La primavera heroica de Eugenio
"Eugenio o proclamación de la primavera" retrata una generación de jóvenes que hizo de la fe, la patria y los ideales una razón de vida y de muerte en la España de la guerra.
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La reedición de una novela proscrita
Es de justicia agradecer a la editorial Almuzara la reedición, hace ya algunos años, de Eugenio o proclamación de la primavera de Rafael García Serrano, otro de esos «malditos» pertenecientes a esa parte de España proscrita por la ceguera intelectual suicida instigada por la ideología dominante, la corrección política y la aberrante memoria histórica, por el hecho, en su caso, de haber sido falangista.
Su participación en la Guerra Civil, desde que se unió, con apenas diecinueve años, a las fuerzas sublevadas en Pamplona y a las órdenes del general Mola, con el que participó en la conquista de la capital navarra, hasta que cayó enfermo de tuberculosis durante la batalla del Ebro, le dejó una profundísima huella que marcó toda su trayectoria como periodista y escritor.
La guerra como herida y como literatura
De esa traumática experiencia surge, en 1938, Eugenio o proclamación de la primavera, con influencias literarias evidentes de Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna, y escrita durante su convalecencia de la tuberculosis. Después escribiría seguramente su mejor obra, La fiel Infantería —que obtuvo el Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera, pero que, una vez publicada, fue retirada a causa de la censura de la Iglesia—, y Plaza del Castillo —novelas que, junto a Eugenio, suelen enmarcarse en una trilogía denominada «la guerra»—, o el magnífico e imprescindible Diccionario para un macuto, también claramente inspirado por su experiencia en el campo de batalla.
Unas cuasi memorias, La gran esperanza, fueron merecedoras del Premio Espejo de España en el año 1983.
Juventud, fervor y sacrificio
Era Rafael, cuando escribe este libro, un joven vehemente y ardoroso, como tantos jóvenes inflamados de amor a la patria, fervientes defensores de sus ideales y contagiados por la pasión que José Antonio trasladaba a todo aquel que lo escuchaba o leía; jóvenes que ya no volverán, porque, como dice Eduardo García Serrano, uno de los siete hijos de Rafael, en el prólogo a esta edición, «ya no queda nada en esta España de aquel fervor patriótico que impulsó a tantos muchachos que estaban en esa edad».
La edad de Rafael era la época de la primera novia, los primeros besos y las juergas nocturnas, pero también la de luchar en una guerra en la que muchos de ellos, los mejores, cayeron arrebatados por la fe y por la convicción honda de estar haciendo lo que debían, porque lo adeudaban a la tierra que les dio la vida y que, en justa correspondencia, merecía que ellos la dieran por ella.
Era su más encendido deseo entregar personalmente al «joven César», José Antonio, su manuscrito, negándose tozudamente a creer que había sido ejecutado ya dos años antes por el Gobierno de la República en aquella prisión de Alicante donde escribió su testamento, aquel en que, casi al final, dejó escrita la frase histórica: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia».
Eugenio está repleto de una prosa rica, bella y, al tiempo, dura e implacable. El narrador, Rafael, amigo de Eugenio, un joven estudiante de Filosofía, burgués que reniega de la burguesía, repleto de ideales por los que está dispuesto a pelear y morir, dice en un momento de la obra, ante la vehemencia y convicciones de este: «el héroe nunca muere, su sangre se hace fértil como una primavera».
La pedagogía de la pistola
Para Eugenio y los demás mártires que, como él, caen bajo los disparos enemigos, morir por la patria es un final sublime para un joven. Envejecer no es una fortuna, sino una derrota burguesa. Eugenio, en un momento frío pero bellísimo de la novela, tras matar a un comunista, dice: «Uno se lo explica todo cuando dispara el primer tiro».
La pasión de Eugenio, cuya contemplación admira su amigo Rafael, va operando en el pensamiento de este, poco a poco, una profunda metamorfosis —a imagen y semejanza de la que experimentara el propio autor tras oír las palabras de José Antonio pronunciadas aquel 29 de octubre de 1933—, y reniega de sus primigenias ideas marcadas por el liberalismo y sus infantiles deseos de «paz universal».
La «pedagogía de la pistola», como la denomina el autor y el propio protagonista, va sembrando su semilla en Rafael a través del héroe, del ejemplo: Eugenio.
Una novela contra el olvido
Decía antes que el prologuista de esta edición de la obra, su hijo Eduardo, afirma con zozobra que hoy, en esta sociedad nihilista y no sé si acomodaticia o resignada, «ya no queda nada en España de aquel fervor patriótico», e ilustra esa afirmación con estos versos del jesuita, además de escritor, poeta y profesor, Ramón Cué Romano:
«Aunque sintamos que España va a dejar de ser… dormid en paz, ya aprendimos bien cara la lección, estad seguros: no haremos nada. Ni vuestros hijos, ni vuestros nietos, ni vuestras esposas, ni vuestras hermanas. No habrá otra vez más viudas, ni más huérfanos, ni más novias frustradas. Es un lujo muy caro. Hay que ahorrarse las lágrimas. Estad seguros: dejaremos rodar las cosas. No haremos nada. ¿Para qué, si es locura, si es insensatez querer salvar a España?»
Eugenio o proclamación de la primavera es la novela de un tiempo en que muchos creyeron que un hombre podía transformar el mundo; en que los ideales y la fe eran capaces de hacer que muchos dieran su vida con alegría por ellos; y en que el amor a España cambió su historia.
Escena de La fiel Infantería
Nos gustan el tinto, el claro y el blanco, nos gustan los vinos de cualquier color y nos da los mismo beberlos en bota, que en baso, botella, pellejo o porrón...
Publicado en Sevillainfo el 6/Jun/2019. Recogido por Gaceta de la FJA (Oct/2019).