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Un presente que es promesa

En este 20 de noviembre de 2020, hagamos cuestión de dignidad convertir el Presente en promesa. Veamos el mundo de hoy desde la esencialidad, no desde el simple recuerdo emocionado, de José Antonio.

Un presente que es promesa

Un presente que es promesa


Tal día como hoy, en nuestros hogares juveniles conmemorábamos El Día del Dolor, abrazando con los gritos de Presente a José Antonio Primo de Rivera y a todos los caídos por una España mejor, según feliz innovación del ritual que creó el Delegado Nacional Jesús López-Cancio; en nuestros campamentos, tras el arriado de las banderas, depositábamos la corona entrelazada ante la Cruz de los Caídos e invocábamos con el mismo Presente aquella memoria. Sería válido preguntarse, pasados los años, qué significa hoy para nosotros esa fecha del 20 de noviembre.

Si lo hemos convertido solo en una evocación del pasado de nuestra juventud, de un tiempo que, por mucho que nos empeñemos, no puede volver, algo ha muerto en nosotros.

Si lo hemos mantenido solo como ceremonia anual, es que hemos sucumbido a la inercia y al cansancio que proporciona la edad.

Si lo mantenemos, simplemente, como culto, de alguna manera estamos siendo desleales con José Antonio.

José Antonio es uno de nuestros mejores clásicos, pero –como dice el catedrático Miguel Ángel Garridoun clásico puede haber calado en una dimensión permanente del ser humano, pero no es un personaje del túnel del tiempo. El valor de un clásico –José Antonio– es tomarlo como referente, y no para repetir lo que dijo o lo que hizo, sino para adivinar qué diría o qué haría si se encontrara en nuestro tiempo.

Estaremos de acuerdo en que esto es difícil, pero lo fácil es lo otro: dejarlo en evocación juvenil, en ceremonia anual o en culto necrológico.

¿Qué retos nos plantea el mundo de hoy? ¿Qué problemas acucian a España y a Europa?

Además de la pandemia del Covid-19, que nos mantiene en permanente estado de alerta, vemos una sociedad desnortada, con valores borrosos u olvidados; unas largas colas de ciudadanos ante las oficinas de ayuda social, porque están llegando al límite de sus posibilidades; un paro laboral en aumento; una España que parece no creer en sí misma, sacudida por secesionistas alentados desde las mismas instituciones que deberían velar por su unidad; unas disputas entre partidos que solo velan por su propio interés; una juventud a la que se oculta el valor del esfuerzo o, sencillamente, se les ciega el futuro; una embestida frontal, sin respuesta, contra los valores del espíritu, de la familia y de la propia naturaleza humana…

Y todo ello en el marco de un mundo globalizado, que tiende a agudizar las diferencias sociales y económicas en provecho de unos cuantos privilegiados.

Pues bien, ¿qué opinaría ese José Antonio al que evocamos con el Presente si realmente estuviera entre nosotros, ante las cámaras de la televisión, en las redes sociales, en los artículos de prensa, en el Parlamento o en su bufete de abogado?

Responder a esta pregunta es nuestro particular reto como joseantonianos de este siglo. Alguien dijo hace años que lo que importante no es vivir de José Antonio, sino vivir en José Antonio

En este 20 de noviembre de 2020, hagamos cuestión de dignidad convertir el Presente en promesa. Veamos el mundo de hoy desde la esencialidad, no desde el simple recuerdo emocionado, de José Antonio.

Como si la luz que desprende esa esencia joseantoniana traspasara los tiempos y viniera a iluminar nuestras tareas cotidianas, en nuestras familias, en nuestros trabajos y afanes de cada jornada, entre nuestros camaradas y amigos, en medio de la España, de la Europa y del mundo en que nos ha tocado vivir.

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