Catálogo de un deslumbramiento político
Una luz cegadora ilumina el proyecto de un catálogo de afinidades, fascinaciones y desencuentros entre la Falange y la Alemania nazi, donde propaganda, fe y poder trazan una relación tan intensa como contradictoria.
- Autor.- Francisco Blanco Moral
- Artículo publicado en Gaceta de la Fund. José Antonio
- Se sugiere participar con comentarios al final del artículo.
- Solicita recibir el boletín de LRP
La encíclica que desafió el paganismo nazi
El 14 de marzo de 1937 —domingo de Pasión— el entonces papa Pío XI publicaba la Mit Brennender Sorge, una encíclica traducido su título “Con ardiente preocupación”, en donde revisaba y condenaba, partiendo del concordato firmado cuatro años antes con el Gobierno alemán, un incumplimiento basado en situar como dioses otras realidades que para nada tenían que ver con el Dios del Sinaí engendrado hombre en la figura de Cristo
«Quien identifica con indeterminación panteística a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando el mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes. Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un dios nacional y de una religión nacional, e intentar la loca empresa de aprisionar en los límites de un solo pueblo y en la estrechez de una sola raza a Dios, Creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son pequeñas como gotas de agua en un arcaduz…».
No se olvidaba el Santo Padre de reclamar que los hijos son de los padres y que el Estado (por muy totalitario que fuera, y precisamente por ello) no podía tomar posesión de lo que no le pertenecía:
«Si el Estado organiza a la juventud en una asociación nacional obligatoria para todos, entonces, salvos siempre los derechos de las asociaciones religiosas, los jóvenes tienen el derecho obvio e inalienable, y con ellos los padres responsables ante Dios, de exigir que esta asociación no tenga tendencias hostiles a la fe cristiana y a la Iglesia; tendencias que hasta hace poco, y aun actualmente, ponen a los padres creyentes en un insoluble conflicto de conciencia, porque no pueden dar al Estado lo que se les pide en nombre del Estado sin quitar a Dios lo que a Dios pertenece».
En suma, la creación de una neo-religión pagana, adoctrinadora, controlado todo por un Estado totalitario (¡atención al término!), era inadmisible para la Iglesia, como en sus tiempos lo fue la herejía luterana. Y, para quien quiera saber más y mejor (comprobado que están leyendo esto), le remito a la lectura completa de la encíclica, toda vez que es documento completamente accesible y de extensión corta.
Una luz cegadora
España en guerra y fascinación por Alemania
Por esas fechas, España, partida en dos por la guerra civil, vivía momentos de dinámica interesante en el ámbito bélico y político. La España nacional, con el general Franco al frente, había abandonado su objetivo Madrid, que le resultaba todavía imposible, y había apostado por la conquista de la franja norte, industrial y minera, para dar en los morros la prepotencia de Indalecio Prieto («estás ya de hecho vencido»), y que en pocos meses caería en su poder.
En este bando, una Falange exponencialmente aumentada tenía a Manuel Hedilla como jefe de la Junta de Mando Provisional, con todavía un mes por delante para que fuera nombrado, sustituido, encarcelado, juzgado y condenado. En este tiempo de guerra, el bando nacional contaba con el apoyo militar del Reich alemán pagano, materializado en tanques, aviones y la formidable Legión Cóndor, mientras que la Falange contaba con el apoyo alemán traducido no solo en simpatía, sino en tener en ella los ojos puestos, además de medidas efectivas de formación de mandos en la Academia Pedro Llen y La Jarilla (v. Morales, G., El Debate).
Personajes de importancia, como el embajador Von Faupel (a quien el pionero Allan Chasse daba en su obra de ficción sobre la Falange del exterior —Falange: The Axis Secret Army in the Americas— por ser el arquitecto de la Falange), veían en este partido similitudes precisas con las del proyecto alemán o un instrumento que utilizar en sus proyecciones geopolíticas.
Catolicismo, propaganda y ambigüedad ideológica
Y en este mundo azul, inflado y bastante desnortado, eran frecuentes las manifestaciones de apoyo y admiración hacia el Reich germánico por gentes tan dispares como podían ser (y sirva de ejemplo paradigmático, hay muchos más) Antonio Tovar o Pilar Primo de Rivera: el uno, conocedor en profundidad de los criticados (y de lo criticado) en la Mit Brennender; y la otra, seducida por la periferia deslumbrante del poderío alemán.
