Debate sobre el liberalismo
Exposición relatada de Sergio Brandao que dio pie al debate sobre el liberalismo organizado por la Hermandad Doncel y celebrado en Madrid el 21 de mayo de 2024. El ponente tomó como base de su exposición el libro del filósofo francés Alain de Benoist, Contra el liberalismo. La sociedad no es un mercado. Ver la convocatoria.
LIBERALISMO - INTRODUCCIÓN
El liberalismo ha podido jugar un papel útil en ciertos momentos de la historia, oponiéndose a dogmas demasiado pesados, pero sus principios no eran menos erróneos.
Son palabras del filósofo francés Alain de Benoist, que aprovecha también para recordarnos la opinión del filósofo y teólogo anglicano John Milbank, quien considera que el liberalismo es un error antropológico.
Y sigue diciendo Benoist:
"El liberalismo es hoy un poder destructivo, que tiene que eliminar todos los obstáculos que se oponen a la expansión del mercado y destruir metódicamente cualquier sistema filosófico o religioso que condene el egoísmo y la codicia".
"El liberalismo es una revolución moral, cuya filosofía, explícita o implícita, es incompatible con cualquier ética auténtica".
Lo dicho, por sí solo, ya nos haría levantar una oreja y poner a trabajar la curiosidad sobre el liberalismo cuestionándolo o, al menos, reflexionando sobre el mismo.
Por ello, vamos hoy a exponer, muy críticamente, algunos aspectos de esta doctrina tomando como texto de base el libro del citado Alain de Benoist titulado Contra el liberalismo. El mundo no es un mercado, de donde he sacado estas citas y muchas de las ideas que a continuación os expongo.
Tengo que prevenir que el libro tiene una inclinación más filosófica que práctica. De modo que lo que aquí se diga tiene carácter teórico, es decir que sirve para comprender con claridad los modelos de los que estamos hablando. Luego, en la vida real cotidiana, las cosas son, como es natural, más complejas y entremezcladas.
- Nota.- Alain de Benoist, supongo que lo sabéis todos, es el fundador del movimiento intelectual francés conocido como Nueva Derecha, que desarrolla su actividad desde 1968, cuando fundaron Benoist, Dominique Venner y otros pensadores no izquierdistas el Grupo de Investigación y Estudio para la Civilización Europea, cuyas siglas en francés son GRECE.
Flota en el ambiente la sensación común de que está feo criticar al liberalismo, ya que su parentesco semántico con la palabra libertad, una de las vacas sagradas del lenguaje político, parece conferirle cierta dispensa frente a la crítica, al ser intocable la libertad, sepamos o no qué es la libertad (que, por lo general, no se sabe, o se concibe de forma muy banal o interesada).
No es que el liberalismo no haya tenido aciertos, pero esos aciertos nacen, como dice Benoist, de fundamentos erróneos. Por eso, aunque le admitamos al liberalismo cierta virtualidad histórica (p. ej., la lucha contra las monarquías absolutas, una idea de la libertad política, la consagración del concepto de nación, etc.), todo lo que concierne al estudio del liberalismo debe hacerse con cuidado y examinar incluso lo bueno, porque casi seguro que lleva oculto algún defecto de fábrica.
Máxime ahora, cuando el liberalismo está dando muestras de lo que parece su decadencia, produciendo formas políticas, morales y antropológicas cada vez más convencionales e inviables, cuando no perversas o degeneradas. Sin mencionar al capitalismo actual, el llamado turbocapitalismo.
IDEOLOGÍA LIBERAL
El término
Es frecuente utilizar el adjetivo liberal para describir a personas de carácter abierto, ecuánime, y tolerante con las ideas ajenas e incluso contrarias; personas a las que por ello se les reconoce un alto grado de elegancia moral y de respeto a la objetividad intelectual.
Pero esta faceta amable de los términos liberal y liberalismo enmascara el hecho de que detrás de ellos se levanta una poderosa construcción ideológica con sus virtudes y sus amenazas.
