ARGUMENTOS | OPINIÓN

¿Vergüenza de ser español?

Avergonzados por haber sido demasiado crédulos e ingenuos al confiar la suerte de España solamente a unas papeletas depositadas en urnas, y descuidando en el día a día un permanente quehacer que ahora se muestra apremiante.


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No hay que confundir la 'España oficial' con la 'España real', pues la primera no deja de ser una caricatura, un esperpento, deformador al máximo de la segunda por mano de los arribistas sin escrúpulos.
¿Vergüenza de ser español?

Ha dicho Pablo Motos en la tertulia de su programa televisivo que, en su larga carrera de periodista, «nunca había sentido la vergüenza de ser español como ahora», en referencia al desaguisado jurídico y al entreguismo a calzón quitado que está cometiendo Pedro Sánchez, diz que presidente del Gobierno de España, para mantenerse en el machito. Y no es la primera opinión de este tipo que he escuchado, pues comentarios similares recorren toda la escala social, como los desafueros del Tenorio.

Parecidas palabras jalonan la historia; don Antonio Cánovas del Castillo musitó, al parecer entre dientes, un «es español aquel no puede ser otra cosa, y fue rebatido unos cincuenta años después por un ilusionante «ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo», de José Antonio Primo de Rivera, que así intentaba hacer la contra al período que nacía con la Primera Restauración: claro que él mismo, en un contexto aun más inquietante que el actual, 1936, también diría que «si esta es la España que ellos quieren, entonces ya podéis ir pidiendo que se os extienda la carta de ciudadanía de Abisinia», aunque esto distaba de ser una sugerencia en serio y sí una forma de fina ironía ante el panorama que presentaban los partidos en liza electoral.

Lo cierto es que, hoy en día, el fantasma del abatimiento parece que recorre toda la geografía española, pues efectivamente estamos haciendo un papel triste y ridículo ante las demás naciones de nuestro entorno, y me llegan algunas informaciones de la prensa de allende de nuestras teóricas fronteras en las que se ridiculiza, hasta un sarcasmo mordaz, nuestro papel, máxime en unos momentos en que la dura realidad de dos guerras cercanas parece sitiar a Europa.

Uno mismo siente la tentación a menudo, no de avergonzarse de ser español, pero sí de presentar la dimisión como ciudadano de un supuesto Estado de derecho en el que las leyes son manipuladas a capricho o sencillamente soslayadas, en el que la independencia del Poder Judicial es una pantomima, en el que la igualdad de los ciudadanos ante la ley es un mito, en el que la defensa de la unidad de España cobra tintes de delito y en el que la propia Constitución es un papel mojado, un documento maleable a gusto del manipulador de turno. Ni siquiera nos queda el consuelo de que esta Ley de Leyes pueda ser definida al modo sarcástico de Ortega y Gasset: «Una Constitución es la expresión jurídica de la desconfianza mutua».

Pero, de momento, guardo el documento de esa dimisión en el cajón más oculto de mi cajonera, y prefiero aprestarme a colaborar en una tarea regeneradora de esa sociedad, hasta ahora casi silente, y de una patria, hoy puesta en entredicho y cuya solo mención y defensa suena a subversiva. No recuerdo quién pronunció aquella frase de «de la patria no se reniega, se la conquista», que me parece muy bien como máxima oportuna.

Lo que ocurre con esto de la vergüenza de ser español es que confundimos la cáscara con el contenido, en este caso, España con su envoltura contingente, su traje de temporada, si se prefiere, dentro del cual, al estar hecho jirones, parece un adefesio o un mendicante; en el fondo, sigue subsistiendo la persona histórica y real de España, que es lo permanente, y lo político no deja de ser lo coyuntural.

En términos también orteguianos, no hay que confundir la España oficial con la España real, pues la primera no deja de ser una caricatura, un esperpento, deformador al máximo de la segunda por mano de los arribistas sin escrúpulos; España es una idea, un concepto y un símbolo. Si se prefiere, tenemos todo el derecho de estar desencantados y avergonzados, con toda razón, de esa imagen que nos ofrece de España la política actual, pero debe quedar constancia clara de que nunca dejarán de tener existencia, por una parte, las necesidades verdaderas del pueblo español en punto a la justicia, a la libertad y a la unidad, y, por otra, la realidad de una España metafísica, concebida como futurible y como acicate en el presente.

La que aparece en los titulares y artículos de los periódicos de aquí y de allá es el reflejo de una cosa malformada, pero, sobre ella, permanece y permanecerá el símbolo constante de España; y aquí me viene al pelo una cita de Eugenio Montes -recordada por el gran Aquilino Duque- que decía «el burgués cree en las cosas y el poeta cree en los símbolos»; esa burguesía progresista que nos rige ahora es la que se aproxima a esas cosas deleznables. Y, conforme se acerca la fecha histórica del 20 de noviembre, recuerdo también aquella propuesta de una poesía que promete, que anunció un hombre joven, asesinado, no tanto por político como por poeta.

No siento, por lo tanto, ninguna vergüenza de ser y sentirme español; en todo caso, la podría sentir de haber sido crédulo con los ropajes y harapos que le han ido echando encima al ser de España. Y creo que, como yo, muchos españoles se sienten ahora angustiados por la suerte que puede correr su nación, traicionados por aquellos en los que confiaban y avergonzados por haber sido demasiado crédulos e ingenuos al confiar la suerte de España solamente a unas papeletas depositadas en urnas, y descuidando en el día a día un permanente quehacer que ahora se muestra apremiante.


PD.: Cuando estoy ultimando este artículo, me llega la noticia del atentado contra Alejo Vidal-Quadras en Madrid. Instintivamente, me ha venido a la cabeza un paralelismo histórico de 1936, que no quiero desarrollar de momento…




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