La Falange que nunca llegó a existir
Una reflexión sobre la Falange previa al franquismo y el conflicto histórico frustrado entre nacionalsindicalismo y marxismo, en una España donde el trabajo pudo haber articulado otra revolución política y social.
La Falange como proyecto interrumpido
Lejos de un ejercicio de reivindicación nostálgica, como pudiera sugerir el título, hagamos, más bien, un ejercicio de adivinación política; actividad que no consideramos completamente estéril ni de mero entretenimiento, pues pudiera aportarnos algún hilo conductor para continuar, en la actualidad, eso que sembró tantas ilusiones en los corazones juveniles de aquella generación sepultada por la Guerra Civil.
Cuando se habla de la Falange, el imaginario colectivo suele remitirse de forma automática al franquismo, al autoritarismo estatal y a una retórica congelada en los años treinta; con todas las luces y todas las sombras que aquella etapa aún proyecta sobre la pantalla de la cochambrosa actualidad española. Sin embargo, esa identificación, aunque comprensible sociológicamente, resulta doctrinalmente problemática.
La Falange que quedó fijada en la memoria pública no fue tanto un proyecto desarrollado como uno interrumpido. Y esa interrupción —la Guerra, el Decreto de Unificación de 1937 y el régimen de Franco— no solo alteró su destino político, sino que impidió un conflicto histórico real entre dos concepciones revolucionarias del trabajo y de la sociedad: el nacionalsindicalismo y el marxismo.
Tensiones internas y absorción por el franquismo
Antes de su absorción por el Estado franquista, la Falange no era un bloque ideológico monolítico. En su interior convivían tensiones reales. Por un lado, una corriente más obrerista y sindical, influida por el sindicalismo revolucionario, un cierto socialismo ético y el regeneracionismo más radical, que concebía al trabajo como eje de la vida política y al sindicato como órgano de poder real. Por otro lado, una tendencia más autoritaria y conservadora, que ponía el acento en el orden, en la jerarquía y en el rechazo al marxismo.
El Decreto de Unificación no resolvió esa tensión: la liquidó por la vía de la imposición y la disimuló temporalmente con el espejismo fascista propiciado por Serrano Suñer, Dionisio Ridruejo e intelectuales conversos y algo obnubilados, como Antonio Tovar y compañía. La Falange quedó subordinada al aparato estatal y, con ello, se neutralizó su potencial conflicto con las élites económicas.
Lo que pudo haber sido un proyecto incómodo para terratenientes, oligarquías financieras y burguesías protegidas se transformó en un instrumento del orden existente.
Las líneas doctrinales que quedaron truncadas
¿Qué líneas quedaron truncadas? Pues fueron varias. En primer lugar, la posibilidad de un sindicalismo político real. No el sindicato vertical franquista, sino una organización coordinada y potente de sindicatos, autónomos hasta cierto punto, con capacidad de disputar el poder incluso frente al propio partido, el cual habría de desaparecer tras la revolución.
En segundo lugar, un choque estructural con el capital. La crítica falangista al rentismo y a la acumulación parasitaria estaba presente en todos sus textos fundacionales, pero fue neutralizada en la práctica por el Régimen.
Y, finalmente, una evolución cultural de la sociedad, que no llegó a culminarse y que la Transición condujo hacia otros derroteros, marcados por señuelos y narcóticos diferentes. Aldous Huxley ya había advertido de cómo el Poder se las ingeniaría para reconciliar a sus súbditos con la pura servidumbre, que es el verdadero destino de las masas cretinizadas.
Y es que el franquismo, previamente, fosilizó a la Falange en esquemas morales rígidos, cuando el nacionalsindicalismo tenía margen para incorporar igualdad jurídica, emancipación femenina y políticas redistributivas modernas sin traicionar su lógica interna ni sus principios. Mercedes Formica fue un claro referente de esto.
La España nueva que prometía la Falange devino en vicios viejos con apariencia nueva: una restauración monárquica que fue un mero régimen de oligarquías burguesas y partidos de aparato, dóciles a la globalización capitalista. Nuestra Transición postfranquista estuvo infectada de progresismo» consumista y permisivo.
Nacionalsindicalismo y marxismo: semejanzas y divergencias
Desde esta perspectiva, resulta plausible pensar que, sin la Unificación, la Falange habría derivado hacia una forma de nacionalsindicalismo de trabajadores: revolucionaria en lo social, antioligárquica y anticapitalista en lo estructural, no liberal y no marxista. Muy fuertemente comprometida con la juventud. En definitiva, un actor incómodo para casi todos: para los capitalistas y para los sedicentes socialistas científicos.