La ideología liberal
El liberalismo tiene su origen en una concepción completa del universo, del mundo y de la vida, que ha ido modelando la mentalidad y el espíritu europeos desde que empezó a formarse separándose lentamente del pensamiento cristiano medieval, hasta dar lugar, más tarde, al liberalismo, constituido como filosofía política allá por el siglo XVII, heredero de todo el pensamiento anterior y componiendo con esa herencia una ideología total.
La ideología liberal impregna por completo la vida de las sociedades occidentales, de tal forma que las numerosas conciencias poco críticas que en el mundo son, viven ese molde mental como “lo normal”, sin pensar ni por un momento que hay otros modos de vivir, otras alternativas al modo de ser burgués.
Alain de Benoist remacha esta idea cuando dice:
“Hoy, más que nunca, el burgués, para legitimar su conducta, se ha dedicado a persuadir a la humanidad de que su forma de ser es la más natural que quepa imaginar”. Y, “si la burguesía se ha desdibujado como clase ello se debe a que ha creado ya, de forma acabada, una sociedad en la que todos comparten el hacer y el espíritu burgués”.
El mismo autor nos ofrece una imagen del burgués al que nos referimos:
“El burgués actual tiene poco qué ver con el burgués chapado a la antigua del pasado, que era frugal, ahorrador y trabajador. Tampoco se parece al del siglo XIX, orondo, satisfecho y convencional en todo. El (burgués) de hoy quiere ser dinámico, deportivo, hedonista, incluso quiere ser 'bohemio'; parece dominado por una fiebre consumista, está centrado en el culto al ego y al placer”.
Y hasta es un poquito de izquierdas, porque, como a todo tontaina, le parece que ser de izquierdas es “muy ético” y, así –debemos suponer– se siente mejor consigo mismo… para poder seguir siendo burgués.
Dos paréntesis: Ideología europea. España
Por otro lado, y haciendo un rápido paréntesis, aunque no sea el tema de hoy, hay que señalar que en el panorama ideológico europeo actual –materialista y capitalista– el liberalismo comparte protagonismo con la socialdemocracia, repartiéndose ambos el campo más o menos así: el liberalismo es más bien la mentalidad de la derecha, y la socialdemocracia es más bien la opción de la gente de izquierda. Dentro de esto hay, después, muchas combinaciones, que, sobre estos dos elementos básicos, configuran el panorama espiritual y mental de nuestras sociedades y, desde luego, de la española. Benoist considera, incluso, a la socialdemocracia como una especie de liberalismo de izquierdas.
También nosotros deberíamos pensar dónde nos colocamos en medio de todo esto.
Porque es cierto –explica el filósofo francés– que "la izquierda, al abandonar el marxismo, ha ido bajando la guardia y asumiendo la lógica del mercado hasta confundir su tradicional y particular idea de progreso con el ansia de crecimiento ilimitado del capitalismo", haciéndose todo uno y dando lugar a una sociedad de horizontes poco concretos y a un progresismo nunca bien explicado.
Abandonada la causa que conformaba su esencia ideológica e histórica, y tras dejar en la estacada a la clase trabajadora, el socialismo, que, en realidad, ya no tiene nada que ofrecer, se dedica ahora, dice Benoist, a denunciar desigualdades “ontológicas” (sexismo, racismo, laicismo antirreligioso, indigenismo, etc.) a favor de minorías ideológicamente privilegiadas. También promueve la cultura de la muerte con la aquiescencia de una derecha que no acaba de saber en qué parte de la foto colocarse.
Y, un segundo paréntesis para subrayar que, en España, fue una especie de maridaje de liberalismo y socialdemocracia del tipo descrito lo que se vino a imponer a través de la célebre y autocelebrada Transición.
