Las fronteras, entre el ideal y la realidad

​La idea de un mundo sin fronteras admite interpretaciones muy distintas. El autor contrapone el ideal universalista con la realidad política de los Estados y reflexiona sobre la inmigración y la soberanía española.

Nota editorial

Este artículo fue redactado por su autor apenas unas horas antes del asalto masivo a la frontera de Ceuta registrado durante la madrugada del 30 de julio, cuando decenas de miles de jóvenes marroquíes accedieron a territorio español en una crisis migratoria sin precedentes recientes. La posterior sucesión de los acontecimientos confiere a estas reflexiones un especial interés documental, al haber sido escritas con anterioridad a unos hechos que, para muchos observadores, confirmaron la relevancia del debate sobre el control de las fronteras y la soberanía de los Estados. La Razón de la Proa publica este texto respetando íntegramente su contenido original, tal y como fue entregado por su autor antes de producirse aquellos acontecimientos.


El ideal universal y los límites de los Estados

La frase «un mundo sin fronteras» puede tener variadas y contradictorias significaciones intencionales. Tirando por elevación, puede referirse al sublime ideal de unificación del género humano desde un prisma religioso, con especial hincapié en el sentido cristiano y, más concretamente, católico, es decir, universal.

En el extremo contrario, tenemos las inquietudes nacionalistas, que se despepitan por establecer unas fronteras que estén situadas prácticamente a la puerta de sus respectivos terruños y vengan marcadas por un etnicismo lingüístico, bajo el que subyacen fuertes intereses económicos de origen claramente caciquista; y el Estado de las autonomías español es un caso paradigmático de esta segunda interpretación.


La realidad política de las fronteras

Lo cierto es que las fronteras existen en la realidad política mundial, y ya no suelen venir dadas por factores geográficos ni, mucho menos, por veleidades raciales o lingüísticas. De este modo, cada Estado tiene establecidas unas líneas divisorias que se pueden desdibujar venturosamente en aspectos concretos, cuando los tratados de cooperación y amistad abren horizontes; es el caso de Europa, no tanto por la burocracia de la UE —artificiosa— como por las raíces culturales y religiosas comunes.

El sueño de una ecúmene hispánica sigue siendo en la actualidad nada más que una ensoñación, que mantenemos unos cuantos idealistas en contradicción constante con una tozuda evidencia.


España ante la presión migratoria

Pero algunas fronteras estatales son muy frágiles, y tenemos que volver, lamentablemente, al caso español, pues los movimientos migratorios, lejos de ser una constante muchas veces imparable y lógica, se han convertido aquí en una auténtica invasión sobre un Estado europeo —fallido por las trazas— que se ve inerme ante las avalanchas del exterior, con un Gobierno que ya no sabemos si calificar de inepto, pusilánime o colaboracionista; quizás el apelativo más adecuado sea el de consentido, que tantas connotaciones negativas tiene en nuestro idioma.

Dos noticias de hace pocos días parecen avalar este feo calificativo. Una de ellas fue el asalto en toda regla de casi dos mil personas, llevadas a poca distancia de Ceuta por las mafias de trata de personas, en concreto en el coladero de la playa del Tarajal.

Inmediatamente, escuché otra variante sobre esta noticia: presumiblemente, los Gobiernos —tan amigos siempre— de España y Marruecos habían llegado a un acuerdo para hacer volver a los invasores. Veremos si es cierto, pero las sospechas van a perdurar en mi interior, dado el constante afán marroquí por apoderarse de las españolísimas ciudades de Ceuta y Melilla, que no ha cesado nunca.


La ley de nietos y la soberanía nacional

La segunda noticia se refiere a la denominada ley de nietos, promovida por el Ejecutivo de Pedro Sánchez; sabemos por los medios que se ha convertido en la ley de nietos, biznietos y tataranietos; los aviesos propósitos preelectorales sobrevuelan la iniciativa. Sería un nuevo asalto a nuestras fronteras, esta vez con un respaldo legislativo que, por muy contestado y protestado que sea por una angélica Oposición, seguro que sería aceptado y aprobado por los socios del Gobierno, incluso con el paradójico concurso de los nacionalistas: entre dejar caer un Gobierno tan acusado de corrupción, pero favorable a sus intereses, o dejar paso a las urnas, aceptarían el mantenella e no enmendalla; no les haría falta taparse las narices para ello…


Una conclusión sobre las fronteras

De este modo, las fronteras españolas —y europeas, al fin— son tan permeables que se nos aparecen como inexistentes. Y, por supuesto, no con la primera interpretación que hemos dado en estas líneas, es decir, con la de la universalidad-catolicidad del entendimiento de todo el género humano.