Rasgos de nuestro estilo

En torno a los valores de la montaña

Imágenes obtenidas del Cancionero de Juventudes, de Doncel (1967) y del libro Alta Montaña, Frente de Juventudes (1943).

La montaña propicia en el plano más interior de la persona que nuestro espíritu se enriquezca al recibir antes que nada nuevas, fuertes y muy peculiares sensaciones, que traen consigo y provocan inevitables razonamientos.


Artículo recuperado, publicado en La Razón de la Proa (LRP) en marzo de 2020. Diego, autor de estas líneas, es veterano de la OJE y miembro de la Hermandad Doncel. El artículo fue publicado en la revista Peñalara, núm. 570, IV trimestre de 2019, editada por la Real Sociedad de Alpinismo Peñalara, de la que es socio.

En torno a los valores de la montaña.


Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento.
M. de Unamuno

Como algo muy manido, como si hubiéramos tomado café a menudo con ellos, o similar, vemos y oímos citar con frecuencia la frase “los valores de la montaña”, ya sea en revistas, películas y documentales, conferencias, conversaciones… los damos por supuestos y por sabidos, pero pocas veces nos ponemos a pensar detenidamente sobre cuáles puedan ser, y si acaso son reales.

Soy consciente de que entro en un orbe intrincado, dónde seguro que nunca alcanzaré cima alguna si es que existe, que además hay piolets mucho más afilados en esta materia (siendo sincero el mío es bastante romo, aunque me gusta la aventura), pero si pasamos un rato entre amigos, más o menos agradable, reflexionando sobre nuestras cosas, sobre nuestra vida en definitiva, ya no será inútil haber iniciado el camino.

Eso sí, no olvidemos que como en las aristas cimeras, definir es limitar, y cuanto más pretendamos subir, el paso es más resbaladizo y la anchura menor, pero como al fin somos o nos “sentimos” montañeros pues vamos a hablar aunque sea sólo desde esta perspectiva, de las montañas.

Entendiendo el concepto de “valores” sencillamente como el carácter o cualidades que distinguen a los seres vivos o a las cosas y que las hacen apreciables, resulta evidente que las montañas en sí mismas, NO tienen, No poseen valores. Son simplemente materia, pura roca, hielo, y como mucho vegetación, rodeadas por la atmósfera, nada más pero también nada menos. Serán altas o bajas, grandes o pequeñas, situadas en selvas o en regiones polares, volcánicas, graníticas, y así hasta cansarnos. Pero si no las contempla y transita el ser humano, ni serían bellas, ni peligrosas, ni evocadoras: sólo número, latitud y longitud, pura geografía desprovista de sentimiento y poesía.

¿Y que hay de los valores?, pues que el hombre cuando entra en contacto con ellas, toma para sí, aprehende esa circunstancia meramente física, la elabora y la transforma. Otra radical diferencia entre el orangután y nosotros las personas, y que somos capaces de pintar y pintarnos, de jurar y prometer, componer música, reír, meditar y soñar. Y añado algo que nos toca más de cerca, también de arriesgarnos sin necesidad. ¿Cuántos hombres y mujeres han arriesgado, ganado o perdido su vida porque estaban allí?. Ahora claro, no me refiero cuando digo “estar allí” sólo a los montañeros porque afrontaban ese concreto reto, sino que eran por extensión cualquier hombre o mujer y cualquier reto los que estaban allí.

Sin los estímulos intelectuales y estéticos, el alpinismo se convierte en un estéril deporte

Pero sigamos subiendo por la arista. ¿Qué valores encontramos EN la montaña?, suponiendo como yo supongo la existencia de los que voy a citar, es lo cierto que se dan en exclusiva o siempre más acentuados que en otros ambientes, pero desde luego no todos juntos, ni tantos. Y entiendo que nos pueden llegar a afectar en los aspectos físico, intelectual, emocional y moral o espíritual, todo ello amalgamado y propio del ser humano que ha decidido hacer algo tan poco vulgar como es abandonar su hábitat cotidiano y una más cómoda y segura existencia.

En un ámbito latente, la actividad montañera nos puede convertir en mejores o peores atletas, pero siempre y de inmediato nos va a exigir un esfuerzo físico que no se puede disociar de la necesaria superación de nuestras limitaciones, conseguida a través de las decisiones que tomemos para modelar nuestra voluntad (autodisciplina), con el entrenamiento, la renuncia y la exigencia. Pero no nos quedemos aquí, ya lo dijo de otra forma Bernaldo de Quirós: Sin los estímulos intelectuales y estéticos, el alpinismo se convierte en un estéril deporte...