Hoy es claro que la Transición no significó solamente, ni principalmente, el paso de una dictadura a una democracia, como repite la letanía oficial y toda su red de sacristanes. En lo profundo ha significado más que eso: fue una ruptura imperceptible y gravísima: fue una buscada sustitución radical del ethos español, en cuyos valores sociales y humanos, que componían la atmósfera colectiva de entonces, tenía una clara presencia el sentimiento religioso y católico; sustituido, como digo, por ese amasijo de ideología liberal y socialdemócrata del tipo europeo, que está llevando a Europa, y arrastrando a España y a las demás naciones, no sólo a la insignificancia geopolítica, sino también a una pérdida del sentido profundo de la vida, colocándonos a todos en caída libre hacia el nihilismo, el reino de la nada y de la náusea.
BREVE HISTORIA
Y volviendo a nuestro tema, dicho esto, ya hemos dicho que la tradición de pensamiento que conduce al liberalismo es muy antigua. Para empezar a rastrearla hay que remontarse al momento, allá por el siglo X, en que empiezan a cambiar las condiciones de vida, las costumbres y la mentalidad predominantes en la Alta Edad Media, debido a la novedosa aparición, en la sociedad feudal, de un personaje decisivo en la historia europea: el mercader, un aventurero desarraigado de la tierra y probablemente fugado de algún señorío, que daría lugar a un nuevo estilo de vida basado en el afán de lucro y el cálculo comercial, algo inédito y hasta escandaloso para el mundo feudal, y, desde luego, condenado severamente por la Iglesia, poco dispuesta a discernir entre usura y beneficio, si éste no procedía del esfuerzo del trabajo.
Y con ellos, con los mercaderes, llegó el Mercado, un dispositivo –natural, lo consideran algunos– que terminaría cambiando profundamente la fisionomía social, política y mental.
Después, el nominalismo escolástico, en el siglo XIV; el humanismo renacentista en el XV; la Reforma protestante y las guerras de religión en el XVI; los grandes creadores del liberalismo, como John Locke o Thomas Hobbes, en el XVII; la Ilustración en el XVIII, y los políticos liberales del siglo XIX, irían completando esa transformación modelando y consolidando un pensamiento, que hoy, habiendo ya descendido a las calles y las plazuelas, como diría Ortega, ha dado lugar a una mentalidad generalizada, siendo lo que vulgarmente se entiende por liberal la perspectiva más amplia y corriente en nuestras sociedades. Sus obsesiones son la libertad y los derechos del individuo, la riqueza y la felicidad en este mundo.
EL HOMBRE Y LA SOCIEDAD
La ideología de la libertad liberal
La elección del término liberalismo para denominar a esta misma doctrina política ya evidencia que su valor fundamental es la libertad. O mejor será decir una cierta visión de la libertad, que, sobre todo, desde el XVIII, vino a confundirse con la idea de independencia del individuo, o sea una idea nihilista de la autonomía del hombre, una libertad que no conduce a nada.
Esa libertad, esa independencia de todo, no puede tomarse como una facultad esencial del ser humano, por más que se proclame con acartonada solemnidad su condición de principio máximo. Esa libertad liberal es en realidad un instrumento puesto al servicio del individuo, al servicio de sus derechos y sus conveniencias, y hasta de sus obsesiones y caprichos de cada momento, no de la integridad de la persona. No es una libertad profunda. Es la libertad del individualismo.
La libertad del cristianismo, por ejemplo, sabemos bien que es otra cosa: un elemento esencial del hombre, junto con la dignidad, que le permite decidir, sin traba alguna, entre hacer el bien o hacer el mal, entre poner su creatividad humana al servicio del Plan de Dios o, por el contrario, rechazar dicha cooperación con el Creador por el motivo que sea. Es la libertad del hombre trascendente y social.
EL HOMBRE
El hombre: Estado de naturaleza
Lo que llamaron los fundadores del liberalismo “estado de naturaleza” del hombre es, según ellos, su estado “puro”, la instancia esencial y primordial del hombre, diferente y anterior a su integración en la sociedad. Su moral nace exclusivamente de su conciencia, asistida por la razón; no de ninguna fuente exterior, ni social ni sobrenatural. “Ni Estado, ni Dios” podrán decir más tarde los anarquistas, herederos espirituales también de este pensamiento.
