Trump y la caída del orden internacional
El regreso de Trump reabre el debate sobre la fragilidad del orden internacional, la supremacía de la fuerza sobre el derecho y la crisis moral de Occidente ante un mundo en disputa.
El frágil castillo del derecho internacional
No hay que ser ningún analista experto para darse cuenta de que el orden internacional es —lo ha sido siempre— algo tan inestable, tan precario y tan previsiblemente destinado a derrumbarse como un frágil castillo de naipes. Solo los más ingenuos de nuestras sociedades occidentales, dirigidas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, se han venido creyendo que el derecho internacional era algo más que buenos deseos.
El derecho internacional —alumbrado, no lo olvidemos, por nuestros pensadores de la Escuela de Salamanca—, desgraciadamente, no pasa de ser un bello desiderátum de escasa eficacia real. Para que la tuviera, habría que estar en condiciones de decir lo que dijo, al tiempo que mostraba la artillería de que disponía, aquel práctico y eficaz canciller y regente que fue nuestro egregio cardenal Cisneros: «Estos son mis poderes».
Donald Trump no es equiparable a Cisneros: el presidente de los EEUU no pasa de ser un grandísimo villano; un tipo petulante y envanecido, pero que está dispuesto a arrancar los disfraces a todos los invitados al baile de máscaras en que consiste el llamado Orden Internacional. El actual presidente de los EE. UU. quita máscaras sin recato alguno, comenzando por tirar de la del propio Tío Sam. Lo cual tiene su punto de descarnada y, si se quiere, brutal honestidad.
La ONU y el dominio de las potencias
Es notorio que, desde Núremberg hasta nuestros días, pedir responsabilidades por delitos internacionales, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra o crímenes contra la paz ha sido prerrogativa exclusiva de potencias fuertemente armadas, con más cañones que los que exhibió Cisneros. Nadie pidió explicaciones a los británicos que bombardearon Dresde, ni al presidente Truman, quien ordenó el lanzamiento de bombas atómicas sobre un Japón vencido de facto; o a Nixon, que lanzó toneladas de napalm sobre Vietnam. Podríamos seguir poniendo sangrientos ejemplos hasta llegar a nuestros días.
Es constatable que la ONU y sus distintos órganos —Asamblea General, Consejo de Seguridad y Corte Internacional de Justicia, todos ellos coordinados por el secretario general de turno— nunca han sido agentes demasiado confiables para gestionar la paz ni la seguridad; tampoco el desarrollo ni la justicia planetaria.
China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos, con su derecho de veto, han tenido capacidad para bloquear unilateralmente la aprobación de cualquier resolución sustantiva. Esta facultad ha permitido a cualquiera de estas naciones, al margen del resto, defender sus propios intereses nacionales, aun en contra de los intereses de la mayoría del planeta; y, sobre todo, de la recta razón y del Derecho y la Justicia —con mayúsculas—.
Trump y el imperio sin caretas
A día de hoy, tres potencias siguen disputándose la hegemonía planetaria: EE.UU., Rusia y China. Gran Bretaña, aunque con menor potencial que antaño, es fiel aliada de USA; y Francia, que disputó el poder europeo a Alemania, está en un claro declive, al igual que lo están Alemania y la Unión Europea en su conjunto. El poder anglo tiene también su brazo en Oriente Medio con Israel y otro brazo en Europa por medio de la OTAN.
Tristemente y desde siempre, el imperio anglouseño ha estado cimentado en poco más que el egoísmo, el orgullo, la fuerza y, sobre todo, la hipocresía. En su segundo mandato, parece que el histriónico y villanesco presidente Trump está dispuesto a mostrar que el rey andaba desnudo. Ya lo sabíamos, pero ¡fuera las caretas! Quede a todos claro que no hay más legalidad internacional que la que está respaldada por la fuerza. Las cosas son como son y no como deberían ser.
¿Hay —por cierto— posibilidad alguna de encontrar un absoluto deber ser en este mundo donde todo es relativo? Porque esta es otra debilidad del orden internacional. El derecho necesita de la fuerza para ser efectivo, convirtiendo las leyes en mandatos reales y no simples sugerencias. Sin la capacidad de imponerse, la ley pierde su valor o, al menos, este disminuye considerablemente. Bien sabemos los españoles dónde han quedado las resoluciones de Naciones Unidas sobre Gibraltar o sobre el Sáhara. En un mundo habitado por ángeles, lo natural sería la obediencia por deber o razón, y no por coacción. Pero no es el caso.
Relativismo, poder y la tradición hispánica
El egoísmo se disfraza de mil maneras: una de ellas, dado que el hombre presume de racional, es la ideología. Construimos verdades a nuestro antojo y conveniencia. Y les damos categoría de principios morales. En esto consiste el relativismo. Trump pasa por encima de ideologías: no reconoce otra última instancia que su propia moralidad, por encima de cualquier opinión o referencia.
Ramiro de Maeztu —otro español—, en su obra Defensa de la Hispanidad, ya advertía de cómo, por negación de una verdad objetiva, se ha sostenido que los hombres no pueden entenderse y, por ende, los conflictos solo han de resolverse a favor del más fuerte. Decía Maeztu que se ha querido fundamentar la libertad para todas las doctrinas en una universal Babel; y, así, postulada la incomprensión de todos, ha sido necesario concebir el derecho como el mandato de la voluntad más fuerte o de la mayoría de voluntades, y no como el dictado de la razón al bien común.