En otro nivel ineludible, la simple experiencia en este entorno nos proporciona un especial conocimiento de la naturaleza, y poniendo de nuestra parte aprovecharemos para perfeccionar nuestro acervo intelectual, y acumulada llegar a ser incluso sabios, o técnicos, especialistas, prácticos, …hasta descendiendo en la escala quedarnos como mínimo cuál eramos antes, pero desde luego nunca peor.

Y la montaña propicia en el plano más interior de la persona que nuestro espíritu se enriquezca al recibir antes que nada nuevas, fuertes y muy peculiares sensaciones, que traen consigo y provocan inevitables razonamientos. No podemos negar que el montañero “queda marcado”, apasionado por ellas, e incluso ese quehacer llega con el tiempo a convertirse en un estilo reconocible de vida aunque las deje, “las abandone” llegamos a decir y esta palabra ya implícitamente significa mucho; esto tanto vale para el que es o se siente puntero por su forma de ascenderlas (ahora también descenderlas), como para el sencillo caminante, sea porque al transitarlas vitalmente llegue a amarlas o llegue a aborrecerlas.

En otros tiempos las adoraban y las llenaban de dioses y cuando las temían las llenaban de demonios. Como con frecuencia las compartimos con otros, también nos puede obligar a la convivencia (sea en competición o no) en situaciones simplemente incómodas o desagradables, o quizás extremas, en las que se puede dar lo mejor o lo peor de lo que se lleva dentro, sin poder acudir al disimulo que puede proporcionar la soledad. Nos pueden producir desde la llana satisfacción, el orgullo de vencer un desafío, el placer de lo bello hasta la exaltación que provoca lo grandioso, la congoja por lo desconocido, el temor al peligro…Trascendiendo de la pura materia todo ello es capaz de repercutir en nuestra capacidad de asombro, y que en algún caso no dejen huella, será la excepción que confirme la regla.

Como hemos dicho, a la par que nos llegan las sensaciones nuestra racionalidad entra en acción y nos obliga a conocernos por dentro desde la mirada interior, despaciosa y solitaria, enfrentados con nosotros mismos en diálogo silencioso y humilde, como no podía ser de otra manera al vernos tan indefensos y minúsculos. Tocando la fibra más delicada nos involucramos nada menos que en la preocupación por el final del aquí y por el más allá.

Siempre, salvo que seamos zotes de remate, vamos a dudar, a decidir, a vivir más intensamente, a acentuar nuestra humanidad, por ende, casi con toda probabilidad, a ser más libres, responsables, valientes, sinceros, humildes, y entonces claro, mejores.

Como la vida, la montaña es un soledad que se aprende despacio.

Ni por asomo, ni por absurdo atrevimiento, he pretendido, como habéis podido comprobar, hacer un listado de numerus clausus ni un tratado sobre los valores de la montaña, sino simplemente pensar algo sobre ellos. Casi puedo y me atrevo a sacar alguna sencilla conclusión: todo esto que he expuesto hace diferente “el montañismo” respecto de otras actividades deportivas y humanas, porque al que lo practica le será más fácil (más difícil para que me entiendan los montañeros), mejorar como persona repercutiendo así en beneficio también de la sociedad, aunque en un proceso de lenta decantación pues con acierto escribió Quirós Muñoz que ..como la vida, la montaña es un soledad que se aprende despacio... 

Podemos beneficiarnos de todas o algunas de las facetas y posibilidades que he mencionado como derivadas del montañismo, pero lo fundamental es que están todas a nuestro alcance. De ahí la enorme importancia de fomentar su práctica, que aparentemente sólo consiste en ascender cumbres, la trascendencia de educar con este deporte porque es hacerlo en sus valores.

Sí, por supuesto que es un deporte, pero que desde luego nos puede ayudar a llegar más allá del deporte. Ni mucho menos será la conquista de lo inútil, y estoy seguro que nuestro amigo Terray, uno de los grandes y que tanto sabía de montañas y de ideales, tampoco lo pensaba así y sólo puso un título para animarnos a descubrir lo que había dentro.

Post corda lápides.