El hombre: Estructura anímica e incorporación a la sociedad
Desde ese “estado de naturaleza”, el individuo, en un teórico segundo momento, se integraría en la sociedad, no de forma natural, sino mediante un supuesto pacto, ya social, ya de soberanía, por su exclusiva voluntad y conveniencia. Por la importancia accesoria que se le concede a la sociedad, para la mentalidad liberal, ésta no pasa de ser una simple ficción pactada, donde el individuo sólo busca la satisfacción oportunista de sus intereses, pero ninguna seña de identidad o de pertenencia.
El pensamiento liberal sostiene además que el egoísmo y la búsqueda del interés de cada cual, motivación única y fundamental del individuo, según el liberalismo, son a la vez el motor de la sociedad. Entienden que, trabajando en su exclusivo beneficio, el hombre, gracias a la “mano invisible” inventada por Adam Smith, está contribuyendo, al mismo tiempo, al progreso de la sociedad en su conjunto, lo cual puede ser cierto alguna vez por casualidad.
Del afán del individuo liberal por poseer y disfrutar se derivan el culto radical a la propiedad privada, entendida como posesión absoluta, sin límites sociales, o la explotación desordenada de la Naturaleza (ahora con mayúscula) y, por extensión, la explotación del resto de los hombres, siempre con el mismo objetivo: poseer y disfrutar felizmente de lo poseído.
Por contra, el pensamiento opuesto sostiene que, en una sociedad orgánica, que es lo contrario de la artificial sociedad contractualista liberal, todos, al nacer, accedemos de forma natural a una comunidad definida por sus costumbres y tradiciones, por el ethos de esa comunidad, y eso –sin que yo pueda ni tenga nada que decidir ni opinar– me determina para siempre como parte sustancial de mi “yo” (“yo y mis circunstancias”).
Vista así, la sociedad no es una ficción, sino una entidad real, con una función propia: es el espacio donde el hombre se realiza y perfecciona (o no) por cuanto posee una naturaleza política y social; es el espacio de convivencia natural donde el hombre tiene oportunidad de desarrollar (o no) el amor al prójimo, cumpliendo con su parte en el Plan de Dios.
El hombre: La sociedad orgánica
Frente a la sociedad artificial y evanescente de la teoría liberal, la sociedad orgánica se puede definir como una totalidad organizada en la que cada una de las partes remite al todo, que es quien las dota de sentido, sin que consista en la mera suma de ellas. El organicismo social significa, ante todo, unidad de fin con diversidad de funciones.
“La comunidad es en sí un bien intrínseco, a diferencia de la asociación de intereses que sólo busca el fin de cada uno”, dirá Alain de Benoist.
La modernidad, es decir el espíritu con el que empieza a prepararse el futuro liberalismo, “combatiría –dice nuestro autor– a las comunidades orgánicas medievales, descalificadas por estar sujetas al peso de la tradición y del pasado, impidiendo la emancipación humana”.
El paso del tiempo, en efecto, irá imponiendo, por la fuerza de los hechos y la tendencia general del pensamiento, un cambio de óptica sobre las sociedades, pasando los hombres, gradualmente, de sentir la fuerte compenetración que, por sus tradiciones, costumbres, valores y fines comunes tenían las comunidades orgánicas del pasado, a verse a sí mismos, cada vez más, como meros individuos íntimamente desligados de los demás. El vínculo social ya no es la pertenencia natural, sino la contractualidad, que es algo artificial.
LA NEUTRALIDAD DEL ESTADO
Neutralidad del Estado liberal
Y de la sociedad al Estado. Consecuentemente con su teoría social y antropológica, el liberalismo, en su teoría del Estado sólo reconoce las libertades y derechos naturales de los individuos, así como los fines y valores que, dentro de la ley, cada uno se proponga en su vida privada. Es por ello que, necesariamente, el Estado liberal, dice Benoist, “tiene que abstenerse de todo juicio sobre la forma en que la gente elige vivir o los fines que se propone cada cual. De lo contrario discriminaría a los ciudadanos”. Por la misma razón tiene también que abstenerse de fijar rumbos y horizontes a las naciones.
