Semblanzas

¿Hubo alguna vez cine falangista? (II)

Me ocuparé ahora de un director fundamental de nuestro cine, autor de una de las obras maestras, sin duda, del mismo y que nunca dejó atrás su ideal falangista, José Antonio Nieves Conde. Hablar del cine de Nieves Conde es hablar de un exponente muy relevante de la huella de los ideales falangistas en nuestra historia del cine...


Publicado en primicia por Sevillainfo el 6/03/2020. Recogido por Gaceta de la FJA, núm. 333, de junio de 2020. Ver portada de la Gaceta FJA en La Razón de la Proa (LRP). Recibir boletín semanal de LRP (servicio gratuito).

¿Hubo alguna vez cine falangista? (II)


José Antonio Nieves Conde, nacido en Segovia en 1911, era ya falangista en el momento de estallar la guerra civil. Seducido por el discurso fundacional de José Antonio, se afilió a la Falange en 1933, aunque pronto se mostrará crítico con la forma que tomó el levantamiento militar de Franco o el asesinato de García Lorca, sobre el que escribió un artículo polémico y que le procuró problemas en su día.

Este hecho y sus profundos e insobornables ideales sociales extraídos del falangismo joseantoniano no le ayudaron en su carrera cinematográfica, que, muy al contrario, estuvo plagada de problemas con la censura. 

Marchó al frente, al producirse el Alzamiento Nacional, como voluntario falangista, alcanzando el grado de alférez provisional de Infantería.

Se podría decir que fue un director atípico. Comenzó en el cine en los años cuarenta como ayudante del gran Rafael Gil, uno de los mejores directores de esa época clásica del cine español (realizó películas como El hombre que se quiso matar o La señora de Fátima, quizá la mejor muestra de cine religioso español y una metáfora del dilema catolicismo frente a comunismo, simbolizado por aquellos que descreen del milagro). 

Su militancia falangista le llevó a realizar en aquellos años un cine social inspirado por los ideales joseantonianos muy alejado de lo que se venía rodando. Encuadrado junto a la generación de los renovadores del nuevo cine social español, su falangismo fue calificado simplistamente como “de izquierdas” y se manifestó en toda su crudeza en una de las mejores películas de la historia del cine español, Surcos (1951), un film que podría considerarse adscrito al neorrealismo y que le supuso un enconado enfrentamiento con las autoridades de la época, tanto civiles como eclesiásticas.

Auténtica obra maestra de nuestro cine patrio, un guion de Eugenio Montes (a la sazón embajador de España en Portugal) fue transformado por el también falangista Gonzalo Torrente Ballester, autor de Los Gozos y las Sombras, en una muestra depurada de las ideas sociales del falangismo joseantoniano, como, por ejemplo, sobre el urbanismo desaforado y sobre cómo la ciudad debe cumplir una función y admitir personas dentro de ella solo hasta un cierto límite. 

Para ello, se vale de la historia de una familia de pueblo (los Pérez), que ha vivido toda su vida pegada al terruño, al campo y que allí, a pesar de la dificultad de ganarse la vida, permanecía unida, que es seducida por los cantos de sirena de la gran ciudad, en este caso Madrid, pensando que, como el hijo mayor les hace creer, allí es fácil ganar dinero y prosperar, no como en el campo donde la vida es dura y difícil. El descenso a los infiernos a que se ve abocado esta familia (engaños, explotación, pobreza, delincuencia, hacinamiento en viviendas miseras, sumisión sexual por dinero…) es lo que nos va mostrando Nieves Conde con una dureza inusitada para aquella época.

Finalmente la familia, derrotada, vencida por la gran metrópoli, vuelve al pueblo del que, quizá, nunca debió salir, en un tren que simboliza la huida y el retorno a la tierra, a las raíces, a lo auténtico, a lo que les define y donde pueden ser ellos mismos; aunque en el guion original, en un final censurado y que no apareció en la película, el personaje de Tonia, interpretado por la gran Marisa de Leza, amancebada con un nuevo rico mucho mayor que ella, don Roque (Felix Dafauce), saltaba del tren para volver a la ciudad.

Nieves Conde contaba así la génesis de la película: «Mientras rodábamos Balarrasa (que, como Surcos, fue declarada de interés nacional, y que es un claro ejemplo del cine religioso de la época), me presentaron una historia que era más bien arnichesca, pero con la intervención fundamental de Gonzalo Torrente Ballester, la transformamos en un planteamiento social… Surcos se preparó de una forma que hoy ya es costumbre en el cine francés e italiano: la previa información. Recogimos fotografías y entrevistas durante más de un mes, y vestimos a los actores con las verdaderas ropas que utilizaban los habitantes de los suburbios… Hasta las escenas exteriores están rodadas con sonido directo». 

