España: un Mundial no basta para unirla
La victoria en el Mundial hizo que el nombre de España volviera a ocupar con orgullo calles y corazones. Pero el autor advierte de que ese entusiasmo revela también la necesidad de afrontar los grandes problemas que España sigue teniendo pendientes.
España vuelve a pronunciar su nombre
La victoria de la Selección Nacional de fútbol en el Mundial consiguió el prodigio de que una gran parte de la sociedad arrumbara los complejos y vibrara con el nombre de España en los labios.
El espectáculo, tan inusual, de que los colores rojigualdas se prodigaran en pueblos y ciudades de nuestra geografía y en el exterior, enarbolados con entusiasmo por jóvenes y mayores, que presidieran escaparates y corazones, daba fe de algo cuasi milagroso. Alguien dijo: «Es la única ocasión en que no te llamen 'facha' por llevar nuestros colores…».
Me apresuro a afirmar que el triunfo deportivo tuvo la virtud de resucitar un patriotismo soterrado, de aunar generaciones y mentalidades, de supeditar legítimas opiniones personales a un deseo único, hasta de posponer —quizás por unos instantes— intereses partidistas… Era una empresa común: la sombra de Ortega y Gasset es alargada y sobrevolaba aquella euforia.
No dejaron, claro está, de verse disensiones y conflictos minoritarios en territorios donde ha arraigado el veneno insolidario del separatismo nacionalista, manifestados tanto en ridículas cucamonas de políticos como en la violencia de encapuchados contra la gente normal; se advertía, así, el desespero de una minoría sectaria frente a una inmensa mayoría.
Más allá del éxito deportivo
Me temo ser calificado de aguafiestas si, con todo, opino que España no es solo eso; o, mejor dicho, que España es mucho más que eso. Y esta afirmación no debe entenderse de ningún modo como menosprecio al deporte y, en este caso, al buen hacer de un equipo de profesionales, bien coordinado y dirigido por expertos, ni, mucho menos, como desdén hacia quienes se manifestaban en calles y plazas con el nombre de España en los labios. ¡Benditos sean!
España es, por ejemplo, un a modo de borrador inseguro por la carencia de un proyecto unitario ilusionante —aparte del fútbol—, trazado por auténticas minorías de líderes capaces y honrados; es la absurda persistencia de un complejo de inferioridad, mencionado antes, auspiciado por adversarios exteriores y asumido por papanatas interiores.
España es el continente de una corrupción y una ineficacia ostensibles en el mundillo político, secundadas por el conformismo y la pereza de un amplio sector de la población, adormecida por los cánones ideológicos del wokismo.
España es el vaciamiento de una gran parte de su territorio, carente de infraestructuras y de servicios; y de otro tipo de vacío, esta vez demográfico, causado por una mentalidad hedonista y materialista, propagada desde unos medios al servicio de ideologías y tendencias globales.
España es un problema educativo persistente, que han agravado los pedagogismos utópicos y absurdos, la carencia de inversiones que no rentaban políticamente y la manipulación partidista sobre claustros y aulas.
España es el problema de encontrar una vivienda; y el de la cesta de la compra; y el de las colas del hambre; y el de la sanidad, con el obligado exilio de buenos profesionales; y el de la pesca, la agricultura y la ganadería…
La empresa pendiente
España es el fracaso de una estructura autonómica concreta, el de una Constitución llena de gazapos en favor de las insolidaridades nacionalistas, una Carta Magna que es papel mojado en sus artículos más prometedores y fácilmente manipulable por los leguleyos al servicio de los partidos, esos que falsifican la participación del pueblo en las tareas del Estado.
Se ha comprobado, con ocasión de la victoria en el Mundial, que España, los españoles, responden con entusiasmo cuando tienen ante sus ojos una empresa colectiva atrayente, y esta es pilotada por buenos expertos. ¿Hace falta repetir aquellos versos del Cantar del Mío Cid sobre los vasallos y los señores?