Festivales, jurados y tendencias

8/FEB.- ¡Menudo follón se ha formado con lo ocurrido en el Benidorm-Fest y la elección de quien habrá de representar a España en el próximo Festival de la Canción de Eurovisión!

Claro que tampoco hemos de sorprendernos mucho porque para cualquier observador medianamente avispado ya se veía venir la cosa desde algunos días antes. Desde dos sectores perfectamente definidos se mostraban, sin ningún recato, las preferencias por dos opciones. Una la del feminismo y otra la de las «lenguas cooficiales».

Vaya por delante no solo que no tengo objeción alguna a que la canción que nos represente lo sea en español, gallego, catalán, vascuence o bable. Es más, me agradaba sobremanera, por mi entrañable vinculación con Galicia, que la lengua de Rosalía estuviera presente dentro de unos meses en Turín.

Pero la cosa empezó a torcerse cuando se hizo bandera de estas opciones y se intentara mediatizar a la opinión pública para que, en función de sus tendencias, se decantara por una de ellas con tintes partidistas. Y las previsiones se cumplieron. Al no resultar elegida ninguna de esas dos interpretaciones se cargó contra la organización y contra el jurado.

Y al final no resultó elegida ni la canción de «la teta», ni la del conjunto que se dirigió a «todos, todas y todes». Y eso desató la tormenta sin respeto a las normas, a las reglas o a los demás participantes. Incluso parece que, por parte del sector de Irene Montero, se olvidó que la ganadora era una mujer o no se le dio la relevancia que merece. Y se llega al extremo de que Comisiones Obreras requiere a RTVE que «deje sin efecto» su triunfo.

Es posible que el sistema de selección sea perfeccionable. Pero el que había era el que había y, de forma tácita o expresa, los participantes lo habían aceptado. Ahora bien, parece que esas conformidades previas se caen cuando los resultados no son conformes a los deseos de cada uno.

Los componentes del jurado, si han sido elegidos honesta y objetivamente en virtud de acreditados conocimientos del asunto que se ha de evaluar y han actuado también con objetividad e imparcialidad, merecen el máximo respeto. Como lo es el hecho de que otra parte de los votantes lo sean de una muestra de 350 personas en este caso, si también han sido seleccionadas rigurosamente. Pero en esa parte del público en general, que manifiesta sus preferencias por medio de mensajes o de llamadas es donde cabe hacer algunas matizaciones.

Cuando las votaciones de este sector son libres, ¿se verifica de alguna manera que no vote varias veces la misma persona? Porque bien se puede hacer desde diferentes teléfonos. Y, por otra parte, aquí cabe la posibilidad de que el voto no sea emitido porque se considere a una determinada canción como la mejor o la más idónea, en tanto en cuanto canción, para representar en el festival a España, sino por la vinculación con un determinado hecho geográfico o de una tendencia.

Cabe presumir que la mayoría de las personas que votaron, por ejemplo, desde Almería. Murcia o Don Benito lo hicieran porque consideraran que la canción elegida por ellas era la mejor o, sencillamente, porque era la que más les gustaban sin estar considerar ninguna otra circunstancia o tendencia política.

Pero también es muy posible que desde Galicia se votara masivamente a la canción de Tanxugueiras, independientemente de su estética o posibles valores musicales o artísticos, para ver representada a la patria chica en Eurovisión. Y que otras personas votaran a la de Rigoberta Bandini por el pretendido significado feminista de su letra.

Hay quien clama por la modificación de las normas del concurso y de la naturaleza del jurado. Pero consideramos que, en virtud de los argumentos expuestos, habría que replantearse el sistema de selección de los otros dos sectores, especialmente el de las llamadas y los mensajes. No siempre la mayoría acierta o tiene la razón.

Y, en todo caso es nuestra opinión, sin ser ni mucho menos expertos en cuestiones musicales, si se trata de un festival de la canción, en donde actualmente parece que prima más la coreografía o la parafernalia que acompaña a los intérpretes, han de prevalecer los aspectos musicales y artísticos sobre otros, sobre todo si éstos son de tipo ideológico, partidista o político.




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