Todo ello nos ofrece una visión de la realidad de la sociedad de la época, desacostumbrada, inédita cabría decir, en el cine de aquellos años y que, a pesar de algún corte como el señalado más arriba por motivo de la censura, sorteó estos escollos para mostrarnos un contenido social muy duro. A pesar de ser muy contestado por los poderes civiles y religiosos (la Iglesia la calificó como “película gravemente peligrosa” lo que le restringió en un principio su alcance), vio la luz, ganando desde un principio reconocimientos y premios.

Sin embargo, el futuro en el cine de Nieves Conde quedó marcado para siempre por la polémica que provocó esta película, que, paradójicamente, recibió la categoría defilm de interés especial por encima de una película como Alba de América, una superproducción de CIFESA, dirigida por otro grande, Juan de Orduña, que iba mucho más en la línea de lo que la censura imperante quería para el cine de la época, pero que acabó con la dimisión del a la sazón director general de cinematografía, Pío García Escudero, y con la censura vigilando con lupa, y ya para siempre, al director.

Cinco años más tarde, en 1956, llegó Todos somos necesarios, otra magnífica muestra del cine social-falangista marca de la casa y que podríamos calificar como fabula anti-capitalista.

En ella, los protagonistas, tres presidiarios que dejan la cárcel una vez cumplida su condena, emprenden un viaje en el que enfrentan un gran dilema moral. Uno de los expresidiarios es un médico (Alberto Closas) requerido para que realice una operación de emergencia. La víctima es un niño abandonado a su suerte por su padre, un hombre de negocios cínico y corrupto a todos los niveles, incluido el moral, para el que solo hay una realidad, el dinero. Por contra, los protagonistas, a pesar de su condición de expresidiarios, son seres sentimentales, aunque de mentalidad nocturna y culpable que, tras despertar a la conciencia social alcanzada en la cárcel, se enfrentan nuevamente al rechazo y la hipocresía de la sociedad, donde los más respetados, los ricos e influyentes, son más delincuentes de lo que ellos mismos nunca han sido.

Una nota característica que permite diferenciar en esta y otras películas del director su calificado, de manera simplista, izquierdismo falangista, a diferencia de otras muestras de cine social, es la espiritualidad y la religiosidad marcadamente católica (sobre todo en Balarrasa, una de sus películas más conocidas), a través de la presencia de la figura del sacerdote.

En Todos somos necesarios vemos el contraste entre el egoísmo y amoralidad de los hombres de negocios (no hay otra moralidad que la que se encierra en una caja registradora…) o la cobardía de los que no tienen valor para enfrentar su destino, y el natural instinto de bondad del género humano, que se ve corrompido por la necesidad, la sociedad y el dinero.

Nieves Conde hace afrontar a los expresidiarios protagonistas un dilema moral enfrentados al cual, deciden dejar a un lado el egoísmo y cooperar en la salvación del niño enfermo abandonado por el rico egoísta. 

La conclusión es ambigua porque el coraje del expresidiario, que finalmente salva al niño, y que es recibido en principio con gratitud por el pueblo, más tarde, cuando hay sospechas en el tren donde viajan de que ha ocurrido un nuevo robo, es respondido por ese mismo pueblo pidiendo la horca…


Otras películas señaladas de Nieves Conde fueron Los peces rojos (una intriga psicológica con ribetes de cine negro, y quizá su mejor film, junto a Surcos) o El inquilino, otra muestra del cine social inspirado por el falangismo militante de su autor, aunque en esta ocasión revestido de humor para soslayar problemas con la censura, los cuales de todas formas no pudo evitar, exigiéndole que realizara cambios y retrasándose por ello su estreno en varios años.

En ella Fernando Fernán Gómez es un padre de familia luchando por encontrar un hogar ante el inminente derribo del domicilio donde habitan, mostrando, por un lado, los balbuceos de una especulación urbanística que se convirtió en un mal de nuestro tiempo, pero también, y al mismo tiempo, la solidaridad entre los iguales, presente en muchas de las películas del director.

Falangista hasta el final de sus días, Nieves Conde nunca renegó de su ideología hasta su fallecimiento en 2006, con 94 años.


Continuaré hablando del cine inspirado por el falangismo en una próxima entrega en que hablaré de las películas dedicadas a la División Azul.

Todo ello para responder la pregunta que da título a esta serie de artículos: ¿Hubo un cine falangista?


Para saber más:


Coloquio sobre la película Surcos, en Historia de nuestro cine (grabado en 1996). Participan José Luis Garci, José Ramón Sánchez, Miguel Marías y Juan Tebar

Coloquio sobre la película Surcos, en Versión Española (grabado en 2014). Participan Cayetana Guillén Cuervo, Marisa de Leza (protagonista de Surcos), Icíar Bollaín y Luis Goytosolo