La primera vez

9/03.- «La razón la hallará usted en la primera vez que olvidó su ministerio, cuando dejó de aplicar los principios de la ley y la justicia y se dejó llevar por la obediencia debida a las directrices del partido. Ahí comenzó todo. Esa primera vez fue la semilla que engendró esta tragedia».

​Publicado en la revista Desde la Puerta del Sol, núm 427, de 9 de marzo de 2021. Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa. Recibir actualizaciones de La Razón de la Proa.​

La primera vez

Hacia los años sesenta del siglo pasado fue presentada en España la película estadounidense Vencedores o vencidos, grande entre las de su género, que aborda un aspecto de los juicios de Nüremberg. La traigo a colación para recordar el breve diálogo que mantienen el presidente de sala (Spencer Tracy) con uno de los jueces acusados (Burt Lancaster), una eminencia en su oficio que, a la vista del desarrollo de los acontecimientos aún se preguntaba cómo se había llegado a la presente situación. Entonces el señor juzgador, un juez que estaba retirado, pero había sido designado para presidir el acto, le contestó: «La razón la hallará usted en la primera vez que olvidó su ministerio, cuando dejó de aplicar los principios de la ley y la justicia y se dejó llevar por la obediencia debida a las directrices del partido. Ahí comenzó todo. Esa primera vez fue la semilla que engendró esta tragedia». Escribo de memoria, así que es posible que los términos que utilizo no sean los del filme, pero valen, o pueden valer, para la inteligencia del guion, que, por cierto, consiguió el Oscar, entre otros premios.

No es este un espacio para hablar de cine, pero algunas veces conviene retrotraerse a escenas difícilmente superables para ilustrar un artículo. Como en esta ocasión. Porque en aquellas palabras dichas en la soledad de una celda, cara a cara entre dos jueces, uno condenado y otro obligado a dar explicación de unos hechos, se encierra todo un mundo de verdad, dígase en beneficio de quienes lo quieran entender. Es una charla impresionante, que obliga necesariamente a plantearse la flaqueza del ser humano que, siendo hombre de bien, y reconocido, cede ante el espantajo de una política que en su fuero interno «sabía» que era asesina, aunque no conociera los hechos concretos que en el juicio se desvelan. Entonces, asombrado y perplejo, cae poco menos que de hinojos ante la denuncia sencilla pero contundente: la primera vez. Sí, siempre hubo una primera vez. Desde siempre, desde que Caín mató a su hermano, se han sucedido las primeras veces. Y así está el mundo.

La situación de la Alemania nazi es abrumadoramente conocida. El cine, los libros y los testimonios directos e indirectos proporcionan tal montaña de material que los historiadores se han encargado de examinar, y están, todavía, inmersos en esa tarea. Pero ese mal, es decir ese régimen perverso duró una docena de años y procede añadir que fueron demasiados. Pero aquello pasó. Hoy el mundo se debate bajo otros supuestos, técnicamente más avanzados, y el fantasma de una guerra no se contempla en los noticiarios ni las tertulias. Hoy se vive para la paz, aunque nadie se pregunte qué cosa es esa tan identificable con el sillón mullido y la pantalla de televisión, las vacaciones del verano y algunos saldos bancarios, a saber. Dicho de otro modo, hoy se vive para la mentira. Nadie repara en que la somnolencia que nos rodea acabará por engullirnos, como la vorágine del agua ante el sumidero. Eso es un error mayúsculo. El gran error de nuestra sociedad tranquila y satisfecha, y todos sabemos que los errores se pagan, Pero vamos a lo que vamos.

Vamos a la primera vez. Vamos a esa primera concesión que nuestros políticos hicieron a los que conspiran para hacer desaparecer España. Vamos a aquellas primeras alianzas que sostuvieron nuestros gobernantes con gente indigna por tal de mantenerse ellos en las poltronas del poder. Nada tienen que ver en esto las siglas, que las hubo rojas y azules, sino que unos y otros sucumbieron por el goloso placer de mantener el bastón y el entorchado, como les mandaba el partido que obedecían, y ahí se gestó el virus, en ese caldo prevaleció y en ese líquido infesto se hizo grande, sin que nadie, de entre los millones de asistentes al drama de la nación que se suicida, abandonara su cómodo asiento, donde contemplaban las memeces de un «Sálvame» cualquiera. Ahí, en ese momento, hizo su aparición el asesino de la historia, que pocos advirtieron y ninguno obró para contener su avance. Esa fue la primera vez en esta España nuestra. No hará falta que venga ningún juez jubilado de otro país a pronunciar la terrible frase; la tenemos aquí, sobre la mesa.

Porque lo esencial en esta clase de comentarios es no olvidar que el interés de una parte, debiéramos decir de un partido, por muy respetable que sea, no puede prevalecer sobre el del todo social que rige a la nación. Hoy no se suele decir la patria, pero esa es otra equivocación, que habrá que pagar en tiempos venideros. Mientras tanto, vayamos al cine. Veamos películas como la que he citado al principio y saquemos enseñanza de ese cada día más raro deporte. Tal como están las cosas hasta puede ser la primera vez que lo hagamos.

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