El trono de viruta

28/10.- Ante la desaforada rabia antiespañola de la banda de Sánchez y sus socios separatistas, cierta derecha moderadamente enérgica y prudentemente indignada ha comenzado una campaña de reivindicación de la monarquía como tabla de salvación.

Publicado en el número 26 de 'Somos', de octubre de 2020. En la sección Colaboración. Firmado por José Luis Antonaya. Editado por la asociación cultural Avance Social. Ver portada de la revista 'Somos' en La Razón de la Proa. El autor es articulista y poeta, colaborador habitual en diversas publicaciones, entre ellas 'Somos'. Publica sus artículos y poemas en su blog Signatussignatusblog | @signatusblog

El trono de viruta

En los últimos tiempos, ante la desaforada rabia antiespañola de la banda de Sánchez y sus socios separatistas, cierta derecha moderadamente enérgica y prudentemente indignada ha comenzado una campaña de reivindicación de la monarquía como tabla de salvación de su tranquilidad digestiva.

Los forofos de la pandilla borbónica llenan sus perfiles en las redes sociales de aguerridos retratos del Supremo Jefe de Atrezo de las Fuerzas Auxiliares de la OTAN antes conocidas como Ejército español.

Ya saben, el hijo de cierto campechano comisionista de los chiringuitos saudíes que Franco –que también cometió errores– nombró sucesor.

Estos retratos suelen estar recargadamente decorados por banderitas constitucionales y frases de rendida devoción monárquica que parecen sacadas de Sisí Emperatriz o, en ocasiones, de una peli de Cantinflas.

Los más graciosos son los que ponen al augusto marido de la periodista junto a un politiquete con ínfulas de jabalí pero que no pasa de marranillo (valga la inocente metáfora, señoría) y que, a pesar de su aspaventera pose “guerrera”, no hizo ni la mili.

Los verdosos y neoliberales fans del político en cuestión deberían reparar en que, al exhibir juntos los dos retratos, degradan a su admirado soberano al papel de comparsa en un dúo cómico de tercera. Aunque es improbable que quien no ha tenido reparos en atribuirse como propia una frase de Ramiro Ledesma o de bautizar a su chiringuito ultraliberal con el nombre de una asociación cultural patriota de los años ochenta tenga algún remoto resto de sentido del ridículo.

Si un hipotético observador que hubiese permanecido en coma los últimos cuarenta años despertase de pronto y viera estas publicaciones podría llegar a pensar que España tiene un jefe de Estado decidido, valiente y trabajador. Esta ilusión no tardaría en desvanecerse con un simple vistazo a la actualidad política de nuestra Patria, gobernada por la banda de inútiles y revanchistas sobre los que se aúpa el psicopático ego de un mediocre devenido en presidente de Gobierno.

Es muy cierto que el Gobierno de España tiene una composición a medio camino entre la chirigota, la charlotada y el Circo de los Horrores. Esto es algo que saben hasta los negros subsaharianos de color.

Pero lo más triste, desgarrador y desesperante es que, enfrente, en ese patio de Monipodio en el que, según los ingenuos y los cínicos, reside la soberanía nacional, el ganado que hay es muy similar en falta de trapío, flojera de remos y querencias de manso al que posa sus haraganas nalgas en los bancos azules.

Y no, la solución para que esto deje de ser un puticlub no es apoyar a la dinastía que trajo a las putas (dicho sea, metafóricamente y sin ánimo de señalar, señoría). 

Hemos llegado a tal grado de ruina, degradación y pobreza –intelectual y de la otra–, que ya sólo cabe hacer borrón y cuenta nueva para desfacer tanto entuerto.

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