El arma del miedo

El miedo ya no se impone desde estructuras represivas de los Estados. Ahora, lo que priva es ese totalitarismo democrático, que mantiene en perpetuo estado de alarma a las poblaciones.


Publicado en la revista Lucero, núm. 150, 1er trimestre de 2023. Editado por la Hermandad Doncel - Barcelona | Frente de Juventudes. Ver portada de Lucero en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín de LRP.

Permítanme que no caiga en la tentación de escribir sobre ese engendro legal que es la ley del “solo el sí es sí”, que ocupa las cabeceras y los titulares de los medios de difusión en estos días, postergando curiosamente la trascendencia y peligrosidad del proyecto de derogación de los delitos de sedición y malversación, verdadero atentado jurídico de cuya gravedad traté en mi artículo anterior (¿o acaso el escándalo destapado con la suelta de agresores sexuales es una cortina de humo para tapar lo otro?).

No me centro tampoco en el caso de España: creo que, sin exagerar, la estrategia del miedo se está aplicando en todo el mundo occidental, bajo el influjo de un mismo Sistema. Tiene como principal instrumento a los medios de difusión (me resisto a llamarlos “de comunicación”), pero sospecho que obedece a una estrategia cuyas directrices nos permanecen ocultas. Por lo tanto, no matemos al mensajero, aunque no está de más que destaquemos su importancia; ya sabemos que nunca es noticia que un perro ha mordido a una persona, pero sí lo sería si el incidente fuera a la inversa.

Las noticias alarmistas aparecen por doquier, y, en muchos casos, también suelen desaparecer con la misma rapidez, para ser sustituidas por otras del mismo patrón. La cuestión es que la población vive perpetuamente en vilo, con especial incidencia en los más sugestionables y no digamos en los que presentan rasgos de paranoia; el contagio es irremediable con el boca-oído.

Ocupan un primer lugar las informaciones relativas a la salud. En concreto, las relacionadas con el maldito virus de la covid (cuyo origen, por cierto, permanece en el más ominoso secreto); cada nueva ola suele ser presentada de forma casi apocalíptica, hasta el punto de que última -o penúltima- ya ha sido bautizada como “pesadilla”. Aclaremos: no es cuestión de bajar la guardia ante una realidad que ha sido catastrófica y, en muchos casos, presenta rasgos de gran peligrosidad para muchos sectores de la población. No obstante, la táctica parece ser reiterarnos que vivamos todos bajo una especie de espada de Damocles, cuyo hilo sostienen, por cierto, las dignísimas autoridades… aconsejados siempre por expertos desconocidos.

En paralelo, se nos van presentando -y luego obviando o silenciando a continuación- otras posibles epidemias de enfermedades casi olvidadas o de nuevo cuño; en la mayoría de los casos, se trata de afecciones de reducidos y concretos alcances y propagación, pero son presentadas con presuntas evidencias de una amenaza común. Como en el caso anterior, de banalizar o silenciar casos médicos a elevarlos a cabece-ra de los medios hay un gran trecho.

También, constantemente se nos anuncian casos de fuerte riesgo ante ciertos medicamentos de uso habitual; una partida defectuosa -accidente anecdótico- puede ser la causa de la urgente retirada del mercado del producto; a estas alturas, un simple dolor de cabeza supone una duda casi cartesiana de si es prudente echar mano del paracetamol, de la aspirina común o del nefasto ibuprofeno. Como en el caso anterior, solemos pasar del don Juan al Juanillo, es decir, del abuso de fármacos al recurso de acudir a remedios caseros de poca o nula eficacia.

La alimentación es objeto constante de consejos de la autoridad, normalmente en casos que se comprueban más tarde como trucos de la competencia o con coartada ecológica; a estas alturas, puede que debamos rellenar instancias para que aprueben qué podemos o no poner en nuestras mesas…

El miedo también se inculca, cómo no, a partir de los conflictos bélicos; así, la guerra de Ucrania está sirviendo constantemente, aparte de provocar una curiosa unanimidad en los países bajo la égida influencia de los Estados Unidos, para suscitar estados de alarma constantes; la última prueba ha sido la del misil caído en territorio polaco, incidente que fue presentado, de antemano con constantes alusiones al artículo 4º del tratado de la OTAN, como muestra de las intenciones agresivas del agresor, de la humildad e inocencia del agredido, haciendo ver que es la paz de toda Europa la que pende de un hilo. Por el contrario, los asesinatos aislados de viandantes o actos de violencia con varias víctimas son presentados, de forma inicial y preventiva, como producto de seres con facultades intelectuales dudosas, y nunca como posibles atentados terroristas, con ocultación manifiesta de las señas del agresor.

Y dejemos para el final la repetición machacona del apocalíptico “cambio climático”, nunca presentado oficialmente como formando parte de un ciclo natural más, ante el que poco o nada puede hacer el ser humano. Elevado a dogma casi religioso (o sin el casi) tiene, además, sus sacerdotes y sacerdotisas, como el desprestigiado Al Gore o el ininterrumpido estrellato de Greta Thumberg.

El miedo ya no se impone desde estructuras represivas de los Estados; quedaron en la historia siniestras policías secretas, milicianos o atrabiliarios tribunales para los disidentes. Ahora, lo que priva es ese totalitarismo democrático, que mantiene en perpetuo estado de alarma -y de silencio frente a las verdades oficiales- a las poblaciones. Seguridad es una palabra-talismán, y, ante su mención, sucumben la libertad, la razón, la capacidad de crítica y el sentido común. La cuestión es mantener sumisas a las gentes…




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