El sustrato católico, tan medular en la historia de España, tan vital, fue tal que los enemigos internos y externos que tenía no ejercieron tareas de reeducación con los alienados, sino la práctica del exterminio. Ese sustrato no podía dejar a nadie indiferente, incluidos los poderosos amigos alemanes, por muy paganos que fueran, que manifestaban su respeto (impostado o no) a sus amigos españoles, seguidores pertinaces de una religión de esclavos, o sea, a nosotros.
Que los germánicos eran constructores de un paganismo anticristiano denunciado en la Mit Brennender, que eran muy distantes de la Iglesia católica integrada hasta las trancas en el bando nacional y victorioso, se recordaría sobre todo desde España a partir de 1945. La crítica de la Mit Brennender y los criticados fueron, cuando el hundimiento, intento oportunista y vacilante de trofeo que exhibir para la supervivencia en vilo del régimen de Franco llegado el tiempo de las estacas.
Donaciones, propaganda y memoria interesada
Años atrás, bien se propagó el detalle por parte de la Alemania de Hitler de las 72 toneladas —35.000 piezas arriba o abajo— de objetos religiosos donados. Efectivamente, al año siguiente de acabada la guerra en España, es decir, en 1940, los despreciados en el 45 hicieron una importante entrega de objetos de culto para las iglesias españolas, procedencia (Preston dixit, por tanto en cuarentena) de la rapiña hecha en Polonia (negada por la Radio Vaticana).
Muchos de esos templos españoles, desnudos o quemados, devastados por el furor anticlerical del bando republicano, contarían con cierta reposición de enseres. Aquella donación, conseguida por la Iglesia alemana y que contó con la excepcionalidad de su permiso de recogida por parte del Gobierno del Reich —y por ser para España, que si no, nada de nada—, se exhibió en el Círculo de Bellas Artes.
A la inauguración del evento, en donde tres años atrás moraban “putas e hijos de puta” —Miguel Hernández—, acudieron obispos —partícipes, por supuesto, del contenido de la encíclica aludida, aunque hubiera habido cambio de papa—, militares victoriosos de la guerra y jerarquías de la Falange como Sancho Dávila, Blas Pérez y, por supuesto, Pilar Primo de Rivera.
Tensiones internas y relaciones con el nazismo
La unificación de abril del 37 apenas alteró sentimientos propios. Es detectable que, a partir de ahí, ciertos personajes de la asociación —que no partido— y que se veía unificada atesoraban su “veteroguardismo” y veían en Alemania el padrinazgo imprescindible para lograr sus propósitos que, en honor a la verdad, resultaban bastante confusos.
Por la otra parte, sectores más de partido nazi-Estado alemán que de Estado alemán-partido nazi también querían ver en estos falangistas modos más próximos, más de camaradería, de mayor sintonía que el de otros formantes de la FET, como el neo-falangismo serranista, el sumiso Fernández Cuesta (a quien, paradojas de la vida, colocaba en el Gobierno de Franco el ejecutivo rojo de Valencia) y, qué decir, de los grupos monárquicos o anglófilos que se anclaban, y muy bien, en puestos de mando del régimen franquista.
Contactos previos y evolución durante la guerra
Conviene recordar que, antes del conflicto, las relaciones entre el NSDAP y la Falange fueron muy escasas, pero que, a raíz del estallido, estas se multiplicaron en un ambiente donde la Falange asistió a un deslumbramiento espectacular, cegador, ante el modelo alemán.
Las relaciones anteriores al 18 de julio existieron, sí, pero muy menguadas. La visita de José Antonio Primo de Rivera a Berlín en el 34 no pasó de ser un hecho anecdótico, en donde el jefe de la Falange, acompañado de Eugenio Montes, mantuvo alguna entrevista de cortesía y toma de contacto con el Führer-canciller, e incluso con Alfred Rosenberg, ideólogo esencial del entramado nazi, y en donde cada uno —el alemán y el español, según cuentan— marcó su territorio.
