Convertir la memoria en impulso para el porvenir y no en dogma
Hagamos de la fecha un ideal para la vida.
Cada año, el calendario nos devuelve fechas que exigen algo más que un gesto automático. Algunas están cargadas de emoción, otras de controversia; todas, sin embargo, deberían invitarnos a pensar qué hacemos con nuestra memoria. No para fijarnos en ella como si fuera una estatua de piedra, sino para abrir caminos hacia el porvenir.
Entre esas fechas se encuentra la que recuerda a José Antonio Primo de Rivera, cuya vida política —breve, intensa y truncada— quedó inevitablemente sepultada bajo la avalancha de interpretaciones, manipulaciones y usos interesados que vinieron después. Su figura fue absorbida por un relato posterior que lo transformó en símbolo de un Estado al que él nunca perteneció, pues para entonces ya había sido fusilado. Esa distorsión histórica ha lastrado durante décadas la comprensión de su pensamiento original, más vitalista que sombrío, más orientado a la afirmación de la vida colectiva que a la imposición de un orden totalizante.
Por eso conviene recordar que muchas de sus ideas nacían de un deseo renovador: el anhelo de una España más entera, más animosa, más reconciliada consigo misma. Una España que no se recreara en una estética luctuosa ni en un fatalismo perpetuo, sino que encontrara en la alegría un signo de fortaleza moral. Ese impulso vital contrasta con la atmósfera espesa que tantas veces impregna nuestra vida política actual.
La 'España oficial' frente a la 'España real'
Porque, aunque las circunstancias han cambiado, sigue presente una sensación de invierno cívico: discursos que buscan dividir más que unir, parlamentos convertidos en escenarios de ruido más que en espacios de acuerdo, debates territoriales que se enquistan hasta el agotamiento, y una ciudadanía que observa con cansancio cómo la política parece hablar un idioma ajeno a sus preocupaciones cotidianas.
La “España oficial”, atrapada en la lógica de la confrontación permanente, proyecta a veces una penumbra que poco tiene que ver con la España real: la que trabaja, crea, cuida, sostiene, inventa y persiste. Esa España vital, que no vive de los símbolos sino de la responsabilidad diaria, se parecería más a la visión luminosa que José Antonio reivindicó en vida que a cualquiera de las interpretaciones sombrías que se hicieron de él tras su muerte.
Quizá por eso conviene que las fechas conmemorativas no se conviertan en rituales ideológicos, sino en oportunidades para revisar lo que hemos convertido en dogma y lo que todavía podemos transformar. La memoria, cuando es honesta, no encadena: orienta. Y cuando se libera de la manipulación histórica, puede devolvernos una intuición más limpia del futuro que aspiramos a construir.
Hagamos, entonces, que nuestras efemérides —todas, no solo esta— sirvan para alimentar una cultura política más madura, más generosa y más abierta a la vida. Una cultura que no convierta el pasado en una losa, sino en un punto de apoyo; que no utilice la memoria como arma arrojadiza, sino como fuente de lucidez. Al fin y al cabo, como decía aquel viejo verso que muchos recordamos de nuestros campamentos, «el pasado no es peso ni traba, sino afán de emular lo mejor». Si asumimos esa verdad con serenidad y responsabilidad, la memoria dejará de ser un lastre y podrá convertirse, de verdad, en impulso.
El testimonio de quienes aprendieron a mirar hacia adelante
Y este mensaje de esperanza quizá resuene con particular intensidad en quienes nos formamos en la Organización Juvenil Española, desde la experiencia vital de sus campamentos: espacios de camaradería, responsabilidad y servicio donde muchos aprendieron que la alegría no es frivolidad, sino un modo de encarar el mundo con dignidad y propósito de mejorarlo.
Aquella pedagogía —hecha de trabajo en equipo, esfuerzo, disciplina abierta y un entusiasmo profundamente juvenil— enseñó a mirar hacia adelante, a construir y no a lamentar, a servir en lugar de encerrarse en rituales mortuorios o en una política estéril. A ellos, ciudadanos ejemplares forjados en esa escuela de vida, les corresponde hoy recordar que todo lo mejor que allí aprendimos sigue vigente: que el futuro no se espera, se hace.
Versión instrumental del Cara al sol, con imágenes sobre la figura de José Antonio Primo de Rivera. Las primeras notas corresponden a la canción Montañas nevadas.