Envío para un 29 de octubre

El verso malogrado: memoria de un poeta y su destino.

Un homenaje literario que evoca la figura de un poeta apasionado por su vocación, su lucha contra el ruido del tiempo y el destino de su obra inacabada. Manuel Parra Celaya reflexiona sobre la fugacidad del arte, la posteridad y el eco eterno del verso malogrado.

Envío para un 29 de octubre


I. El nacimiento y la vocación del poeta

Era poeta por vocación desde niño; poco a poco, se sintió predispuesto para esta ardua tarea, pero primero eran los estudios; y el amor. Luego, los afanes de la vida cotidiana y el ruido de la calle le iban impidiendo trazar unos versos sobre el papel y, después, darlos al público, que acaso necesitaba de la poesía. Siempre, sin improvisaciones, que el poeta desdeñaba.

Cuando algunas circunstancias —entre peripecias— se lo permitieron, tomó aliento, intentó despejar su mente, hizo uso de la pluma y de la voz; pero persistía una pregunta fundamental: ¿Qué tipo de poesía era la conveniente? Como mortal y enamorado de España, le tentaba, primero, el romanticismo, inmediatamente descartado por su falsedad. En el fondo, el vibrante modernismo le parecía fatuo y banal y sentía latir su alma clásica.  

¿Seguir las corrientes en boga? Demasiado fácil; además, se trataba de un camino muy trillado, con multitud de cultivadores, poetas de ocasión o, sencillamente, prosistas de lo vulgar.

Trazó unos versos iniciales, mejor dicho, uno solo, el que reflejaba la inquietud de su espíritu; no encontraba continuación, ni se acomodaba ni a una rima ni a un tipo de estrofa conocida.

Buscó referencias en otros autores y lugares, pero se sentía heredero de una larga lista de autóctonos poetas, algunos anteriores a él; por tanto, no los desestimó, sino que se fue planteando que su poesía, aunque novedosa, fuera como una continuación de una melodía inacabada —o frustrada— de sus referentes.

Buscó también inspiración en sus coetáneos y alguna le fue llegando, quizás porque compartía con ellos, no solo en el ruido de la calle, sino las imperiosas necesidades del gran público, que se mostraba, de forma contradictoria, distante y poco dado a ser receptor de su poesía. Insistió, y fue encontrando su camino, del mismo modo que las épocas lejanas de la historia habían españolizado el endecasílabo, el soneto y la canción. Pero no bastaba: le separaban de sus referencias tantas cuestiones de forma y de contenido…

A todo esto, creció el ruido exterior; bajó a la calle y se encontró en medio del ruidoso tráfago. Por fin, aprovechando escasos momentos de quietud, logró dar forma y fondo a un poema personal, pero tan privado que pocos se sus seguidores pudieron entenderlo. Su poesía iba cobrando realidad poco a poco. Demasiado tarde: la muerte le sorprendió cuando parecía que el poema se desarrollaría hasta su final. Escrito quedó mucho, pero no era suficiente… El verso parecía malogrado en su nacimiento.


II. El eco de su obra en la posteridad

La posterioridad se hizo eco de sus versos, que estaban solo incoados, más que malogrados. Pero muchos de los que lo elevaban a un pedestal de las Musas se limitaban a repetir palabras, frases, estrofas, rimas, que poco a poco iban perdiendo actualidad, desplazados por la loca carrera del vertiginoso andar del tiempo.

Los jóvenes son los que mejor entienden de poesía, y lo comprendieron. Varias generaciones, que no lo habían conocido, se aprestaban a llevarla del papel a la vida, seducidos por la magia del contenido y la exactitud de sus formas. Algunos daban su vida, también, por aquella poesía iniciada pero no completada.