La guerra, José Antonio y la propaganda cultural
Llegada la guerra, se aceleraban las amistades. El apoyo en los intentos de liberación de José Antonio, encarcelado en Alicante, por parte de la inteligencia y de la armada alemana —además, y por supuesto, de la ayuda al bando donde se encontraba la Falange— (contada con mucho detalle por el historiador socialista e inmortal Ángel Viñas cuando yo hacía la mili) desencadenó una simpatía incontrolada por parte de los falangistas con que, incluso, hacer un catálogo.
Los intentos de liberación del fundador fracasaron y José Antonio acabó ejecutado, tras un juicio infame, es decir, que fue asesinado, con el regocijo subsiguiente de las milicias populares y de otros; acaso también, en el bando nacional, con la sensación de haberse quitado un peso de encima (“ya llegará el tiempo de los honores” debieron —debió— pensar), y con el dolor de sus camaradas, que supieron de la noticia, a lo que se añadía el misterioso e interesado silencio de su muerte —por ahora—.
Finalizaba el año 36 y Manuel Hedilla, conforme a la unánime voluntad de los falangistas, felicitaba a Hitler las Navidades, noticia aparecida en Völkischer Beobachter (El Observador del Pueblo) y que, en tiempos muy futuros y desafortunados, se utilizaría para criticar al gran perdedor de los luchadores falangistas.
Cine, propaganda y modernidad alemana
Desde pronto, tiempo de homenajes como el dado a Alemania por los flechas de la Falange, con oradores como Gutiérrez del Castillo y Dionisio Ridruejo en el 37, con proyección de la película nazi El flecha Quex, de Hans Steinhoff. Pieza interesante que puede verse sin problemas hoy en internet.
Y es que el cine era el cine, tan necesario y más que las tabernas en la estrategia de Trotzky. Bastante apagada esta forma expresiva en España, Alemania la estaba desarrollando de manera enorme. Para quien quiera comprobarlo, que visione El Hollywood de Hitler, que a la televisión española se le debió escapar en su programación después, por supuesto, de que se jubilara José Lorenzo García Fernández.
El dominio de sus calidades técnicas era, para la España rebelde, un deseo que se materializaría en febrero del 37 con la Hispano Film de Florián Rey y de Imperio Argentina.
La Falange de Alemania
La Falange, desde 1935, había mantenido algunas sucursales en el exterior. Extremadamente limitadas y creadas desde España o de surgimiento espontáneo. Por lo que respecta a Alemania, la fundación de la extensión establecida en Berlín no fue hasta septiembre del 36, a través del comerciante Rogelio García Castell.
Rogelio, natural de Carcagente, moriría en accidente aéreo en los Alpes el 3 de diciembre de ese año, al regresar desde Salamanca a Berlín. El accidente in itinere se volvería a repetir con otro jefe de la Falange alemana, en un déjà vu maldito cuando, esta vez en ferrocarril, en 1943, Ignacio Oyarzábal se dejaba su vida y la de su señora.
Sabemos también que entre los pioneros estuvo el secretario de la Falange en Alcalá de Henares, Juan Neufeld, quien, por razones de estudio, marchó a Alemania y fundó núcleos en la zona sur, convirtiéndose en jefe delegado de la FET para el sur de Alemania, Hessen, Renania y Westfalia.
Organización limitada y estructura en el Reich
En la celebración del congreso del partido nazi en Núremberg en el 38, el vicesecretario general de la Falange, José Manuel Fanjul, y el secretario nacional del Servicio Exterior viajaban a la ciudad alemana, y este último aprovechaba para dejar una estructura de funcionamiento con jefatura provincial en Berlín, una local en Hamburgo, una comarcal en Ulm-Múnich, de donde dependían las locales de Ulm, Múnich, Aquisgrán-Colonia, Wiesbaden, Frankfurt, Mannheim, Stuttgart y Núremberg; además de la jefatura autónoma de Viena y una representación falangista en la Alemania de los Sudetes (territorios recientemente anexionados por el Reich).
Y tanto nombre no confunda, que a finales del 38 no más de 61 afiliados falangistas andaban desperdigados por allí y, después, en los mejores años, no pasarían de 400.