Al Estado sólo le cabe adoptar una actitud neutral en lo referente a valores sociales y, por supuesto, en lo referente a una idea del Bien, de una vida moralmente buena o del bien común, todo lo cual pertenece, según ellos, a las convicciones privadas de cada individuo.
“Esa es la razón de que sea imposible legislar coherentemente sobre cuestiones como bioética, matrimonio homosexual, inmigración, aborto, etc., ya que implican un juicio moral”, señala Benoist.
Sin embargo, y como el propio Benoist subraya, esa neutralidad, cuando interesa, tiene sus excepciones, sus vías de agua, ya que, si se trata del valor de la libertad (de “su” idea de la libertad), o de los valores considerados liberales (“valores democráticos” les gusta decir a sus valedores) y no digamos si se trata de su célebre Agenda 2030 (suya, o sea de todos los zascandiles de Bruselas y de la ONU), entonces esa artificiosa neutralidad se estira todo lo que haga falta.
Impoliticidad del liberalismo
Y por parecida razón –la aludida neutralidad axiológica– es casi imposible, también, gobernar, ya que la política consiste en lucha por el poder entre rivales y, cuando éste se alcanza, consiste en tomar decisiones que, hacia dentro, organicen y protejan la convivencia de la comunidad en orden a la seguridad y al bien común –que, según Santo Tomás, consiste en los bienes materiales necesarios para una vida digna, la paz social, y la virtud– y que, hacia afuera, realicen un proyecto y un destino colectivo.
Causas de la impoliticidad
Es, por lo tanto, imposible gobernar en el Estado liberal. Por su propia naturaleza neutral en cuanto a valores, el gobierno, que es el órgano personal del aparato del Estado, tiende a despolitizarse, es decir va viendo cada vez más reducida su posibilidad de tomar decisiones propiamente políticas.
Y lo sustituye con este otro elemento, que ahonda también en la impoliticidad liberal: la llamada “gobernanza” En palabras de otro filósofo político francés, Jean Claude Michea (citado por Benoist) la gobernanza no significa sino “reducir la política a cuestiones técnicas ordenadas a la simple gestión administrativa, y a descubrir sistemas de pilotaje automático de la sociedad, que harían definitivamente inútil el gobierno ideológico de los hombres”.
Hay, según Benoist, una tercera causa de la impoliticidad del Estado liberal: el Estado de Derecho, en el que, según el Diccionario Panhispánico del Español Jurídico, “no hay sitio para el gobierno de los hombres, sino que es el reino de las normas”.
Éste, el Estado de derecho, a despecho de que debe ser por principio, mediante la legalidad vigente y la separación de poderes, una forma de contención de los abusos de poder, en último análisis, nos dice el profesor Dalmacio Negro, Estado de derecho significa sobre todo “un Estado que ha renunciado a la decisión política”. Es “un Estado rigurosamente neutral, apolítico y administrativo”, por cuanto está sujeto a su propio ordenamiento jurídico. Es trasladar al Derecho, o, más bien a la legislación producida, el mando político, que es lo propio del gobierno, despersonalizándolo. Así, añade Benoist, “la simple legalidad acaba siendo la legitimidad”.
De este modo, el Estado liberal, en el que el poder legislativo tiene en realidad el poder decisivo, crea con su cerrada estructura de derecho positivo, cuyo dispositivo clave es la Constitución (y lo que hayan querido poner en ella los legisladores constituyentes), un círculo vicioso del que el Estado liberal no puede salir, salvo que infrinja sus propias normas.
