El motorista

10/ENE.- Se comentaba que los presuntos ministrables se comían las uñas de impaciencia, esperando oír el rugido de la moto con matrícula PMM, y, una vez entregado el sobre oficial, era recibido y abierto con el natural alborozo...


​Publicado en la revista El mentidero de la Villa de Madrid núm. 711 (10/ENE/2023), Ver portada El Mentidero. en La Razón de la Proa (LRP). Recibir actualizaciones de LRP.

A diferencia del resto de mi familia, soy renuente a comprar vía Internet, aunque me llamen anticuado. En primer lugar, porque nunca puedes tener la seguridad de que lo adquirido esté ajustado a tus expectativas, sea por las medidas, la calidad, el material de fabricación o por cualquier otra característica que quedara disimulada en las fotos de propaganda; claro que en las elecciones suele ocurrir lo mismo con los candidatos…

Hay una segunda razón de no acudir a ese tipo de compras (me refiero a lo de Internet, no a la política), y es que, como el ejemplo ha cundido entre los hijos ya casados, ves convertido tu domicilio en una especie de plataforma logística donde se van recibiendo paquetes a cualquier hora del día; por ejemplo, mientras escribo estas líneas, dos mensajeros me han hecho depositario de sendos bultos, ninguno de los cuales –como es natural– va dirigido a un servidor.

Los transportistas cumplen su cometido, por supuesto, y no me quejo de ellos, pues no se puede matar al mensajero por una costumbre tan extendida y que día a día gana adeptos. Pulsan el timbre del interfono y pueden desconcertarte unos momentos, pues no esperabas visitas. Su papel viene a ser, salvando las distancias, el que, según mis mayores y las leyendas urbanas del franquismo, cumplía aquel motorista de El Pardo, encargado de comunicar a domicilio los nombramientos y ceses de ministros y otros cargos durante la Oprobiosa (según expresión de Adolfo Suárez, antiguo Ministro Secretario General del Movimiento, para más inri).

Se comentaba que los presuntos ministrables se comían las uñas de impaciencia, esperando oír el rugido de la moto con matrícula PMM, y, una vez entregado el sobre oficial, era recibido y abierto con el natural alborozo. Por el contrario, quienes, en plena ocupación de su cargo, recibían al motorista de improviso, ya sabían que se trataba de su cese, seguido de la consabida fórmula de agradecimiento por los servicios prestados.

Claro que eso ocurría durante aquel Régimen, pues ahora me da en la nariz que, de manera más campechana y democrática, los nombramientos se reciben por una llamada telefónica personal del gerifalte de turno, ya que se trata de incondicionales amigos del partido a quienes es debido promocionar; y eso sin tener excesivamente en cuenta currículums profesionales y académicos, conocimientos sobre el tema encomendado o capacidades diversas con las que hacer frente al cargo en cuestión. Sería injusta la generalización, pero hay demasiados casos en que no es precisamente la idoneidad profesional o la inteligencia natural la que ha privado a la hora del nombramiento, y ello es notorio para muchos españoles que piensan.

¿Sería posible restaurar el oficio y misión de aquellos motoristas de la leyenda? Si fuera así, tal como está la situación, deberían tener un plus por horas extras. Los domicilios de varios detentadores/as de carteras en el gobierno Frankenstein de nuestros pecados serían los primeros objetivos, por haberse probado con creces la inutilidad y/o la malignidad política de sus actuales ocupantes. El problema es quién enviaría a los susodichos motoristas, pues –en opinión personal, intransferible y legítima– el primer destinatario del cese vía motorista sería el propio Presidente del Ejecutivo.

La vía de comunicación motorizada podría ampliarse a diversas comunidades autónomas. Para no entrar en detalles, me centro en la mía, y desearía de todo corazón que el motorista llevara el cese –sin agradecimiento por ningún tipo de servicio prestado– a todo un Govern que sigue empecinado en proseguir el procés y no se dedica a gobernar para la mejora social, política y económica de esta sufrida Cataluña. En lo tocante a los Consistorios, también escribiré de lo que veo y conozco como paseante en cortes, y desearía que el motorista pusiera casi fijo su GPS en la Plaza de San Jaime de Barcelona, quizás único medio de que mi ciudad volviera a ser aquella referencia cultural, alegre, abierta y limpia –en todos los aspectos– para el mundo circundante.

Es evidente que el papel que antaño se asignaba al motorista –siempre según las consejas populares y los chismes políticos de aquellas épocas– lo tienen que desempeñar hogaño los votos; es decir, que corresponde a los ciudadanos subirse a la moto para depositar ese papelito en una urna, que pueda variar la actual situación.

Uno es bastante desconfiado al respecto, todo hay que decirlo, sobre todo después de haber leído ad nauseam que la mayor audiencia de las campanadas de fin de año la tuvo la cadena que presentaba a una señorita portadora de mensajes solidarios bajo la tienda de campaña de su vestimenta original…

Quizás los motoristas actuales, encargados de llevar a domicilio ceses y nombramientos, deberían pasar antes por una amplia y generosa terapia de verdadera educación cívica, de informaciones claras y honestas y de conocimiento profundo de lo que es y debe ser España.




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