Vano intento a la larga. La fría prosa iba aventando la ardiente poesía, acaso por exigencias de su tiempo y circunstancia; de este modo, muchos de aquellos jóvenes se sintieron poetas en ciernes de un verso malogrado; algunos desistieron, buscando en sus borradores otras formas poéticas más aceptadas por el público; otros mantuvieron en vilo la pluma entintada, intentando descubrir el milagro de aquella poesía inicial que los había subyugado. Ya no subía apenas ruido de la calle, pero la siesta prolongada y una calma chicha eran, quizás, peor obstáculo para el cultivo de un verso eficaz.

El refugio de la Naturaleza —al modo de égloga garcilasista— evitaba en algunos la contaminación tanto del ruido como de la siesta, pero no pudo resistirse al susurro malévolo y tenaz; de todas formas, como aquellas églogas, no era comprendida la poesía, ni en sus metáforas ni en su contenido de profundo amor. Seguía siendo para muchos un verso malogrado, además malinterpretado o instrumentalizado…

Casi nadie advertía que podía ser factor de un comienzo, y así quedó en reminiscencia de pasado. Porque es muy difícil y costoso interpretar el contenido de unos versos, de los que solo se entiende lo superficial, lo que corresponde a un instante concreto, pero no su proyección en la eternidad. En definitiva, casi nadie continuó la melodía inacabada

A todo esto, el público había perdido interés por la poesía —que, en su etimología, es equivalente a creación— y se dedicaba a los afanes del día, prefiriendo la prosa, cada vez más desangelada. Y transcurrieron los años, muchos años… El verso seguía malogrado.


III. El legado inacabado del verso malogrado

Ante un papel aún en blanco, un joven anónimo y desconocido de nuestros días se ha dado a la meditación, igualmente enamorado de España y propenso a la poesía; repasa una y otra vez lo que le inspira su corazón y su mente; rompe borradores y vuelve a empezar. La Idea ronda por su cabeza, pero es incapaz de plasmarla.

A ratos, apoya su cabeza en la mano, a la manera que describió Azorín; como al caballero de este autor, no le pueden quitar el dolorido sentir. La razón está en su juventud, en sus afanes, en sus críticas, en sus deseos… Este alevín de poeta en ciernes ha subido hace poco de la calle. Está aburrido y asqueado de la prosa, cada vez más vulgar y ramplona, que le circunda. Otros jóvenes como él también se sienten asqueados, pero echan por el camino de en medio, hacia la nada…

Ahora, nuestro joven escribe unas palabras al azar. Sin darse cuenta, ve brillar en ellas un pequeño ápice de poesía, algo muy distinto y que choca frontalmente con lo que lleva oído de vulgaridad cansina. Se va dando cuenta de que es capaz de enlazar versos, primero blancos o sueltos, pero, poco a poco, igualados en una medida y engarzados por una perfecta rima consonante.

Apenas ha oído hablar del Poeta Lejano, solo vagas referencias deshilvanadas, contrarias algunas, indiferentes las más. En todo caso, era cosa de un pasado que nunca acabó de entender bien.

Pero contempla, asombrado, de forma acaso casual, cómo sus incipientes versos, sus inacabadas estrofas, responden en sus contenidos a una línea de continuidad con aquellas vagas referencias, que nadie se ha encargado de enseñarle a fondo. Abre su ordenador y busca datos…, no le bastan. Rebusca en la biblioteca de sus mayores y allí, sorprendentemente, halla el filón del Poeta Lejano, y de otros muchos poetas que ya pasaron.

No se propone imitarlo, sí continuarlo. Hacerlo del tiempo actual, no del tiempo del poeta lejano, cosa que este nunca habría querido. Es fuente de inspiración, de creación, de invención, no de repetición ni de copia.

Coteja el mundo que le rodea con sus versos iniciales. Prometen. Pero debe trabajar mucho, profundizar, estudiar. El esfuerzo ha sido agotador y debe descansar. Ya es de noche. Se asoma al balcón y ve un cielo estrellado. Ha puesto los ojos arriba, porque es consciente de que solo podrá trazar su poesía si sigue mirando siempre arriba.

Desea, de todo corazón, que esta vez el verso no quede malogrado. Y muchos compartiremos este deseo.