RAZONES Y ARGUMENTOS

Residencias de mayores y Covid-19

Con la irrupción en nuestras vidas del Covid-19, que ha atacado principalmente a las personas mayores, ha salido a la luz el tema de la situación de las residencias de ancianos, que todos conocemos pero que parece que queremos dejar un poco camuflado porque, afrontarlo con decisión, puede resultar incómodo para nuestras conciencias.


Observación: Este artículo también está firmado por Mª Carmen Meléndez Arias, doctora en Derecho y abogada.


Publicado en el núm. 142 de 'Cuadernos de Encuentro', de otoño de 2020.
Editado por el Club de Opinión Encuentros
Ver portada de 'Cuadernos' en LRP.

Residencias de mayores y Covid-19

Residencias de mayores y Covid-19


Es posible que al publicarse este artículo en el mes de septiembre haya perdido inmediatez, pero consideramos que no ha de perder, forzosamente, actualidad puesto que la realidad aquí tratada sigue vigente y la ancianidad, la dependencia y el recurso socio-sanitario de las residencias de ancianos no se ha extinguido con la evolución de la epidemia del coronavirus desde su aparición a finales del año pasado hasta el momento presente

Con la irrupción en nuestras vidas del Covid-19, que ha atacado principalmente a las personas mayores, ha salido a la luz el tema de la situación de las residencias de ancianos, que todos conocemos pero que parece que queremos dejar un poco camuflado porque, afrontarlo con decisión, puede resultar incómodo para nuestras conciencias. Y, frecuentemente, miramos hacia otro lado.

Sabemos que este tipo de enfermedades, como la conocida como coronavirus, atacan principalmente a los individuos de más edad que, además, solemos adolecer de otras patologías que contribuyen a agravar el mal y precipitar el desenlace y por esa razón somos más vulnerables. Pero una cosa es ser conscientes de las posibilidades de contraer la enfermedad y de fallecer a causa de la misma y de sus complicaciones y otra muy distinta es constatar que hay circunstancias en las que ese final se puede producir en condiciones no deseables.

Es cierto, que en nuestra sociedad se han eliminado, trastocado o pervertido una serie de valores. Los mayores somos conscientes –y generalmente entendemos que debe de ser así– de que nuestros hijos ya no son «el sostén de nuestra vejez». Al contrario, frecuentemente y en la realidad presente son los mayores los que ayudan y sostienen a sus hijos mediante aportaciones económicas o auxilios asistenciales con los nietos.

Hemos pasado de ser «abuelos golondrinas» a ser «abuelos canguro» debido a que, también frecuentemente, nuestros hijos y sus cónyuges desempeñan trabajos extra domésticos que dificultan la posibilidad de ocuparse del cuidado de sus hijos, nuestros nietos. Unas veces por necesidades reales y otras por necesidades creadas y el deseo de llevar un determinado tipo de vida.

El gran número de mayores fallecidos en residencias es una realidad que requiere un profundo estudio en sus causas y efectos, al objeto de replantearnos las medidas a aplicar que impidan en el futuro la repetición de esa situación.

Sin embargo, no hemos de caer en demagogias ni rasgarnos hipócritamente las vestiduras, porque lo primero que debemos de dejar claro es que las residencias de mayores, por principio, no son centros hospitalarios sino residenciales. Son las viviendas (casi siempre la última) de unas personas que, por edad o por dependencia, requieren de unos servicios y de un tipo de atención que no siempre es dado facilitársela en el que ha sido su domicilio o en el de otras personas allegadas, como pueden ser sus descendientes.

Y que, muchas veces, debido al deterioro físico o mental de los mayores, que los descendientes no pueden atender con la profesionalidad que el caso requiere, las residencias son la única solución viable, la mejor o la menos mala.


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