JOSÉ ANTONIO

La novedad agradecida

Nuestro sitio, pues, está fuera, sí; pero porque el pensamiento de José Antonio nunca ha perdido su novedad. Y lo nuevo no suele ser bien acogido, porque rompe esquemas y moldes acomodaticios, sobre todo por parte de quienes detentan el poder.


​Publicado en Gaceta de la Fund. José Antonio (FJA), de marzo de 2024. Ver portada de Gaceta FJA en La Razón de la Proa (LRP). Solicita recibir el boletín semanal de LRP.

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La novedad agradecida

En las elecciones celebradas en febrero de 1936, la Falange no obtuvo ningún diputado. En marzo de ese año, José Antonio fue detenido, después encarcelado, y finalmente asesinado.

Durante la dictadura franquista, a pesar de que pueda pensarse lo contrario, su pensamiento fue tergiversado, desnaturalizado torticeramente. Hasta tal punto, que las consecuencias desfavorables sobre el mismo todavía perduran, encargándose de ello la izquierda. Hoy no encontramos en ningún partido político eco alguno de su pensamiento. A pesar del esfuerzo que hacemos al preguntarnos ¿a quién votar?, siguen siendo ciertas aquellas palabras: «En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo» (1971, p. 69). El problema es que la idea en estas elecciones está siendo ya eterna, porque, lejos de referirse a unos comicios concretos, realmente ocurre cada vez que se celebran elecciones. Da igual el paso del tiempo. Claro, sentado todo lo dicho, se puede llegar a la conclusión de que tanto la vida como el pensamiento de José Antonio han terminado en un rotundo fracaso. Encima, tampoco vamos a escatimar ninguna verdad, cuando al final te atreves a decir que eres joseantoniano, te miran mal, de reojo. Eso, cuanto menos. Lo afirmo por experiencia personal.

Por todo ello y en su virtud, es razonable plantearse las siguientes preguntas: ¿Qué hay en el pensamiento de José Antonio que pueda atraer? ¿Cómo es posible que Enrique de Aguinaga calificara en su momento de “arquetipo” a quien parece que no ha dejado ninguna huella en el panorama político actual? De modo que: ¿Qué hay de referente en el pensamiento de una persona que ha acabado como ha acabado? Quizá la clave se residencie en una frase ubicada unas líneas después de la anteriormente citada: «Nuestro sitio está fuera (…)». Es que ahí es donde radica la novedad del pensamiento de José Antonio. Pero lo acabado de decir exige una reflexión.

Si analizamos el ciclorama social y político actual; si, como dice la Constitución Pastoral Gaudium et spes, número 4, procedemos a escrutar a fondo los signos de la época, comprobamos aquello de lo que tantas veces hemos hablado: la polarización generadora de bandos irreconciliables; la autoproclamada superioridad moral de uno de los bandos (corolario de lo anterior); la falta de diálogo y consenso entre ideologías diversas (si es que aún quedan ideologías); la comprobación de lo que dijo Artur Mas: «una cosa es lo que el pueblo vota en las elecciones, y otra lo que luego se negocia en los despachos» (por lo que uno acaba preguntándose para qué vota); el desprecio por la verdad; el interés exclusivo de llegar al poder y permanecer en él y, consecuentemente, la falta de servicio como valor indiscutible y primero en la política (con todo lo que está ocurriendo, parece que sólo importe la amnistía); por no hablar de los casos de corrupción (que no cito ejemplos, porque unos ocurren en el momento de redactar este artículo, pero puede que salgan a la luz otros cuando éste se publique).

Estando la situación como la hemos descrito, un pensamiento como el joseantoniano no casa bien. Y, ¿por qué no casa bien? Porque se basa en el hombre, el individuo, la persona (no en el pueblo, en contra de los populismos de cualquier signo); sobre todo su dimensión social, motivo por el que apuesta por la justicia social (real, no formal); que fija el bien común como horizonte al que dirigirse y, de este modo, no perder el norte; que, por tanto, predica la verdad por encima de los menos y de los más; que entiende la sociedad como un organismo en el que no se excluye a nadie; que, consiguientemente, la unidad viene dada por igualdad de derechos y libertades de todos (en contra de la división maniquea entre los buenos y los que no lo son); que los ciudadanos deben participar en la sociedad y en la política a través de los grupos intermedios (que no necesariamente tienen que ser los partidos políticos, puesto que cada uno mira con un solo ojo, cuando se debe mirar con los dos); que reconoce que pueden existir verdades parciales en las distintas posturas y, por tanto, el diálogo y el encuentro pueden darse si hay empeño para ello; que la clase dirigente tiene que estar compuesta por los mejores, los que tienen que exigirse y sacrificarse más a sí mismos, renunciando a aquello que les aleje del servicio a los ciudadanos.

Si se observa detenidamente, como decía Ortega en Meditaciones del Quijote (2020, pp. 48-51), por debajo de la superficie del pensamiento de José Antonio, tal y como lo hemos descrito de modo patente, se descubre la profundidad latente de un criterio transversal: la armonía. Esa cualidad de la que carece la política actual, entre otros déficits. Y, como sabemos, «perdida la armonía del hombre y la patria, del hombre y su contorno, ya está herido de muerte el sistema» (1971, p. 711).

Nuestro sitio, pues, está fuera, sí; pero porque el pensamiento de José Antonio nunca ha perdido su novedad. Y lo nuevo no suele ser bien acogido, porque rompe esquemas y moldes acomodaticios, sobre todo por parte de quienes detentan el poder.

He ahí, acaba diciendo nuestro arquetipo (Aguinaga tenía razón, obiter dicta), el motivo por el que «presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas» (1971, p. 69). Es que José Antonio y su pensamiento son un regalo. Y así lo vivimos, agradecidamente, unos pocos.

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