Así pues, la presencia falangista fija en Alemania fue de escasísima importancia. En 1943, el encargado del servicio de prensa falangista en Berlín, Rafael de la Fuente, era contundente: «España no da ninguna sensación de presencia en Berlín…».
Desigualdad de medios y estrategia nazi
Producido el hundimiento, una parte del archivo de aquella Falange quedó en el Postamt (oficina de correos) de la localidad de Bad Wiessee am Tegernsee, aunque de interés seguro que lo que obraba en la embajada y en los ministerios de Exteriores de ambos Estados.
La simetría —o sea, el núcleo alemán en España— tenía, sin lugar a dudas, más medios materiales y humanos, y también objetivos; es decir, que sabían lo que querían, frente a la confusión y al diletantismo español, pero, dadas las respuestas que obtenían por estos pagos, quedaban un día descolocados y al siguiente también.
Ingrid Schulze, que ha trabajado el tema de la influencia nazi en España, la ve marcada por una dicotomía de intereses entre la rama del ministro de Propaganda —Goebbels—, que marcaba las directrices ideológicas, y la rama de la diplomacia del ministro Ribbentrop, que marcaba la estrategia y articulaba, a su modo de entender, lo que venía de Goebbels, que para eso el Führer-canciller le había dado permiso.
Memoria de guerra y culto a los caídos
Si algo deja una guerra son los muertos («con un dulce terror de fría nieve»), aquí y en el Vóljov. Conocidos y desconocidos. Aquí y en Somosierra, aunque fueran polacos y enemigos («Los que caen se convertirán en héroes, los que sobrevivan se convertirán en generales… No se muere por el hecho de morir, porque el que vive en la muerte camina a la gloria. Entonces, los que cayeron se convirtieron en héroes y los que sobrevivieron deben seguir luchando». —J. Kacmarski—).
Caídos alemanes que, en las lomas de Brunete (donde fue herido mi abuelo Paco), dejaron sus vidas y sus nombres, y que contarían con un monolito de recuerdo a cuya inauguración asistirían Felipe Ximénez de Sandoval —biógrafo del fundador, jefe del Servicio Exterior— y Pilar Primo de Rivera (que no se perdía ni uno de los encuentros con los germanos).
El culto por los caídos, centrado en España en el caído principal, en José Antonio Primo de Rivera, llevó a convertir El Escorial (donde reposaron los restos del fundador después del más espectacular traslado de un cadáver en la historia de España, y con el cabreo de la nobleza por lo que consideraron una impertinencia) en una meta, en un santuario, en una Roma a los pies del Guadarrama, adonde acudían todos.
Por allí pasarían, entre otros muchos, los embajadores alemanes acreditados en España, el Reichsführer Himmler, el sempiterno jefe de los nazis en Madrid, Thomsen; su sustituto temporal, Tesmann, o el jefe nacional de las juventudes alemanas y delegaciones de todo tipo.
El nuevo orden y divergencias ideológicas
En 1936, Göring había sido tajante: «España es la llave de dos continentes», y seguro que en esa clave se movían quienes patrocinaron las asociaciones germano-ibéricas y similares, con personalidades hispanófilas y de alta talla intelectual.
El cortejo que ellos perseguían podía ajustarse al gusto de los cortejados o no; todo dependía de si dejarse hacer o plantar resistencia. La inmensa corte defensora del panamericanismo, los liberales de toda especie y los marxistas en alianza comanditaria han sido partidarios de una coincidencia entre cortejadores y cortejados, pero textos de la parte cortejada contradicen esa unanimidad; distinto es que el relato se haya impuesto a la realidad ocurrida. Es frecuente.
El deslumbramiento se había producido, la coincidencia en buscar un nuevo orden también, y, sin embargo, ya se contó en La Falange del exterior que la idea española y falangista difería en esencia de lo pretendido por el régimen nazi.
Críticas internas y visión desde Alemania
Analistas y garbanceros puede que no se lo crean o que crean que los intentos de distinción son producto de la empanada mental de sus promotores y de sus secuaces. Es posible, pero, marginando a teóricos, recurro a un personaje central, quizás la voz más autorizada de la Falange en Alemania en el 42, con el III Reich triunfante: Rafael de la Fuente.