La comparación con el sindicalismo marxista, sin embargo, revela más similitudes de las que suelen admitirse. Ambos proyectos sitúan el trabajo en el centro de la organización social y rechazan su reducción a mercancía. Ambos critican el capitalismo no desde una moral individual, sino desde su estructura: la acumulación oligárquica, el rentismo y la apropiación privada del excedente. Y ambos desconfían del parlamentarismo liberal, al que consideran una fachada formal del poder económico.
Las divergencias existen, pero no siempre donde se cree. El desacuerdo principal no está en la economía cotidiana, sino en el fundamento político y filosófico. El marxismo concibe a la clase trabajadora como sujeto histórico universal y se apoya en el materialismo histórico. El nacionalsindicalismo parte del trabajador concreto, históricamente situado, persona portadora de valores espirituales y miembro de una comunidad política nacional entendida como marco de solidaridad.
No se trata simplemente de clase frente a nación, sino de un universalismo abstracto frente a comunidades históricas concretas.
La cuestión internacional y el modelo territorial
Esto se refleja también en la dimensión internacional. El marxismo apuesta por el internacionalismo obrero y tiende a la homogeneización política, incluso por la fuerza. La auténtica Falange defendía la solidaridad entre pueblos sin disolver sus trayectorias culturales e históricas en un sujeto global abstracto.
Cuando se comparan los programas económicos, las diferencias se siguen reduciendo. Ambos modelos subordinan la propiedad al interés social, defienden la redistribución, una remuneración digna y, sobre todo, la eliminación del rentismo en cualquiera de sus formas. El marxismo es más rígido en cuanto a la planificación integral; la Falange, más pragmática y flexible, aceptando ciertos mecanismos de mercado, aunque con regulaciones. Hay diferencias que son más de grado que de naturaleza.
Un aspecto aún menos conocido es la propuesta territorial del nacionalsindicalismo. Frente al centralismo estatal, jacobino o marxista, la Falange defendía un municipalismo orgánico: municipios autónomos con competencias en servicios básicos, en economía local, en cultura y en centros educativos municipales.
Los municipios se unirían voluntariamente en comarcas para coordinar servicios supramunicipales. No se trataba de federalismo autonómico clásico ni de defender privilegios obsoletos, sino de una verdadera tradición española de autogobierno local integrada en un proyecto nacional.
Lo que chocaba también con el macroestado totalitario fascista. La Falange, aunque pueda sonar raro, en realidad criticaba la excesiva concentración de poder en el Estado y abogaba por un modelo territorial descentralizado, alternativo al modelo de los estatutos regionales.
En lo económico, también se descargaría al Estado de tareas y competencias que serían asumidas por los sindicatos, autogestionados por aquellos que participasen en la producción y por los consumidores.
El fracaso histórico y la hegemonía marxistante
¿Por qué, entonces, el marxismo logró la hegemonía entre los sectores obreros y el nacionalsindicalismo no? Las razones son estructurales e históricas.
El marxismo ofrecía aparentemente un relato total coherente: una explicación del pasado, una lectura del presente y una promesa de futuro, con un sujeto histórico definido: el proletariado —aunque, más bien, lo serían los iluminados del partido de vanguardia; esto es, la nueva oligarquía—.
La Falange, en cambio, fue absorbida antes de poder sistematizar un relato comparable. Además, la identificación simbólica de la Falange con el Estado franquista —independientemente de su coherencia doctrinal— la convirtió, para generaciones obreras, en sinónimo de represión.
El marxismo, en cambio, fue el lenguaje común de los perdedores y los perseguidos. Su internacionalismo encajó mejor con una clase obrera industrial, migrante y desarraigada, y ofrecía una identidad antagonista clara: «nosotros» frente a «ellos», psicológicamente más eficaz en contextos de explotación intensa.
A ello se suma un factor decisivo y poco señalado: el tiempo. El marxismo tuvo décadas para implantarse. La Falange auténtica tuvo pocos años, una guerra y una absorción forzada. No fue tanto derrotada como interrumpida.
En la llamada Transición española tampoco hubo muchas oportunidades para reemprender el camino. Se pensó más en términos de doctrina a largo plazo y se actuó en un tiempo político corto. Se supuso que el nuevo régimen liberal sería frágil y no se elaboró una estrategia para un sistema parlamentario estable, aun rechazándolo.
El resultado fue quedar fuera sin construir un «afuera» operativo. Hubo una sobreestimación del sujeto social y se sobrestimó la vigencia movilizadora de la comunidad nacional y la memoria joseantoniana.
El resultado no fue la victoria definitiva de una ideología sobre otra, sino la imposibilidad histórica de un conflicto político real entre dos proyectos revolucionarios del trabajo. Y quizá por eso, casi un siglo después, el debate sigue abierto, aunque rara vez se formule en estos términos.