ARTÍCULO DEL DIRECTOR

¿Con la Iglesia hemos dado, Sancho?

Acudo ahora expresamente a la interpretación tan extendida para aludir al fervor antieclesiástico (anticristiano en el fondo) que muestra continuamente la corrección política, en sus distintas manifestaciones y en todos los ámbitos de su influencia, sea internacional, nacional o autonómica.
¿Con la Iglesia hemos dado, Sancho?

¿Con la Iglesia hemos dado, Sancho?


No hace falta que me lo digan: ya sé que el sentido de esta frase del Quijote se suele tergiversar cuando se acude a un sentido metafórico e intencionado políticamente y no al real de la obra, cuando el caballero y el escudero buscan infructuosamente el imaginario palacio de Dulcinea en El Toboso; pero acudo ahora expresamente a la interpretación tan extendida para aludir al fervor antieclesiástico (anticristiano en el fondo) que muestra continuamente la corrección política, en sus distintas manifestaciones y en todos los ámbitos de su influencia, sea internacional, nacional o autonómica.

Haciendo omisión del primero de ellos –lo que nos llevaría muy lejos– y centrándonos en el segundo, destaca el frente educativo, con esa ley Celáa que se va a imponer, de hoz y de coz y magnis itinéribus, aprovechando esta confusa situación, entre reclusiones, confinamientos, alarmas y rebrotes, cuando el personal está preocupado por su estado de salud y la oposición centrada, como de costumbre, en lo económico. No es el único frente operativo del agresivo laicismo, pero si uno de los más preocupantes.

En el ámbito autonómico, parece que ha tomado las riendas el nacionalismo separatista –otrora tan piadoso y apegado a las sacristías, que no al altar– con el absurdo amago y acoso amenazante del Ayuntamiento de Barcelona de cuestionar la propiedad de las iglesias de la ciudad, comenzando por la catedral; en lugar de la quema del 36, quizás el proyecto consista en convertirlas en oficinas municipales.

Por otra parte, la Generalidad presidida por el sepremacismo (léase racismo) del señor Torra ha propuesto una multa al arzobispo Omella con 60.000 euros por celebrar una eucaristía en sufragio de los fallecidos por la pandemia; la respuesta de su eminencia ha sido la de iniciar acciones legales contra este desafuero.

No se nos alcanza cuál va a ser la postura del clero catalán, tan proclive tradicionalmente al procés, en especial de aquel sinnúmero de sacerdotes y diáconos que se solidarizaron con los pobres presos políticos y sus actos golpistas; tampoco acertamos a adivinar si el señor arzobispo y presidente de la Conferencia Arzobispal Española persistirá en su cuidadosa postura de equilibrio para contentar a tirios y a troyanos, esto es, a los separatistas y a los creyentes no abducidos.

Pero la fobia antirreligiosa no admite fronteras autonómicas; la última noticia que nos ha llegado ha sido que la fiscal del odio de Málaga (¿no les suena el título a francamente orwelliano?) ha denunciado al sacerdote Custodio Ballester por escribir algo que esta señora considera punible de todas todas, a saber: La Cristiandad lleva muchos años cediendo terreno a las opciones políticas y pseudorreligiosas como el ecologismo, el animalismo, el feminismo, la ideología de género y, por supuesto, el islamismo radical.

¡Qué osadía la de este sacerdote! Nos parece recordar al respecto que, hace un cierto tiempo, el padre Custodio fue llamado al orden y silenciado por el mismo cardenal Omella, a instancias de las mismas fuerzas políticas que ahora le multan por celebrar misas y revisan los títulos de propiedad de los templos.

Acaso la actitud del cristianismo sea poner repetidamente la otra mejilla ante los ataques de lo políticamente correcto, o poner la misma, para que se las den todas en el mismo lado. No creemos, sin embargo, que esta actitud evangélica sea aplicable a lo político: un latinista serio distingue entre el innimicus, oponente personal, –al que habría que perdonar siempre– y el hostes, enemigo de la colectividad, al que hay que combatir (¿verdad, amigo Fernando?).

En todo caso, para la Cristiandad es imprescindible lanzar un discurso claro, riguroso y sin medias tintas, contra ideologías, antropologías y religiones seculares que invaden la sociedad, las familias y las conciencias; y sin adoptar posturas de perfil, como, por ejemplo, en el caso de la profanación de sepulturas, en la ingenua confianza que ello depare a la Iglesia la complacencia de sus enemigos.

Aquello, también evangélico, de la serpiente y de la paloma, es aplicable ante la corrección política. La contemporización y las actitudes melifluas y cobardes es, sencillamente, suicida.


 

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