Este falangista, que vivía en la “zona cero”, lo dejaba clarísimo, al punto de reivindicar que, cuando llegara el momento del triunfo en que pensaba —el de la Alemania nazi—, la alternativa española no sería ya contra la invasión de los bárbaros esperados y soviéticos, sino contra una nueva invasión —la de los nazis—.
Relaciones de alto nivel y estrategia internacional
Si algo figura en los manuales de historia y en los best seller fueron las relaciones a alto nivel, el encuentro de los grandes jerarcas. En el otoño del 40, con la guerra mundial comenzada, el general Franco destacó a Berlín al todopoderoso Serrano, presidente de la Junta Política, creador del neofalangismo y todavía no MAE.
Las expectativas alemanas acerca de la entrada de España en guerra quedaron un tanto frustradas por la falta de concreción del “jesuita” Serrano y, a pesar del glorioso recibimiento otorgado, quedó todo a la espera de lo que decidiera el Caudillo en reunión convocada para poco después en Hendaya, donde se verían las caras los dos dirigentes máximos.
Neutralidad, División Azul y tensiones internas
Salvar la cara y devolución de la visita soviética y comunista fue la más clara de las realizaciones: el envío de la División Azul, en gesta tan gloriosa que evito cualquier comentario.
Finalizado el 42, cuando la guerra mundial se hacía larga y los navicert resultaban cortos, Franco destacó a Berlín y a la Prusia Oriental al secretario general Arrese, quien —según Valdés Larrañaga— fue contundente: España neutral (repito, según Valdés).
En el tira y afloja de si se entra en guerra con Alemania o no se entra, aparecía entonces la baza de los falangistas “duros”, de los “barras bravas”, de los “auténticos”, de los tomadores de Gibraltar, en aquella clandestina Falange (y “auténtica”) de Tarduchy, partidaria de magnicidios —¡y qué magnicidios!— según cierta literatura, rebajada su importancia para los descreídos.
Radicalización y desencanto
En ellos sí puso los ojos Alemania, o algunos alemanes, aunque fuera no mucho; su ir más allá de la tibieza en decidirse, su afán (verbal, por lo menos) de sustituir a los jerarcas españoles, su insatisfacción porque postulados sociales y geopolíticos no llegaban eran ciertos en cuanto al discurso que utilizaban.
Si se trataba de ilusiones provocadas por un profundo descontento y poco más, vaya usted a saber por qué; ya Parménides había avisado hacía tiempo: «Lo que es, es; lo que no es, no es».
Cuenta Ramón Garriga que tuvo ocasión de comprobar el estado de ánimo de uno de ellos, en Berlín —zona cero—: «A ver si sabes cuáles son las tres cosas más inútiles del mundo». Ante mi negativa, continuó: «Pues son las tetas de los hombres, los huevos del Santo Padre y el cerebro del Caudillo».
Los encuentros
Mientras, multitud de encuentros para el catálogo. Las exposiciones, en general, patrocinadas por unos o por otros, eran momentos de coincidencia, de admiración y de aprendizaje… hasta que dejaron de serlo, cuando llegó el tiempo de las estacas.
En marzo del 41, la exposición en Madrid era de prensa alemana, muy importante para el régimen español, que llenaba la calle con múltiples publicaciones del partido y del Estado. En esta exposición, por Alemania aparecían Paul Schmidt, jefe de prensa del Ministerio alemán de Exteriores; el curioso personaje Hans Lazar, agregado de prensa de la embajada alemana en Madrid; el embajador Stohrer y el jefe del partido nazi en España, siempre muy presente, Hans Thomsen.
La representación de la FET no se quedaba atrás, con el cuñadísimo Serrano al frente, el vicesecretario general Luna y Pilar Primo de Rivera. De la capacidad de la prensa y de la propaganda alemana había que aprender, y mucho.