ILIBERALISMO
Y es aquí donde surge el iliberalismo, que se propone, precisamente, como solución, mediante la derogación, no despótica e irracional, sino política, de esas normas. El iliberalismo es, como lo define Benoist, “la forma de democracia donde la elección y la soberanía popular siguen jugando un papel importante, pero que no duda en derogar ciertos principios liberales cuando las circunstancias lo exigen”. “La democracia iliberal es una democracia hostil al liberalismo”. El iliberalismo se traduce en un rechazo del individualismo y del “lenguaje de los derechos”. Da lugar también a un “descrédito de los partidos políticos y a que se difumine la división derecha-izquierda”.
LA DEMOCRACIA
La democracia, además de ser una de las tres formas clásicas de gobierno establecidas por Aristóteles, es también un estilo de vida política basado en la igualdad política de todos los ciudadanos pero que, por abusiva exageración, viene dando lugar –en España al menos– a una especial y nefasta atmósfera social igualitarista, cuando, como sugiere Benoist, “el principio de la democracia no es el de la igualdad de todos los hombres, sino el de la igualdad política de todos los ciudadanos”.
Pero, en una sociedad cada vez más ignorante y simplista, como la nuestra, la idea de democracia acaba siendo sinónimo de todas las virtudes sociales y morales, convertida en una especie de divinidad multiuso, que, Agustín de Foxá, con su humor burlón, comparaba con el sistema métrico decimal, considerándola un mero procedimiento.
Es cierto que teníamos que superar los excesos de diferenciación social en lo cotidiano que había en tiempos pasados no muy lejanos; pero no había que llegar al compadreo igualitario que hoy vivimos, donde los papeles sociales y los criterios de autoridad, se están desvaneciendo. El irritante tuteo fuera de lugar y ya casi universal, los papás colegas, los profesores majetes, los estudiantes insolentes, los políticos joviales, las familias democráticas, la generalizada falta de tacto y aun de educación: todo es confundir democracia con igualitarismo y éste con echar los pies por alto. Es el igualitarismo de la oclocracia.
Todo esto es la parte irritante y folclórica de la democracia. La parte seria y respetable sería el entendimiento de la democracia como la atmósfera donde es posible la libertad política para quienes, como dice Benoist, “en democracia la libertad es la posibilidad de participar en la definición colectiva de las obligaciones sociales, ya que la cualidad de ciudadano no se agota en el voto”. Y por cuanto “las nociones de pertenencia, ciudadanía y democracia se encuentran ligadas: la participación consagra la ciudadanía que resulta de la pertenencia”.
La democracia: democracia representativa
Hoy, en las democracias liberales la supremacía está concedida a la representación. El poder político, el poder de decisión política, está instalado en los representantes y en los partidos políticos.
“La democracia representativa es de esencia liberal burguesa. Es lo más habitual hoy día. Hasta el punto de que consideramos sinónimos los términos democracia y representación”.
Es claro que la forma representativa, como señala Benoist, es entregar el poder, y casi la soberanía, a las oligarquías políticas, organizadas en máquinas electorales, también llamadas partidos. En cuanto acaba una jornada electoral y el despliegue de toda la cursilería mediática apropiada al caso, los dirigentes de los partidos quedan autorizados a hacer y deshacer lo que les parezca. Por no hablar de las listas cerradas o la disciplina de voto, muestras indisimuladas de una férrea partitocracia.
La democracia: democracia participativa
Hay otra forma de democracia. La democracia participativa (también llamada democracia orgánica o encarnada). Ésta sería –dice Benoist– lo opuesto “a la legitimación liberal de la apatía política, que indirectamente alienta, a su vez, la abstención, dando lugar, al final, a un reino de gestores, expertos y técnicos”, propio de la democracia representativa.
Participar es tomar parte, es probarse a si mismo como parte de un todo y asumir el papel activo que resulta de dicha pertenencia.
ECONOMICISMO
Alain de Benoist añade al liberalismo otro fundamento ideológico, que es más bien una actitud que una doctrina: el economicismo, que describe el carácter intensamente mercantilizado que han adoptado las sociedades occidentales en todas sus manifestaciones.
