En defensa de los embalses de España

Nuestros embalses, construidos con el continuado acuerdo y esfuerzo de varias generaciones de españoles, son, a mi ver, un patrimonio nacional que ningún gobernante debería poder destruir sin el acuerdo de mayorías muy cualificadas...


​​Publicado en la revista El mentidero de la Villa de Madrid núm. 752 (16/MAY/2023), continuadora de Desde la Puerta del Sol. Ver portada El Mentidero en La Razón de la Proa (LRP) Recibir el boletín de LRP.​

Nuestros embalses, construidos con el continuado acuerdo y esfuerzo de varias generaciones de españoles, son, a mi ver, un patrimonio nacional que ningún gobernante debería poder destruir sin el acuerdo de mayorías muy cualificadas, y reiteradas, ya que el daño que se puede estar haciendo al destruirlos costará muchos años, gastos y esfuerzo de reparación. Resulta inaceptable que, sin urgencia que lo obligue, se pueda hacer, como parece, casi de tapadillo, sin explicar ni divulgar sus motivos, sin acuerdo con los afectados, sin respaldo social conocido, dando por cierto que así conviene a no sé qué oscuro designio del actual Gobierno y de quienes lo apoyan.

Además, esa destrucción, en la medida en que se haga, agravará los efectos de la prolongada sequía y del calentamiento global que, según aseguran, machaconamente, nuestros mismos gobernantes destructores, nos espera. Lo previsor y conveniente sería la construcción de más embalses, canales, acueductos y demás infraestructuras necesarias para mantener o mejorar el abastecimiento humano y el de los regadíos. Aunque los humanos estemos inermes ante el clima en sí, causante de la España seca, podemos paliar sus habituales e indeseables efectos en nuestro ecosistema. Para ello contamos con la ayuda del relieve, otro elemento de nuestro entorno físico cuyos valles facilitan la construcción de presas y embalses.

Esto es lo que se viene procurando, desde hace milenios, en la medida en que los medios técnicos y demás posibilidades lo permitían. De ello quedan testimonios en los muchos, y en ciertos casos monumentales, acueductos romanos (Segovia, Tarragona, Zaragoza, Sevilla,...), así como en sus presas, embalses, etc.; y algo parecido puede decirse de los azudes, albercas, pozos, aljibes, canalizaciones y demás obras construidas por el Islam peninsular, que consideraba el agua un bien sagrado. Y un valor especial, si no sagrado, parece atribuirle Kaltofen al referir la escena en que Pablo de Olavide, superintendente de las obras de repoblación de Sierra Morena dispuesta por nuestro rey Carlos III, oye las voces de «¡agua, agua!», cuya carencia lo atormentaba, y al enterarse de que no eran de exigencia, sino de alegría y celebración porque, al fin, la habían obtenido en un pozo, dice emocionado a su paje: «¿sabes tú lo que significa agua para España.. ? Todo... El problema del agua decidirá un día el destino de España...»[1].

Teniendo presente esta realidad, parece evidente que en lugar de destruir nuestros actuales embalses, deberían construirse otros en cantidad suficiente para que, durante los años de vacas gordas, o lluvias abundantes, se pudiera almacenar agua con la que remediar la escasez de los años de sequía, o vacas flacas. Porque el agua, además de ser alimento humano, es un medio para ir superando el riesgo de malas cosechas, con la pobreza, hambre y sus demás penosas secuelas. Se podrían ampliar los cultivos de regadío, ese bien por cuyo disfrute sacaban pecho quienes lo tenían, en las orillas de los ríos, ante quienes carecían de él, que con estas obras se van redimiendo. Es una forma de aprovechar que, como dice la antigua sentencia latina (Natura vincitur parendo), a la Naturaleza se le puede vencer (o controlar) obedeciéndola. Ocurre que el ser humano es un elemento del ecosistema, y en la medida en que es en él dominante, lo modifica y adapta a sus necesidades y/o preferencias. El resultado es un nuevo ecosistema, que se estima mejor que el sustituido. Esto es lo lógico, y no el volver a cuando no había embalses. Como dice Kormondy, ningún ecólogo propugnará «el retorno a situaciones pasadas o el mantenimiento del statu quo», ya que ello «significaría contradecir uno de los principios básicos de la ecología: el cambio dinámico y adaptativo»[2].

En este dinamismo intervienen muchos elementos, y son muchos los cambios ecológicos producidos sin la intervención humana. El territorio de casi toda España estuvo en otras épocas ocupado por un mar. Yo he visto en La Rioja abundantes fósiles de animales marinos y, así mismo, huellas de dinosaurios impresas en rocas que antes parecen haber sido arcillas pantanosas. Si el cambio ecológico se produce por fuerzas no controladas de la Naturaleza puede ser bueno o catastrófico. Pero si es el ser humano quien intencionadamente lo produce, parece lógico que el cambio represente para él un bien. Basta pensar, ampliando un poco nuestro enfoque, en el vergel logrado en el anterior desierto por Israel, en el terreno ganado al mar en Holanda, con sus pólders, o, sin ir más lejos, en la similar ganancia de tierra de cultivo en la regada huerta de Valencia. Ahí tenemos también, con los avances tecnológicos, el rentable mar de plástico de los invernaderos regados almerienses. La disponibilidad de agua, que condiciona la forma de hábitat concentrado o disperso, es decisiva para que en el medio rural pueda instalarse y vivir un pueblo.

Resulta ahora que la España vaciada, en cuyo supuesto favor se ha clamado tanto, ha de sufrir, sin explicación aceptable, la privación de posibilidades y medios de vida, que ya tenía, en lugar de adquirir otros. Es probable que se pueda mejorar la administración del agua, con el gota a gota y otras modernas técnicas de riego, pero no será eliminándola. ¿No se puede procurar un fluir suficiente y continuo de los ríos, dejando para ello adecuada salida en las presas de los embalses? En todo caso, parece evidente que las presas construidas para éstos, además de almacenar la valiosa agua sobrante, servirán siempre para evitar las catástrofes de las riadas, e incluso para remediar, en algún caso, estiajes extremos y fatales para la fauna acuática de los ríos afectados. Resulta así que el evitar o potenciar los efectos que pueden causar ciertos fenómenos naturales e incontrolables es responsabilidad compartida, meritoria o culpable, de los humanos que toman unas u otras decisiones[3].

Y en este mismo sentido, soñando una utopía que, como tantas otras, podría dejar de serlo, diría yo que si en España hubiera suficientes embalses, con captura de aguas sobrantes vertidas al mar y un plan hidrológico nacional adecuado, la evaporación de agua podría llegar a producir cierto alivio climático, con lluvias lo bastante copiosas para muchos cultivos; con un alivio de la contaminación, así lavada, en las ciudades; con un calentamiento menos intenso y una continentalidad climática menor, dada la más lenta variabilidad de la temperatura en el agua; y con varias otras posibilidades. Soñemos, pues... con el mazo dando.


[1] KALTOFEN, R. A. (Traducido del alemán por Emilio Huidobro de la Iglesia): Por trescientos reales. Espasa Calpe, Madrid 1944, Cap. 23, p 125.

[2] KORMONDY, Edward J.: Conceptos de ecología. Alianza, Madrid, 1975, p 246.

[3] Ver en este sentido TERÁN, Manuel de: La causalidad en Geografía Humana. Determinismo, posibilismo, probabilismo. "Estudios Geográficos" 67-68, Madrid, 1957, pp. 273- 308.




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