda la Península, con incendios, asaltos y usurpaciones incontables que se llevaron por delante otra buena porción de nuestro patrimonio. Como ejemplo destacado, en aras de una necesaria brevedad, se puede citar el de la Junta Revolucionaria de Sevilla que decretó la destrucción de 47 templos hispalenses. Nada menos. Y entre ellos la Iglesia de San Miguel, una joya extraordinaria del arte mudéjar, entregada de forma inmisericorde a la piqueta a pesar de la oposición de los vecinos y de muchas otras personas capaces de valorar tamaña maravilla. Después de la destrucción vino la especulación: los solares que quedaron tras las demoliciones se destinaron a satisfacer los anhelos «progresistas» de los beneficiarios del nuevo régimen.

Tales abusos y arbitrariedades propiciaron el resurgimiento de la causa carlista, que estaba bastante apagada, y que sumergió a España en una más de la media docena de conflictos civiles que estuvieron a punto de destruir España en aquellos seis años nefandos. Y el patrimonio cultural volvió a constituir una víctima propiciatoria de los conflictos.

Termino por donde empecé. Por mi particular recorrido, no planificado, durante un fin de semana que empezó en Asturias y terminó en Madrid. En el hermoso pueblo de Villaviciosa, con sus sidrerías y su buen ambiente. Y también con un patrimonio residual digno de visitar y disfrutarse. Particularmente interesantes son sus restauradas iglesias románicas, destruidas en 1936 especialmente la de San Juan de Amandi, con su increíble ábside, que sobrevivió milagrosamente a la pulsión incendiaria de los mineros socialistas. Nuevos heraldos del «progreso» y de la lucha contra el oscurantismo clerical. Dignos herederos de la tradición iconoclasta de sus antepasados progresistas.

Hablar de lo que sucedió durante la República y la Guerra Civil es hablar del más bárbaro de los asaltos destructivos al patrimonio de nuestro pueblo. Y digo conscientemente pueblo, en lugar de patria o nación. Porque los pueblos consideraban suyos los edificios que se destruían y las obras de arte que se quemaban. Y sentían que con aquellas destrucciones desaparecía parte del alma colectiva con la que se sentían identificados, que les constituía.

Resalto tres instantes, relacionados con que me han conmovido en lo más hondo. El más reciente, hace un par de años. La exposición en el Museo del Prado de la única escultura de Miguel Ángel existente en España: El San Juan Bautista joven de Úbeda después de su cuidada restauración. Fue reducido a fragmentos por miembros del sindicato de ferroviarios de la UGT, a los que no se puede considerar «masas incultas». La belleza recuperada del «Sanjuanito» es inmarcesible.

El segundo fue la visita al museo diocesano de Vich y a su catedral. Las pinturas murales de Sert, restauradas por el propio autor tras su destrucción me produjeron un escalofrío estendhaliano. Y en el museo descubrimos mi mujer y yo, llenos de admiración, la belleza de las pinturas de los ábsides de las capillas románicas del pirineo catalán, incendiadas por los republicanos de Barcelona en su avance hacia Aragón y ¡gracias a Dios! recuperadas cuidadosamente después de la guerra.

Y, para terminar, la visita a la, también restaurada, cripta de la Sagrada Familia de Barcelona de Gaudí. Igualmente, profanada e incendiada en 1936. Con la sorpresa, y el dolor, de que alguien hubiese reunido tanto odio como para reducir a cenizas tamaña maravilla.

Ahora vuelven a resonar por doquier nuevas voces estruendosas y amargas que llaman a eliminar los símbolos que les molestan. Como si borrando los símbolos pudieran borrar la historia que recuerdan. Como si sus propuestas brutales sirviesen para otra cosa que para intentar imponer su versión a los que pensamos de forma diferente. Posiblemente en los próximos años asistiremos a una nueva ordalía de destrucción de testimonios de belleza encarnada en piedra. Una destrucción que estará progresistamente justificada y, además, esta vez, debidamente legalizada.

Y para colmo de agravios, tendremos que soportar, lo más insoportable: la despectiva «superioridad moral» de los autoproclamados progresistas, que a pesar de sus demoledores antecedentes siguen considerándose ejemplares promotores de la cultura, admiradores preclaros del arte, defensores incansables del patrimonio. Al menos del que, a pesar de ellos se ha conservado.




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