¿Pero qué otro imperio, salvo el hispano, estuvo dispuesto —a ratos— a someter su fuerza a un designio superior y divino; a un derecho natural y a un derecho de gentes que emanaban de la recta ordenación de la razón al bien común?
No es casual la hispanofobia actual del yanqui, pues hubo una anticipada modernidad española que repele a todos los identitarios del mundo; y que es aquella que, frente al empeño de autofundamentación moral, se orientó, más bien, hacia una sobrehumanación del hombre, tal y como nos enseñaba lúcidamente Manuel Lizcano.
El hombre sobrehumanado frente al leviatán
El hombre sobrehumano es lo contrario de ese superhombre tan caro al liberalismo y al fascismo multifacético en el que se ubican la mayoría de los demócratas y antifascistas vencedores de la SGM. El hombre sobrehumanado es aquel que se reconoce apto para escapar, partiendo de la naturaleza, hacia la utopía; y, al mismo tiempo, hermanarse con dicha naturaleza y con sus semejantes.
El hombre sobrehumanado de la modernidad hispánica fue el que reconoció —desde una coherencia con el mensaje cristiano— clamorosamente al indio como igual; fue el iniciador, o acaso continuador, de una tradición comunera y libertaria; fue el rebelde calderoniano y tiranicida que hace frente, sin miramientos, al leviatán hobbesiano.
Reconocer que existe una única verdad, de la que dimana un derecho, sigue sin ser garantía de que la justicia impere en el mundo, pues seguimos necesitando de la coerción; pero, al menos, a algunos nos da tranquilidad saber que hay algo más fuerte que la voluntad de los hombres y que, al final —aunque no sabemos cuándo—, acabará imponiéndose.
El nuevo orden y la decadencia de Occidente
Donald Trump y su cohorte nuevo-derechista muestran la cara más esperpéntica del hombre viejo del Occidente posmoderno. Han recuperado una mitología nacionalista: «¡América es lo primero!»; o «¡los españoles primero!», como dicen algunos por aquí. Y caiga quien caiga, pues no todos los hombres están llamados a la gracia, y el éxito será señal inequívoca de predestinación, de acuerdo con el paradigma calvinista.
Pero Trump no es peor que los demás líderes potentes. De momento, les ha dado una satisfacción a los venezolanos acogotados por Maduro, que prefieren cierto respiro aun a costa de que les roben la patria. Trump va a jugar fuerte en el Atlántico: con OTAN, sin OTAN o contra la OTAN, comenzando por Groenlandia y acabando donde haga falta. No olvidemos en España que Marruecos sería un fidelísimo aliado de Trump a este otro lado del océano, concretamente en la zona de Canarias.
La cuña sionista en Oriente Medio va a hincarse un poco más en el territorio entre ríos; sobre todo, si el Irán sojuzgado por los ayatolás pasa a manos de un nuevo sha. Para el resto, la elección será entre el American way of life, paradigma —decían— de la libertad, aunque en el paquete se incluya la barbarie policial de la ICE; o bien la triste pobreza de horizontes de los chinos sometidos al capitalismo de Estado; o la desesperación nihilista del ruso desarraigado. El burka nunca será una alternativa en Occidente, pues la memez tiene un límite.
La necesidad de una revolución de las conciencias
Para quienes, sin embargo, no creemos que se haya llegado tan lastimosamente al fin de la historia, una política fundamentada en otras bases, en otros modelos de cooperación más auténticamente solidarios, podría aún resolver los problemas de la maltrecha humanidad; mucho más que la técnica, a la que nos hemos sometido y que no pasa de tener un valor instrumental.
Hace falta una profunda revolución de las conciencias. Se hace necesario el cambio desde el actual paradigma, que genera simultáneamente derroche y lujo junto a necesidad y miseria, a otro más austero y más cercano a las antiguas unidades de convivencia. Esto implica destruir estructuras de poder y repartirlo en tareas y funciones.
Como rezaba un eslogan de la Falange Auténtica de la Transición: «No queremos el poder, queremos la libertad». Esto es: volver al individuo y, de ahí, ir escalando por todas sus unidades de convivencia hasta llegar al Estado, como preconizara José Antonio. Y luego buscar lazos con otras naciones, como los que antaño unían a la cristiandad.
«Lo pequeño es hermoso», escribió Schumacher. Pero, más aún, centrarnos en nuestras realidades más íntimas hoy es más necesario que nunca. Tanto como establecer mecanismos que aseguren una democracia real, poniendo también las reservas de capital al servicio de todos.
España ante el desorden mundial
En definitiva, frente a los árbitros del mundo y sus arbitrariedades, urge que asumamos nuestra dignidad, nuestra libertad y la igualdad esencial de todos los miembros del género humano. Frente a los poderes descomunales, recobremos nuestro espíritu de guerrilla —otro invento español—.
España no pinta nada en el orden internacional. En nuestra izquierda predomina la bellaquería; en la derecha, el sometimiento y la adulación al sheriff. Frente al desorden nacional e internacional, habría que reinventar otro gran movimiento que entendiese el significado de la palabra patria..