Intercambios culturales y aprendizaje propagandístico
Con este afán dicente y didáctico, se desplazaron también en 1941 varios periodistas españoles invitados por el Departamento de Prensa del Ministerio de Exteriores alemán. Al frente, Víctor de la Serna (hijo de Concha Espina, olvidada hasta la saciedad), quien escuchó (como todos los demás, porque había intérprete, que a él falta no le hacía) las palabras de Otto Dietrich, jefe de prensa del Reich, y a las que, en contrapartida, el español respondió como debe hacerse en estas ocasiones:
«En esta guerra civil que tiene planteada Europa, España libró y ganó la primera batalla. Junto a las tumbas de un millón de españoles descansan los restos de los camaradas alemanes e italianos que sellaron con el sacrificio de su vida la amistad imperecedera entre los tres pueblos».
Aprendizajes del arte cinematográfico, de la prensa, de los sindicatos, de la seguridad. Para lo de los sindicatos, Gerardo Salvador Merino fue destacado a Alemania para conocer el Frente Nacional del Trabajo y entidades complementarias que dieran el saber de su experiencia al nuevo Estado nacionalsindicalista, que buena falta hacía; y qué mejor que acudir a donde el Estado promocionaba automóviles para los productores: Volkswagen —coche del pueblo—.
Seguridad, propaganda y contradicciones ideológicas
Al poco, fue purgado; dicen que no por eso, ni porque pusiera pegas de auténtico a una Falange sometida, sino porque encontraron una adscripción antigua suya a logias masónicas. Imperdonable.
Para lo de la seguridad, el mismísimo Heinrich Himmler, jefe de las SS y de la Gestapo, visitó España en el marco de la excelente relación, y seguro que también para la perfección del control policial interno del régimen. Aquella magna visita tuvo solo el contratiempo de llevarle a una corrida de toros donde, al parecer, le resultó insoportable el sufrimiento animal; que una cosa es crear los Einsatzgruppen y otra ver cómo se enfrenta un torero a un toro bravo de 500 kilos, como lo es hoy el horror por el descenso de la cría del colibrí pardo y, al tiempo, la promoción de la IVE (léase, aborto de la cría del ser humano).
Para lo de la prensa y del cine ya se ha dicho, y no le doy más vueltas.
Conmemoraciones, condecoraciones y simbología
Conmemoraciones conjuntas, llamativas, como aquella en que se llegaba a celebrar la Unificación —celebración oficial impuesta en España… y en Berlín—, lo que manifiesta a las claras que por las horcas de la FET pasaron todos o casi; que a Manuel Hedilla le tocó el papel de mártir, y que disconformes del día de antes al 19 de abril, como Pilar Primo de Rivera, habían descubierto que era en el Partido único, con el III jefe nacional de la Falange, donde estaba el espacio real en que moverse.
Y aquel acierto podía Pilar celebrarlo en España o en Berlín.
En estos años de posguerra llama la atención la cantidad de condecoraciones que se otorgan, se reciben y se publicitan (igual que ahora, pero por distintos motivos). La Orden Imperial del Yugo y de las Flechas fue concedida a 30 generales de la Wehrmacht; la encomienda, a ocho coroneles, y otras distinciones de menor rango a jefes, técnicos, ingenieros o inspectores.
Intercambios sociales y laborales
En contrapartida, en la sede de la Sección Femenina de la Falange, jerarquías alemanas imponían “a sus camaradas españolas” la Insignia de Honor de Exterior, de mano y con discurso de Luisa Michel, que obsequiaba a la hermana del fundador con el libro Historia de las Juventudes Nacionalsocialistas.
Más sociales las recompensas de las Órdenes de Beneficencia entregadas a los jefes del Auxilio de Invierno (Winterhilfswerk), a su jefe nacional Erich Hilgenfeld y al representante en España Hans Woldenatrais. Y, sin duda, el gran trofeo: la Cruz de Hierro con Hojas de Roble y Espada, otorgada al general Muñoz Grandes, significó la distinción suprema porque fue el responsable de la mayor hazaña.
En estos años de posguerra, la confraternización juvenil y femenina era evidente. En 1942, a finales de julio, las organizaciones falangistas del régimen —Frente de Juventudes y Sección Femenina— recibían la invitación por todo lo alto (hotel y traductores incluidos en el paquete) para el Congreso de la Juventud que se celebraría en Viena.
