Soliloquio sin eclipse sobre la armonía perdida
La palabra que resume una inquietud
El verano es tiempo propicio al ocio (concepto opuesto al negocio, nec otium), es decir, momento del año en que, junto al descanso, el deporte, el baño reparador o la diversión, nos ofrece espacios ideales para la lectura, el estudio sin exigencias ni controles académicos y al diálogo.
En uno de esos diálogos veraniegos, alguien propuso resumir en una palabra, un concepto o una idea clave, la angustia del hombre actual y de las sociedades humanas; claro está que se trataba de una propuesta de alto nivel, pero adecuada entre un grupo de amigos y, sobre todo, en las horas en que el calor ya nos había dado una pausa y las estrellas apuntaban en un cielo claro.
Variadas fueron las aportaciones de los contertulios: libertad, democracia real, autoridad, rebeldía…; cuando me llegó el turno, asombré al mencionar la palabra armonía, que justifiqué brevemente con argumentos tanto religiosos como políticos. Claro que no me extendí mucho, por aquello de no acaparar los tiempos ni resultar pesado o pedante, pero, con cuatro ideas y cuatro alusiones, creo que quedó claro el término propuesto.
Ahora, sin la presión que puede darnos la brevedad de una intervención o la inevitable acusación de proselitismo, me explayo ante los lectores y complemento con creces el porqué considero que la palabra clave, tanto para definir una situación como para proponer una acción constante, se encierra en ese concepto mencionado.
La armonía de la Creación
De entrada, la Creación dio como resultado una obra armónica en su origen; todo respondía a un criterio divino de concordia —Bien, Verdad, Belleza—, con todos los elementos basados en el Amor; luego, una errada elección, en función de la libertad otorgada al ser humano, dio al traste con el propósito creador e introdujo el Mal para romper el inicial concierto. Claro que dicen algunos teólogos que la Creación no finalizó con los siete días simbólicos, y que el ser humano tiene posibilidades de continuarla de acuerdo con los planes divinos, lo que no sé si raya en la herejía o esconde una bella verdad…
Desciendo de este plano superior y me adentro en otros derroteros, históricos, sociológicos y políticos, para estar de acuerdo con Jaime Balmes, con Proudhon y con algunos más en que «todo proceso histórico es, en el fondo, un proceso religioso»; así, la política, para no ser errada, debe descansar sobre bases prepolíticas; algo por el estilo —o lo mismo, sin acudir a consultas— argumentó la gran inteligencia de Ratzinger en su diálogo con Habermas, que espero ambos hayan continuado en la Eternidad, más convencido ahora el segundo por las argumentaciones del primero… y por la evidencia.
Soy consciente de que estos fundamentos, expuestos en público, están reñidos con la corrección política, tanto la neoliberal como la neomarxista, impedimento que me importa un ardite en cualquier momento y ocasión; algo de ello dije, brevemente, en el diálogo mencionado, sin que nadie se escandalizara, por cierto.
La ruptura de la armonía
La falta de armonía, cuyo origen he expuesto, se manifiesta, en primer lugar, en «la ruptura de esa armonía del hombre consigo mismo», como consecuencia del impulso dado por el relativismo, el materialismo y el nihilismo actuales, que priva al ser humano «de un horizonte trascendente»; en segundo lugar y como consecuencia, en la no menos evidente ruptura «del hombre con su entorno», que oscila entre la sumisión al colectivismo deshumanizador, en sus distintas facetas actuales, y una absurda acracia.
Llegados a este punto, es inevitable la pregunta: ¿Cómo recuperar la armonía perdida? Cada uno puede decir la suya, claro está, pero entiendo que lo primero es no dejarse arrastrar por los velos de la alta política y de la ingeniería social, tanto en una dimensión individual como en los ámbitos sociales.
La esencialidad de un mensaje
Debo ahora aclarar al lector que las expresiones entrecomilladas no son de mi cosecha, pero sí asumidas: pertenecen al acervo de un pensador y político español casi desconocido en su profundidad para una gran parte de los españoles: José Antonio Primo de Rivera; quizás lo más importante de su relato —como se dice ahora— no son tanto las propuestas que formuló en su tiempo, tan diferente y distante del nuestro, sobre economía, concepción del Estado o acción política, sino lo que, sobrepasando la circunstancia histórica en la que vivió y murió, constituye la esencialidad de su mensaje: la interpretación cristiana y personalista del hombre, el valor de la ética por encima de la política, la conjunción armónica de los ideales de posturas opuestas y polarizadas y la adhesión constante a una «interpretación cristiana, occidental y española de la vida y de la historia», que es mucho más que un programa político al uso.
Por ello, cierro estas líneas con otras palabras suyas clarificadoras: buscar esa concordia, «a la par que en nuestro modesto destino individual», «en el destino de España, de Europa, del mundo, el destino total y armónico de la Creación».
Si lo pensamos bien, esta propuesta —ideal, ¿utópica?— no puede ser objeto de ninguna forma de eclipse.