El liberalismo, dice el filósofo francés, ha convertido al mundo en un inmenso mercado donde todo tiene que ser útil y todo se tiene que poder comprar y vender.
“Con frecuencia observamos que cuanto más se enriquecen las sociedades, más se empobrecen espiritualmente, ya que el clima creado por el liberalismo induce una obsesión economicista que impide a la gran mayoría preguntarse sobre la finalidad de sus empresas y el significado mismo de su presencia en el mundo”, subraya el filósofo.
CAPITALISMO
El capitalismo, que es la forma que adopta el economicismo, viene a ser el correlato del liberalismo, su otra cara. Ambos provienen del mismo entendimiento de la vida; es decir de una visión mercantil, individualista y calculadora.
El capitalismo liberal ha sido bien acogido en las sociedades occidentales porque estaba en profunda consonancia con las mentalidades formadas (durante siglos) en la primacía del individuo (Marcel Gauchet).
Y no sólo eso. “La victoria de la burguesía ha sido la implantación total de la idea de que el crecimiento ilimitado de la producción y de las fuerzas productivas es el objetivo central de la vida humana”. “A esta idea corresponden nuevos valores, actitudes y normas, una nueva definición social de la realidad y del ser” (Cornelius Castoriadis).
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A continuación, para terminar, y dado que no me considero preparado para comentar nada sobre economía liberal, me limitaré a relacionar algunas citas que he entresacado del capítulo dedicado a la economía, titulado La tercera edad del capitalismo, del libro de Benoist que venimos citando:
- Hemos entrado en la tercera edad del capitalismo (contemporáneo), el llamado 'turbocapitalismo', un capitalismo desbocado, cuya principal característica es el extraordinario crecimiento del poderío de los mercados financieros, en detrimento de los Estados, cuyo poder usurpa.
- La dinámica financiera, creciente, aumenta cada vez más la distorsión entre la economía propiamente financiera y la economía real, y también entre el consumidor y el accionista. Y está imponiendo al mundo entero la versión anglosajona del capitalismo.
- Ya no se busca asegurar la continuidad de la industria, sino realizar ganancias en la productividad, si es preciso cerrando unidades de producción que no cumplen las expectativas de rentabilidad de los inversores.
- El paro coyuntural tiende a convertirse en estructural, por el cual, los trabajadores ya no son explotados, sino directamente excluidos del sistema.
- Las grandes empresas industriales no sólo ya no generan empleo, sino que buscan aumentar la producción suprimiéndolo.
- En este capitalismo salvaje de la tercera ola la idea base es que lo social no debe en ningún caso perturbar el juego del mercado. En el mundo de las redes, la justicia social simplemente ya no tiene sentido.
- Los accionistas tienen cada vez más importancia en las empresas. Son ellos, y no los directivos los que reclaman fusiones y despidos para hacer aumentar sus dividendos.
- El dinero circula de una punta a otra del planeta en tiempo cero, movilidad que agrava la impotencia de las pesadas burocracias estatales y acelera su obsolescencia. (260)
- Víctimas del poder creciente y la internacionalización de los mercados, los estados ya no tienen los medios para llevar a cabo una política económica a largo plazo.
- La crítica social tradicional al capitalismo se ha quedado en una concepción arcaica de las formas de dominación. No ha sabido descubrir las formas de alienación características del mundo de las redes (deslocalización, máquinas, protagonismo del accionariado, etc.).
- El mundo laboral ha renunciado a derrocar al capitalismo, limitándose sólo a intentar acondicionarlo o reformarlo. El capitalismo es vivido como un sistema imperfecto, pero el único posible.
Pero el capitalismo no va a poder superar siempre sus propias contradicciones: por ejemplo, no puede evitar que la abundancia misma acabe por perjudicar al mercado, ya que éste funciona sólo en una situación de escasez relativa de bienes producidos.
El sistema del dinero perecerá por el dinero.