Mano de obra española y evolución de la guerra
La invitación llegaba del jefe de las juventudes alemanas, Baldur von Schirach. Quedó patente la amistad, se habló de compromiso, se coincidió en mucho, pero se volvió a marcar el territorio. Y en 1943, para celebrar la llegada al poder de Hitler —y poco después del viaje de Arrese a Berlín—, se conmemoraba aquello con la Filarmónica de Madrid poniendo la música, el embajador Moltke la asistencia y Pilar Primo de Rivera como falangista representativa.
La necesidad de mano de obra en Alemania, con el pueblo movilizado en la guerra, se había intentado compensar desde España con el envío de trabajadores tras el acuerdo del 28 de agosto de 1941. Siete vagones con 600 hombres inauguraban las expediciones: 400 de ellos de Huelva y 200 de Madrid.
Despedidos en la estación del Norte por el ministro falangista Girón de Velasco y por el futuro titular de innumerables grupos escolares que construyó en la provincia de Madrid (hasta que se lo quitaron), Carlos Ruiz. Obreros andaluces, madrileños, gallegos que embarcaban con el ritual de exaltación de “Viva Franco, Viva Hitler”.
Cambio de rumbo y desgaste del Eje
Se calcularon en 20.000 los obreros españoles que acudirían; resultaron bastantes menos, y hasta se intentó un periódico —Enlace— que conectara a los emigrados temporales con las ideas del nacionalsindicalismo porque, según decían los responsables, buena falta les hacía.
Hacia 1943 las cosas estaban cambiando, y mucho. La Operación Torch pesaba, y mucho; Stalingrado pesaba, y mucho; los territorios abarcados eran muy difíciles de mantener, y España descartaba —seguía— la entrada en guerra.
Pese a las dificultades, continuaban intercambios y relaciones, y el jefe de los estudiantes alemanes, el doctor Schell, visitaba Barcelona, donde, junto con las centurias del Frente de Juventudes que le rendían honores, visitaba la Universidad con el rector y el claustro felicísimos por su aparición, visitaba el Palacio de la Música, donde asistía a un festival de gala, acudía a un antiguo centro de control del poder, aunque fuera municipal —el Consejo de Ciento—, y, para terminar tanto ajetreo, al bergantín-goleta Baleares, que era escuela de los flechas navales.
El desenlace
Reinterpretación del régimen y propaganda final
Cuando llegó el tiempo de las estacas, se precisó utilizar los medios propios con machacona insistencia en un “sí, sí, pero que no”, o bien utilizar a publicistas condescendientes, foráneos, pagados o solidarios para cimentar que “el régimen español no es fascista ni totalitario”, para remarcar que “Franco estuvo siempre decidido a mantener la neutralidad” e incluso para sacar pecho: “Franco hizo saber a los alemanes que lucharía contra ellos si infringían la neutralidad española”.
Adelantándose a Marta Sánchez en muchísimos años, los soldados españoles eran definidos por el portugués Julio Dantás como “soldados de la paz” (no del amor, pero algo es algo), y al amable Reichsleiter que sirvió de anfitrión en su día a la delegación española, cuando atravesaba la puerta de la Cancillería berlinesa por todo lo alto, se le espetaba, en los tiempos de Núremberg y en los titulares de la prensa del Movimiento, su verdadera condición: “El fiscal llamó anticristo a Bormann”.
Epílogo: revisión moral y contradicciones
Ahí es nada, y ahí es todo, porque la Mit Brennender llevaba razón (pena de haberla ocultado en el 37). Antonio Tovar, Pilar Primo de Rivera… El primero, girante al extremo pasados los años, reivindicaría a los que debieron ser aplastados por los destinatarios de la Mit Brennender Sorge; la segunda, cuando el harakiri franquista del 76, clamando el “y para esto hemos ganado la guerra”.
Sin embargo, un sustrato diamantino les unía: para el filólogo de Valladolid, los Diez Mandamientos del Sinaí seguían siendo la norma básica del comportamiento humano, y qué decir de la hermana del fundador, creadora de una vivencial orden religiosa católica —no reconocida— con su Sección Femenina de la Falange, de hábito azul monacal, que no azul de Berlín.
Difícil de entender el proceso, difícil de digerirlo. Es la vida.