Relato

La mañana del día de Reyes.

Una luz tenue entraba por entre los visillos, los descorrió ansioso. Un sol que aún estaba bajo en el horizonte prometía un día luminoso.


Publicado en primicia en Sevillainfo el 6/ENE/2020.

Recogido por la revista Gaceta de la FJA de ENE/2022. Ver portada de la Gaceta FJA en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín semanal de LRP.​​​

Carmen se había quedado embarazada, y aunque tenían prácticamente decidido casarse, les pilló totalmente por sorpresa la noticia.

No estaban listos para aquello. Él estaba preparando su tesis doctoral y Carmen comenzaba por entonces a trabajar en una empresa de publicidad importante. 

El joven ginecólogo al que acudió Carmen les dijo más o menos, a las veintiuna semanas de embarazo, que algo iba mal. El feto tenía alguna patología que ellos no entendieron bien y el embarazo seguramente fuera corto, habría que precipitar el parto pronto. Que el bebé, si finalmente nacía, presentaría una discapacidad importante y aún estaban a tiempo de cortar aquello, si así lo querían.

Ambos intentaron convencerse a sí mismos de que esa no era la razón que les impulsó a tomar la decisión. No, ellos no eran así, no eran personas egoístas y mucho menos unos cínicos. No, simplemente es que no podían tener ese bebé en ese momento.

No era buen momento para cargarse con la responsabilidad de un crío… No tenían dinero para sacar adelante el día a día, menos aún con otro ser al que dar todo lo necesario, comida, vestido, pañales… Aún menos se consideraban capacitados para criar un bebé.

Pedro era hijo único y no tenía por tanto experiencia siquiera de cuidar hermanos más pequeños que él. Además, no le gustaban demasiado los niños. De hecho, Carmen y él no se habían planteado la idea de tenerlos nunca.

Por su parte, Carmen era demasiado celosa para con su intimidad, con su tiempo de ocio y, sobre todo, estaba muy centrada en su carrera profesional. En este aspecto era quizá más ambiciosa que Pedro.

A todo esto, se añadía que no tenían medios económicos para contratar a nadie que cuidara al crío cuando este viniera al mundo si querían seguir él con su tesis y ella con su progresión en la empresa. Tampoco podían contar con la ayuda de abuelos. Los padres de Carmen habían fallecido los dos. 

En cuanto a Pedro, su padre estaba vivo, pero era como si no lo estuviera. Para Pedro no, desde que engañó a su madre con una compañera de trabajo y, aunque ésta le había perdonado, él no se sentía capaz de hacerlo.

Siempre había querido mucho a su padre. Para él, como para casi todos los críos cuando son pequeños, era su ídolo, su héroe, la perfección hecha hombre, y aquella muestra de debilidad que tanto daño hizo a su madre, a pesar de que Manuel, su padre, intento explicársela, no pudo soportarla. Y acabó por distanciarlos.

Además, ambos hombres eran igualmente orgullosos y ni uno ni otro quería dar su brazo a torcer a pesar del perdón de María, la madre de Pedro.

De modo que no lo dijeron a nadie, lo guardaron para ellos y buscaron una clínica donde le practicaran el aborto a Carmen. Apenas lo dudaron, realmente pareció que la idea de no tener ese bebé les nació a los dos al mismo tiempo y no había discusión ni dudas al respecto.

Definitivamente no era el momento. De hecho, quizá nunca lo sería, pero en adelante tendrían más cuidado. Así que un día gris de diciembre, en esa clínica del centro, Carmen abortó.

No fue nada traumático, tampoco se sentían demasiado mal ni culpables. De todas formas, esa criatura no sabría nunca que podría haber venido al mundo. Y ellos no le podrían haber dado ni el tiempo, ni la atención, ni los cuidados que precisara. Así que se fueron a cenar para olvidarlo y pasaron esa imprevista página de su vida.

Unos meses después se casaron.

Ahora, sobre todo en Navidad y, más que ningún día, el de Reyes, lamentaba esa decisión juvenil.

Vivía apartado de su única familia cercana, su padre, por eso que ocurrió hacía años y que ya ni siquiera recordaba con nitidez. Carmen y él se habían separado hacía ya tres años. La vida profesional de ella término por no ser compatible con una vida de matrimonio. Y él lo único que deseaba cada mañana al despertar y abrir los ojos en su cama era tener una familia a la que cuidar, de la que preocuparse, con la que compartir todo. Sentía que se había comportado tan egoístamente como acusaba a su padre haber sido.

Y ahora estaba solo. Completamente solo. Rompió a llorar hundiendo su rostro en la almohada. Era la mañana del día de Reyes.

Pedro se despertó sudoroso y agitado, una angustia insoportable le atenazaba el pecho, era la mañana del seis de enero, día de Reyes. Achacó esta perturbación en principio a los meses tan raros que llevaban vividos desde que aquella maldita pandemia se empeñó en amargarles la vida.

Confundido miró a su izquierda. Carmen aún dormía. Recordaba retazos de una pesadilla. Su mejilla estaba húmeda, ¿quizá lagrimas? Estaba desorientado y confuso.

━¡Carmen, Carmen! ¡Despierta! ¡Es la mañana de Reyes!

Una luz tenue entraba por entre los visillos, los descorrió ansioso. Un sol que aún estaba bajo en el horizonte prometía un día luminoso.

En aquel instante una personita entró en la habitación de Carmen y Pedro, con un andar torpe e inseguro. Su cuerpecito frágil de siete u ocho años albergaba una niña de once.

Papá, papá, ¿han venido lo Reyes? Recuerda que el abuelo dijo que teníamos que ir a su casa también para ver qué dejaban allí. ¿Recuerdas?

Pedro la miró con todo el amor y la ternura que puede caber en un corazón, la abrazó con todas sus fuerzas y la besó varias veces.

━¡Papá! ¡Me aprietas!, dijo la niña.

━¿Han venido ya los Reyes, papá?

Entonces Pedro volvió a apretar entre sus brazos a su frágil y pequeña hija y dijo entre lágrimas, ahora reales, no soñadas:

 ━Claro que han venido, Cayetana. Y te han traído a ti, hija mía…